🇲🇽 Traducción (ES)
PrĂłlogo
Aunque mi nombre aparece en la portada, yo no soy la autora de este libro. Está compuesto enteramente por las memorias de mi madre, Tatiana (Tayba) Izráilevna Mostkova, escritas entre 1976 y 1980, por su carta personal a BorĂs R., en la que cuenta la vida y biografĂa de mi padre, Báskin Iosif MoisĂ©yevich, y por varios relatos orales que mi padre transcribiĂł de sus propias palabras. Mi madre contĂł, en cartas enviadas desde allá, su reencuentro con familiares 40 años despuĂ©s, en MĂ©xico y en Estados Unidos.
También consideré posible, después del relato de mi madre sobre la vida de mi padre, adjuntar al libro el original de su solicitud al Fiscal General de la URSS, escrita en diciembre de 1939, junto con los documentos sobre su liberación del exilio, la revisión de su caso y su rehabilitación. Mi padre también dejó memorias de su propia vida; algunas de ellas se han publicado en Rusia e Israel en ruso, y otras aún esperan a sus investigadores.
Los manuscritos de mi madre los conservĂł mi hermano, y a partir de ellos escribiĂł el libro «La rama del árbol», publicado tambiĂ©n en Israel, en ruso. DespuĂ©s de la muerte de mi hermano volvĂ a leer los manuscritos de mi madre y comprendĂ que lo mejor sobre sĂ misma, su vida y su familia, sobre la vida de la gente en aquella Ă©poca difĂcil, solo podĂa contarlo ella misma, su memoria viva, asĂ que publico sus escritos sin tocar nada, salvo algunos errores gramaticales y de estilo poco frecuentes. Me alegra haber podido publicarlo en Israel, en ruso, y espero que algĂşn dĂa mis nietos o bisnietos puedan traducirlo a otros idiomas; espero que resulte de interĂ©s para un lector israelĂ o estadounidense.
Pienso que si mi madre aĂşn viviera, y publicara ella misma sus memorias, las habrĂa dedicado a su madre, Shifra Mostkova, y a travĂ©s de ella, a todas las madres judĂas.
Por mi parte, la dedico a la memoria bendita de mis familiares, asesinados en 1942 en el gueto de Braslav.
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Recordando la infancia
Mis primeros recuerdos de infancia están divididos por una lĂnea: antes del incendio y despuĂ©s. Antes del incendio, que ocurriĂł probablemente en los años de la revoluciĂłn, es decir, antes de 1918-19, quedan pocas impresiones vĂvidas. Me despierto temprano; en el cuarto todavĂa está oscuro, y en la pared arde una lámpara de luz mate; el ambiente es decoroso, los muebles bastante ricos. Esta es una imagen de mi casa, probablemente la casa en la que nacĂ, 7 u 8 años antes de esto. Ahora la puerta del dormitorio está entreabierta, y papá está de pie, mirando por la rendija. AllĂ, en el dormitorio, en una cama ancha de matrimonio, toda vestida de blanco, yace mi madre. Está dando a luz. A sus pies está la partera, corpulenta y bondadosa, Keilya (Klara), segĂşn me parece, o quizá Rosa. A cuál de mis hermanos daba a luz mi madre, solo puedo suponerlo: Lev, en 1914, o Misha, en 1917.
La calle era de madera, las casas estaban muy juntas, y ella, en un futuro cercano, se incendiĂł. Tres años antes que yo habĂa nacido mi hermano mayor, Abram, y en conjunto mi familia se formĂł, probablemente, entre 1907 y 1908. Todos mis demás recuerdos pertenecen ya a años posteriores. AsĂ, recuerdo la ocupaciĂłn polaca. CorrĂ a la escuela —al primer grado— y recordĂ© que no tenĂa pluma, corrĂ a casa y de vuelta de inmediato. Recuerdo cĂłmo una patrulla me detuvo y me mandĂł a casa, y despuĂ©s de eso ya no salĂamos a ningĂşn lado — todos los vecinos se quedaban en sus propios patios—, todos esperando que alguien viniera y exigiera algo. Todos juntaban dinero y lo llevaban encima, para poder pagar si hacĂa falta. Esto ya fue en otra casa, al otro lado de la calle SadĂłvaya, en el patio del dueño Wolfson, en el ala lateral, junto a la gran letrina de cemento. En la casa grande de la fachada vivĂa el dueño mismo, a quien pronto desalojaron (lo reubicaron en 3 habitaciones) los soviĂ©ticos, y la casa pasĂł a ser ocupada por la oficina de aduanas. Todo esto ocurriĂł unos años despuĂ©s, ya tras el incendio. Recuerdo toda la calle quemada, solo quedaban ladrillos, chimeneas y ruinas. AhĂ jugábamos a las escondidas, nos escondĂamos, y nos servĂan de refugio en nuestros juegos. En esa casa vivimos hasta 1928-29, cuando nos fuimos —mi madre con los niños—. De este perĂodo de mi vida se recuerda más, y quiero escribir, desde mis propias impresiones, sobre mis antepasados, sobre todo por lo que he oĂdo contar.
AsĂ pues, vivĂamos en el patio de la casa de Wolfson. La casa de la fachada era grande, con 6 u 8 ventanas grandes, con un porche de piedra al frente. Junto a nosotros habĂa una sinagoga reconstruida, en la esquina, cercada con tablas, y una callecita pequeña, tambiĂ©n quemada, que salĂa al mercado. A lo largo de esta calle, apenas un poco más allá —unos 20 o 40 metros—, corrĂa el tranquilo rĂo Sluch, el lugar de nuestra libertad infantil. AhĂ nos bañábamos, no una ni dos veces al dĂa, sino muchas; ahĂ enjuagábamos la ropa, lavábamos platos, fregábamos ollas y vadeábamos el rĂo, recogĂamos nenĂşfares y salĂamos de noche a las citas.
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Al fondo del patio habĂa una casita vieja, dividida en dos mitades, con un porche y una entrada comunes. La puerta llevaba directo a nuestra mitad, y a la derecha, a la de nuestros vecinos, un matrimonio de ancianos. Al abrir la puerta entrábamos a una cocina grande con el piso astillado, que era muy desagradable de lavar. En la esquina delantera de la cocina se alzaba una enorme estufa rusa, que calentaba casi toda la casa y le servĂa a mamá para cocinar. Debajo de la estufa habĂa un gallinero. La ventana que daba al patio quedaba frente a la estufa. Justo detrás de la estufa habĂa un cuarto pequeño, de 10 a 12 metros cuadrados, el cuarto de los niños o de las muchachas. AhĂ vivĂamos yo y mis primas, Masha y Nina, a quienes mi madre habĂa acogido tras la muerte de su madre, de tuberculosis, en Sarátov. Su padre, Isaac Bunin, las habĂa traĂdo con los parientes, con la intenciĂłn de establecerse Ă©l mismo y ganarse la vida. SucediĂł que se fue a Minsk por mercancĂa, y en el camino los bandidos alcanzaron la caravana, lo robaron, lo ataron a un árbol y lo quemaron. AsĂ fue como esas dos niñas se quedaron con nosotros para siempre.
A la izquierda de la entrada estaban la sala y un dormitorio pequeño. Todo el mobiliario era ya más que pobre, pero en la sala se conservaba, del antiguo apartamento, un espejo de patas hermosas y un armario-cĂłmoda con cajones secretos y tapa abatible. Eso era todo lo que quedaba de la antigua prosperidad y, segĂşn contaba mi madre, todo aquello se lo habĂan reunido a mis padres de la casa rica de los parientes de mi madre, los Poliak, que probablemente huyeron a MoscĂş, a Leningrado o incluso al extranjero. Mi madre no sabĂa con certeza a dĂłnde habĂan ido. Pero hubo gente rica de apellido Poliak, de quienes descendĂa mi empobrecida abuela, Pesia Poliak, casada con un joven pobre, pero muy culto y letrado, y, como se decĂa entonces, buen administrador,
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es decir, respetable, digno de confianza. Najman BujarĂ©vich —le dio 11 hijos, de los cuales solo dos llegaron a viejos. Recuerdo cĂłmo mi padre se escondĂa entre las ruinas del incendio; de quiĂ©n se escondĂa, no lo sĂ©. Probablemente del reclutamiento. Pasaba hambre —se hizo una Ăşlcera de estĂłmago. Muchos se cortaban los dedos para librarse del servicio. Recuerdo cĂłmo, ya en plena revoluciĂłn, ardĂa la ciudad —ardĂa nuestra mercerĂa, toda la propiedad y fortuna de mis padres—, ardĂa el mercado, y nosotros, los niños, sentados junto a una vecina en la ventana, mirábamos las llamas y llorábamos porque todavĂa no llegaban mamá ni papá.
En aquellos lejanos años de infancia vivĂa con nosotros, en un rincĂłn del dormitorio, nuestra abuela Jaia. Era una mujer pequeña, callada, muy anciana. Recuerdo su Ăşnico tesoro: un cofrecito pequeño, forjado, y dentro, ovillos de hilo de colores. Ella tejĂa, y el hilo siempre se arrastraba por el suelo, y nuestra gata siberiana, mullida, siempre trataba de hacerlo rodar lejos para jugar a gusto. Esta abuela era la madre de mi padre, Isrol Mostkov. ViviĂł toda su vida en una aldea lejana, cerca de la frontera con Polonia, cerca de Nesvizh. Ni siquiera recuerdo su voz, tan callada y sin voluntad propia era. Esta mujer tuvo y criĂł —o tal vez ellos mismos crecieron— a muchos hijos. ConocĂ a su hijo menor, mi padre, que naciĂł en 1880; oĂ hablar de la hija mayor, Tayba, del hijo Motle, de la hija Ginde, del hijo menor Éizer, y de otros más. Su casa estaba junto a un puente, y por eso, segĂşn la tradiciĂłn familiar, vino el apellido Mostkov (“del puente”). A quĂ© se dedicaba su esposo, mi abuelo Leiba, no lo sĂ©, y ya no queda nadie a quien preguntar. Era un hombre pobre, eso sĂ lo sĂ© con certeza, y los jĂłvenes que iban creciendo se fueron a Estados Unidos.
Esto fue hacia fines del siglo pasado. Se fueron los hermanos mayores, y con ellos mi futuro padre, entonces de 15 años. Llegaron a Misisipi, y pasaron privaciones, dedicándose al pequeño comercio y a oficios varios, mientras los tĂos trabajaban para algĂşn patrĂłn. Eran buhoneros: con un saco al hombro, repartĂan toda clase de mercancĂa menuda, sobre todo mercerĂa. Cuando nosotros, de niños, crecĂamos y pedĂamos de comer, en aquellos hambrientos años veinte, papá nos decĂa: «En Estados Unidos nosotros no pedĂamos de comer —el patrĂłn nos decĂa: mira la salchicha y cĂłmete el pan, bebe agua frĂa y recuĂ©state contra la estufa caliente— eso será tu tĂ© a la americana. AsĂ hay que ser». De mĂ, las vecinas decĂan: «QuĂ© niña tan maravillosa —juega todo el dĂa y ni siquiera pide de comer».
(AquĂ, en el original, hay pegada una fotografĂa del manuscrito de la madre, «El manuscrito de mamá» — una página de la carta original escrita a mano, no texto impreso.)
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De este modo, mi padre pasĂł su primera escuela de templanza en la vida, en Estados Unidos. Cuando creciĂł y comenzĂł a pensar en casarse, sintiĂł nostalgia de su hogar lejano —o tal vez simplemente no habĂa encontrado novia—, pero ya tenĂa más de 25 años cuando volviĂł a Rusia y se convirtiĂł en el prometido de mi madre, una futura novia de 27 años ya algo pasada de edad. Pero de mi madre hablarĂ© despuĂ©s. Mi padre era, por naturaleza, un hombre bueno, de trato fácil, pero Estados Unidos le habĂa dejado su huella en forma de tacañerĂa —ahorro, tosquedad, egoĂsmo y, por supuesto, falta de instrucciĂłn y de refinamiento. Recuerdo lo pulcro que era. Su traje y su sombrero (una novedad en aquel tiempo) siempre colgaban en el armario, como debĂa ser; sus zapatos (y en las Ă©pocas más duras llegĂł a tener varios pares) relucĂan, y mi cara se reflejaba en ellos. Sus cuellos duros siempre estaban blancos y se cambiaban a menudo. Era pelirrojo, algo pecoso, de cabello abundante, ojos azules. AsĂ se presentĂł ante mi madre en 1907.
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Mi madre —Shifra Najmánovna BujarĂ©vich. De su padre, mi abuelo, a quien yo estaba más apegada que a nadie, ya escribĂ. Alto, delgado, de nariz aguileña, moreno, bondadoso —vivĂa cerca de la ciudad de Slutsk, en las afueras llamadas Ă“strov. Mi abuela Pesia era de linaje noble, pero empobrecido, y la casaron con un joven pobre pero instruido. El abuelo Najman y su hermano (el padre de Enta MoisĂ©yevna) estudiaron en el jĂ©der y luego en la yeshivá —la escuela religiosa superior. El abuelo tenĂa tambiĂ©n una instrucciĂłn general por encima del nivel medio; era, por naturaleza, un hombre culto y encantador, respetado por todos en los cĂrculos de negocios y en la sinagoga. Confiaban en el abuelo, acudĂan a Ă©l por consejo, le pedĂan prestado y Ă©l tambiĂ©n les pedĂa prestado a ellos.
A la abuela Pesia le dejaron en herencia una tienda de telas, en la que apenas durĂł, por su mala salud. SegĂşn se contaba, la abuela Pesia dio a luz a 11 hijos, de los cuales yo conocĂ a tres: mi madre, la hija mayor y más querida, Shifra, y las menores, Malka y MijaĂl. De los demás hijos se hablaba solo en susurros. Un muchacho tenĂa trastornos mentales y se fue de casa —decĂan que al mar— y nunca volviĂł. Los demás niños murieron en la infancia por diversas enfermedades. Recuerdo a mi abuela ya enferma. MuriĂł de una enfermedad de los riñones. YacĂa dĂ©bil en cama y, llamándome, me preguntĂł: Âżya se rompiĂł el hielo? (se acercaba la primavera), y corrĂ a ver el hielo y, emocionada, volvĂ corriendo, apurada por darle la respuesta: sĂ, el hielo ya se mueve. La abuela suspirĂł y dijo: entonces pronto morirĂ© yo tambiĂ©n. Recuerdo, aĂşn antes, cuando todavĂa caminaba, que me tomĂł de la mano y me llevĂł a la tienda de unos conocidos, donde me comprĂł telas para varios vestidos de escuela. Recuerdo un vestido a cuadros. Eso debiĂł de ser cuando tenĂa 6 o 7 años. Con esos vestidos fui por primera vez a la escuela. No me equivoco: fui a la escuela con los tres vestidos puestos a la vez, uno sobre otro, porque me parecĂa que asĂ me lucĂa mejor, y además no habĂa nadie en casa para ayudarme a vestirme bien.
AsĂ pues, la hija mayor de mi abuelo era hacendosa, lista, y, por la enfermedad de su madre y lo numerosa que era la familia, llevaba la casa y
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los asuntos de mi abuelo. Mi abuelo era especialista en pieles y otras materias primas agrĂcolas. Recuerdo que en su casa siempre colgaban racimos de hongos secos, que olĂan deliciosamente. Le traĂan pieles de animales ya preparadas, y Ă©l las alisaba, las evaluaba y, sin engañar jamás a nadie, decĂa el precio justo. Su palabra era ley. Más tarde, en los años veinte, siendo uno de los antiguos propietarios y pequeños comerciantes, lo aceptaron para trabajar en la aduana soviĂ©tica, como especialista, con un sueldo de 25 rublos al mes, y se hizo miembro del sindicato, lo cual era muy honroso.
Mi madre era inteligente y hábil para los negocios. Contaban que una vez se incendiĂł su casa mientras habĂa pieles valiosas guardadas en la despensa. El abuelo se levantĂł de un salto en la noche, se puso nervioso y se puso a rezarle a Dios. Mi madre, en camisĂłn —siendo ya novia en ese entonces—, abriĂł la ventana y arrojĂł toda la mercancĂa, salvando asĂ al abuelo y toda su fortuna. Esta historia se contĂł muchas veces, junto con otras parecidas. Mi madre nunca recibiĂł educaciĂłn, pues era la mayor de la familia y cargaba con todo el peso del hogar. SentĂa atracciĂłn por la polĂtica, por la vida pĂşblica. Participaba en la ayuda mutua, se hizo amiga de los pobres y de los venidos a menos, recolectaba ayuda para ellos y ella misma ayudaba a todos en lo que podĂa.
AsĂ, era amiga de Jaia RabinĂłvich. El esposo de esta era un hombre muy instruido, pero enfermo y jorobado, y esta pobre mujer tenĂa que alimentar sola a su numerosa, talentosa y necesitada familia. Mi madre la ayudaba constantemente, y en sus propios años difĂciles la siguiĂł ayudando por medio de otras personas, es decir, recolectaba donativos para ellos. Mi madre nunca perteneciĂł al partido del Bund, pero era cercana a ellos y cercana al movimiento revolucionario. ÂżPor quĂ© una mujer tan simpática e inteligente se quedĂł soltera tanto tiempo? AsĂ sucede a veces. Hubo un hombre que la amĂł mucho, pero era zapatero y no era digno de ella —una cuestiĂłn de prestigio. En aquellos tiempos era muy importante: los padres no permitĂan casarse por debajo de la propia clase social. Cuando mi madre conociĂł a mi padre, la atrajeron su porte gallardo y su aplomo, aunque su carácter americano tampoco pasĂł desapercibido a sus ojos. Pero llegĂł el momento de formar una familia, y se casaron. La dote de mi madre fue modesta: una mercerĂa con corbatas, botones y listones, que se guardaban en cajas no solo en la tienda, sino tambiĂ©n en casa, bajo la cama. Nosotros,
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los hijos que pronto llegaron, jugábamos con esa mercerĂa, aunque de ahĂ no salĂa sustento para vivir.
ÂżQuĂ© recuerdo? Me despierto de noche y oigo llorar a mi madre. SalĂ descalza a la sala, y allĂ, junto a la estufa holandesa caliente, estaban papá, mamá y el sobrino de papá —ya un joven de 17 o 18 años, Israel TzukĂłvich, hijo de la hermana mayor. Mamá, entre lágrimas amargas, le contaba que papá no le daba dinero para vivir y que no tenĂa con quĂ© alimentar a los niños, que ya eran cuatro entonces y pronto llegarĂa el quinto. Recuerdo cĂłmo papá, aterido de frĂo, llegaba a casa por la noche, descontento, sombrĂo, y cenaba solo, cortando con cuidado, con un cuchillo afilado, las cortezas del pan blanco, mientras nosotros, una manada de crĂas medio hambrientas, lo mirábamos a la boca desde lejos. DespuĂ©s se ponĂa a contar las ganancias del dĂa y guardaba todo de nuevo. Mis hermanos, tres y seis años menores que yo, crecĂan dĂ©biles, con las barrigas redondas de tanta papa, que comĂan sin parar. Nos sentábamos ante una olla entera de papas, harinosas y sueltas (ahora mismo no le dirĂa que no a unas asĂ), con un vaso de salmuera de pepinillos, y comĂamos con gusto. A Lev le decĂan «el papero». Nos vestĂamos como se podĂa. Desde principios de primavera andábamos descalzos, con los pies agrietados. La ropa pasaba del mayor al menor. No recuerdo que tuviĂ©ramos nunca suficiente crema, huevos, ni siquiera leche. Recuerdo papas. A la escuela llevábamos una manzana o una pera. Era lo más barato.
TambiĂ©n tenĂamos dĂas alegres. Primavera, abril. Pronto serĂa PĂ©saj. Todo el mundo andaba ajetreado. Se sacaban las ventanas de invierno y se llevaban al desván. Mi tarea era lavar los marcos, lavar los cristales con jabĂłn y secarlos bien despuĂ©s. Sobre la gran mesa del comedor, en la sala, colgaba una lámpara metálica, que yo envolvĂa con papel de cigarro verde. Toda la vajilla de la cocina se restregaba hasta que brillaba como el cobre, hasta quedar blanca, y luego se pasaba por el fuego. Es que para PĂ©saj todo tenĂa que ser nuevo, estĂ©ril. Fuera el pan, fuera la harina; todo debĂa ser cosa de PĂ©saj: matzá, harina de matzá, vino especial, carne, pollos, grasa de PĂ©saj. La vajilla vieja se guardaba, subĂa al desván, se lavaba toda la casa, se pintaba, se barrĂa, y se traĂan cosas nuevas y frescas, especiales para PĂ©saj. Todo lo que se podĂa cargar, nosotros, los niños, lo llevábamos al rĂo —allĂ habĂa arena y espacio de sobra para lavar y limpiar todo. Mi madre se ocupaba de lavar la ropa, a veces incluso contrataba a una lavandera. Toda la ropa blanca se hervĂa, se enjuagaba en el rĂo, se almidonaba, y luego no se planchaba con plancha, sino que se alisaba con un rodillo, hasta quedar brillante, suave y lisa. Eso era PĂ©saj.
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Pero tambiĂ©n estaban los dĂas de sabbat, tambiĂ©n festivos. Para esos tambiĂ©n habĂa limpieza y preparativos. Ya desde el jueves por la noche mi madre limpiaba muchas zanahorias, las rallaba y preparaba una gran olla de barro, envuelta en alambre. Eso era para el tzimmes. En la zanahoria se metĂa un kugel —un relleno de masa con un trozo de carne grasosa. En otra olla, tambiĂ©n grande, se cocĂa un compota de frutas secas, sobre todo manzanas y peras. Para el sabbat se mataba una gallina. Esa tambiĂ©n era tarea nuestra. Yo la llevaba al shojet [el matarife ritual] por unas monedas. VivĂa en una casita, en alguna calle cercana. SalĂa el shojet, un hombre delgado con un solideo negro y un saco largo negro, como vestĂan todos los judĂos devotos, tomaba la gallina del cuello y se apartaba un poco al huerto. DescubrĂa la parte inferior del cuello, arrancaba unas plumas y le hacĂa un corte rápido en la garganta. Yo cerraba los ojos; la gallina se agitaba, temblaba, y despuĂ©s quedaba quieta. La tomaba por las patas y la arrastraba hasta casa. Mi siguiente tarea era desplumarla. Iba al cobertizo, me ponĂa un pañuelo en la cabeza despeinada, a veces un delantal tambiĂ©n, y empezaba a desplumar, primero las patas. DespuĂ©s las alas, y lo más difĂcil, la cabeza. No era un trabajo agradable, pero habĂa que hacerlo. Me tocĂł desplumar muchas veces en casa de mi abuelo, cuando vivĂ sola con Ă©l tras la muerte de la abuela Pesia.
A veces, en lugar de gallina, se cocinaba carne —una carne magra de res. Pero lo apropiado era tener gallina para el sabbat, y mi madre se esforzaba por conseguirla. El viernes mi madre se levantaba muy temprano, encendĂa la estufa rusa y ponĂa en ella una olla con la gallina, la zanahoria y la cebolla. Eso era el caldo, y tambiĂ©n guisaba papas con ciruelas pasas. A este guiso lo llamábamos “golit”; luego se ponĂa otra olla de zanahoria —el tzimmes—, junto con compota y cafĂ© negro (no de verdad, sino un sucedáneo). Para cuando nos levantábamos, mi madre ya habĂa terminado con la estufa y se habĂa ido a trabajar, ayudando a papá en la tienda, y a mĂ me tocaba lavar los pisos, que alguna vez habĂan sido pintados pero ya estaban desgastados. HabĂa mucho trabajo. Los primeros cuartos los lavaba con calma, pero cuando le llegaba el turno a la cocina grande, ya cansada, empezaba a flojear. Saltaba las esquinas, secaba mal. Los niños tambiĂ©n querĂan comer, trataban de agarrar algo, y yo les daba con el trapo mojado en los pies descalzos. A veces esta lucha y el trapeado se prolongaban hasta que llegaban papá y mamá, y entonces me tocaba a mĂ.
Todo el viernes casi no comĂamos nada de verdad, solo Ăbamos picando algo. Pero el viernes por la noche, cuando se ponĂa el sol y comenzaba el tan esperado sabbat, volvĂamos a la vida. Para entonces tambiĂ©n habĂa que
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ir a los baños, o bañarse en casa, limpiar los zapatos y la ropa. El trabajo principal lo hacĂa mi madre, cuidadosa y afanosa, y hasta papá le tenĂa un poco de respeto.
Y asĂ, la cena festiva. En la mesa larga, cubierta sobre el hule ordinario con un mantel blanco, estaban puestos los platos, con platitos pequeños para el arenque o el patĂ© de hĂgado de pollo. Todos limpios, tranquilos, hambrientos —esperando. Mamá repartĂa el pollo y decĂa: «El muslo para los hombres, para papá y para el hijo mayor. En ellos descansa la familia, todo nuestro bienestar. Las alitas para las niñas, que crecerán y volarán lejos de nosotros». —«Mamá, pero le diste todo y no te quedaste con nada» —«No, mis queridos, a mĂ me queda la colita —con eso me basta».
Nos Ăbamos a dormir satisfechos, más que satisfechos, reciĂ©n bañados, mientras mamá seguĂa haciendo algo más, sin que se le oyera. Por la mañana nos despertábamos y encontrábamos, junto a cada cama, ropa limpia preparada, hasta los zapatos bien lustrados, y en invierno incluso calentados en el horno. Por la mañana nadie se apresuraba; todos salĂan tranquilos a la sala, donde en la mesa habĂa velas apagadas, que habĂan ardido la noche anterior y se habĂan consumido solas (no se podĂan apagar), y mamá, cubriĂ©ndose la cara con las manos, rezaba ante ellas. Por la mañana se sacaba del horno una ollita de cafĂ©, y lo bebĂamos acompañado de bollos que mamá habĂa horneado el viernes de madrugada. TambiĂ©n habĂa jalás en el aparador, que mamá habĂa horneado para el sabbat. Todos iban a la sinagoga a rezar, todos con sus mejores galas. Nosotros, los niños, tambiĂ©n nos asomábamos ahĂ, pero sobre todo corrĂamos por el patio de la sinagoga-escuela. A mediodĂa comĂamos golit —papas doradas y guisadas, calientes—, se servĂa caldo, tzimmes, y tomábamos compota.
Por la tarde papá dormĂa. Se cerraban las contraventanas, todos caminaban de puntitas —no habĂa que hacer ruido, papá dormĂa. Todo era para el sabbat. Por eso valĂa la pena pasar hambre toda la semana, privarse de muchas cosas. Pero el sabbat era lo más sagrado. Y se esperaba ese sabbat desde el domingo anterior. En sabbat estaba prohibido —encender o apagar el fuego, trabajar, contar dinero, comprar o vender—; solo se podĂa descansar, comer, beber, dormir. Nada mal.
De PĂ©saj todavĂa no lo he contado todo. PĂ©saj es la gran fiesta de la primavera, cuando hay una semana de descanso, limpieza, abundancia, placer. El sĂmbolo de PĂ©saj es la liberaciĂłn de los judĂos de la esclavitud. La victoria, segĂşn parece. Ya escribĂ sobre los preparativos. En vez de pan se come matzá. La delgada, blanca, nunca la tuvimos; comĂamos la gruesa, oscura, casera, pero matzá, solo matzá. Con ella se hacĂan albĂłndigas, harina de matzá, harina mezclada con huevos. Nuestra
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matzá se guardaba en canastas forradas con sábanas blancas, en nuestro cuarto de niñas, en el rincĂłn que llamábamos “noge-koge”, con la esperanza de que las niñas no hicieran travesuras con ella. Pero de noche sĂ hacĂamos travesuras: mordisqueábamos la matzá a escondidas bajo la cobija, hay que confesarlo.
Se preparaba un vino especial de PĂ©saj y se le ofrecĂa al ángel Eliyahu HanavĂ, que se suponĂa visitaba esa noche. El hijo menor buscaba la matzá escondida bajo el cojĂn de papá. Se cantaban canciones y se hacĂan preguntas, que se respondĂan en coro. ĂŤbamos a rezar todos los dĂas y paseábamos en los dĂas soleados de abril. Se olvidaban todas las penurias. HabĂa tambiĂ©n dĂas de ayuno. Recuerdo esa sensaciĂłn. «Voy a ayunar todo el dĂa». —Pero si eres muy pequeña, con medio dĂa te basta. —«No, todo el dĂa» —y me sentĂa orgullosa de ello. AsĂ que el viernes comĂamos bien por Ăşltima vez, pero todo el sábado era largo y daba hambre. Se esperaba, el sábado por la noche, a que salieran las estrellas, cuando ya se podĂa preparar la cena. Por fin llegaba el momento. No habĂa tiempo de pelar las papas —mi madre las lavaba enteras, las metĂa en la olla, encendĂa la estufa con leña de abedul, y pronto ya hervĂa la olla. Se limpiaba el arenque. A mĂ la cola, y a mĂ tambiĂ©n la cabeza. Para papá, la parte del medio. Quien habĂa ayunado se sentaba primero a la mesa, y quĂ© ricas sabĂan las papas con el arenque, quĂ© feliz se sentĂa uno de haber aguantado la prueba junto con todos los adultos, de haber ayunado hasta el final.
Todas estas son las fiestas que quedaron grabadas en mi memoria — asociadas a alegrĂas, a sabores. Pero recordemos tambiĂ©n los dĂas comunes, de los cuales hubo muchos, hasta que cumplĂ los 16 años, cuando subĂ al tren Slutsk-MoscĂş, con transbordos, creo, en OsipĂłvichi, en Minsk y, creo, en Smolensk, y lleguĂ© a la ciudad de los adoquines —la estaciĂłn de Bielorrusia— en MoscĂş, con una gran canasta de mimbre (no tenĂamos maletas), en la que cupieron mis dos o tres vestidos de percal, un abrigo de invierno remendado, e incluso, creo, una almohada de plumas o quizás un edredĂłn. Todo lo que mi madre pudo darme. TambiĂ©n habĂa un baĂşl de madera prensada con provisiones. En un bolsillo cosido a mi ropa interior llevaba 25 rublos (un capital bastante importante y el Ăşnico que tuve durante todos mis años de estudio, e incluso de trabajo despuĂ©s; me lo dio mi abuelo).
Recordemos los dĂas comunes.
DisenterĂa. Vino a vivir con nosotros una muchacha, Dveira-Dora, sobrina de mi padre. Mi madre era muy, muy buena y sentĂa compasiĂłn por todos. Algo malo habĂa pasado en su casa —quizás quedĂł huĂ©rfana— y la trajeron con nosotros. Era bonita y de buen porte, y yo tenĂa 10 años, y
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mordisqueábamos manzanitas del tamaño de una nuez, apenas formadas, de las que habĂa en abundancia, ya que los huertos de alrededor habĂan quedado sin dueño tras el incendio. Solo recuerdo que me mandaron a la farmacia por una medicina, y me daba vergĂĽenza abrir la puerta; me quedĂ© sentada en la calle sin atreverme a tocar y abrir la puerta de la farmacia, porque ahĂ trabajaba como farmacĂ©utico mi tĂo (primo de mi madre, Jaim Yudl). AsĂ que me quedĂ© sentada. DespuĂ©s corrĂ a casa y mentĂ, dije que habĂa ido, que no habĂa medicina, pero me dijeron: ¡ya no hace falta! Al principio no entendĂ y hasta me alegrĂ© de que no hiciera falta. Pero al ver la cara sombrĂa de mi madre, comprendĂ. Dveira ya yacĂa muerta en el dormitorio. HabĂa muerto de disenterĂa. Recuerdo que mi madre se arrancaba el cabello, y estaba embarazada además. A nosotros, los niños, nos prohibieron terminantemente arrancar o comer las manzanitas. En agosto de 1921 mi madre dio a luz a una hija y la llamaron Dveira (Dora).
Por agua. No tenĂamos pozo cerca, asĂ que el agua para todo se traĂa del rĂo. Mi madre nos mandaba a los niños por agua para beber a un buen pozo, profundo, con cigĂĽeñal, en el patio de un campesino rico (probablemente le pagaban por ello). Quedaba bastante lejos. HabĂa que cruzar en diagonal por la calle quemada, ahora cubierta de hierba alta, pasando junto a las cenizas y las ruinas, cerca de las cuales seguĂan creciendo y floreciendo manzanos y las maravillosas peras de Slutsk. No era una tarea agradable para nosotros, y regateábamos sobre quiĂ©n debĂa ir, y muchas veces nos escabullĂamos. Aun asĂ, recuerdo el placer de todo aquello. Para cargar dos cubetas de agua se usaba una vara larga, o incluso dos varas con mangos bien pulidos. CorrĂamos hacia allá por agua, saltando con las varas, con las cubetas resonando. Tratábamos de ir en grupo. Llamábamos a los niños vecinos —vengan con nosotros por agua. Y asĂ Ăbamos. El cigĂĽeñal del pozo funcionaba bien y rápido, y la tina se llenaba de agua burbujeante, frĂa, deliciosa. BebĂamos hasta saciarnos, como caballos, suspirábamos y volvĂamos a beber (no se podĂa hacer travesuras junto al pozo). DespuĂ©s llenábamos las cubetas hasta el tope. Por las asas se pasaban las varas, y se sacaban del patio como si llevaran algo de un valor inmenso. Nos equilibrábamos, e Ăbamos en parejas por la hierba profunda y suave, por el camino trillado, descalzas, ejerciendo nuestra fuerza joven y creciente, probando nuestros mĂşsculos que se iban tensando. Y las niñas, todas juntas, nos alegrábamos, riĂ©ndonos del esfuerzo, pesado y a la vez agradable. Nos detenĂamos una o dos veces, cansadas, tendidas en el suelo, mirando hacia arriba, con los ojos entrecerrados,
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respirando el aroma del aire fresco, de la hierba verde y fresca. Esa felicidad se sentĂa en el contacto cercano de un cuerpo joven con la hierba hĂşmeda y de olor fresco. AhĂ crecĂa trĂ©bol de verdad, o como le decĂamos, “koniushina”. Nos levantábamos y corrĂamos persiguiĂ©ndonos, arrancábamos margaritas —grandes, completas— y contábamos los pĂ©talos: me quiere, no me quiere, escupe, besa, me aprieta contra su corazĂłn, me manda al diablo. La alegrĂa no tenĂa lĂmites.
Nuestra orilla. El rĂo Sluch partĂa en dos nuestra querida ciudad de Slutsk. Se decĂa —vivo del otro lado del rĂo—. La calle SadĂłvaya corrĂa como un rayo directo hacia el rĂo, y como nuestra casa era la Ăşltima de la calle, no tenĂamos más que cruzar frente a la sinagoga y atravesar un camino angosto y polvoriento, y ya estábamos en el rĂo. La orilla era suave, arenosa, muy pisoteada. Más allá, a ambos lados, habĂa maravillosos matorrales de nenĂşfares, y nosotras, sin miedo a la profundidad, arrancábamos las flores por sus tallos largos para hacer coronas. La orilla nos servĂa no solo para bañarnos y divertirnos. AhĂ aprendimos oficios que no se aprenden en ningĂşn taller. Lavar la ropa menuda era tarea nuestra todo el verano, e incluso en invierno Ăbamos a enjuagar en el hoyo del hielo, sin temerle al frĂo ni al viento. Lavábamos todo lo que caĂa en nuestras manos o en nuestra vista. La ropa sucia no se acumulaba, la llevábamos enseguida al rĂo. Lavar se combinaba con nadar, es decir, enjabonábamos lo sucio y lo dejábamos al sol para que se aflojara la mugre, y luego enjuagábamos bien. A veces tomabas alguna prenda y nadabas con ella hasta lo profundo, donde el baño era mejor. TambiĂ©n habĂa pĂ©rdidas. Una vez tuve un percance bastante grande. Vino de MoscĂş mi tĂa Malka, que estudiaba en la Academia KrĂşpskaya. Esto fue, de hecho, ya en 1925, cuando yo tenĂa 14 años. LlegĂł con un vestido muy bonito, oscuro, de marquisette, con cuello de encaje blanco y puños iguales. Se quitĂł su buen vestido, y se sacĂł el cuello y los puños para lavarlos. Yo, sin pedir permiso, los tomĂ©, porque iba a nadar y querĂa darle una sorpresa. ImagĂnense: perdĂ uno de los puños en el rĂo. No pude confesarlo; dije que habĂa traĂdo todo de vuelta —lo confesĂ© ya en casa, pero hasta hoy recuerdo cuánto sufrĂ.
En el rĂo tambiĂ©n lavábamos la vajilla. Con arena, con arena, con las manos,
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todo quedaba blanco. Bañábamos a los pequeños. Las niñas mayores llevaban a los hermanitos con mocos, sucios y de todo tipo, los sentaban en el agua sobre la arena y los tallaban hasta que brillaban, y ellos lloraban y reĂan a la vez, pero siempre nos seguĂan a las mayores. Nadábamos hasta ponernos morados, sin salir del agua por horas. ĂŤbamos a aprender las lecciones al rĂo, y tambiĂ©n nos escondĂamos ahĂ de mamá cuando habĂa algĂşn problema o travesura. Cuando iba a ver a mi amiga Perle RabinĂłvich, no rodeaba por el puente, sino que me quitaba los calzones (o de plano andábamos sin ellos), me levantaba el vestido por encima del ombligo, me cubrĂa el borde con la mano y cruzaba el rĂo vadeando. En este rĂo tambiĂ©n los adultos enjuagaban su ropa, sacaban agua para todo lo demás, abrevaban a las vacas y a los caballos, etc. El rĂo era nuestra segunda casa.
TambiĂ©n habĂa «guerras» en el rĂo. Dos bandos de niños, uno de cada orilla, peleaban con fusiles de madera, habĂa llanto e incluso heridos y vencedores. Nos daban miedo esas batallas, y mamá no dejaba participar a nuestros hermanos, que además eran muy pequeños todavĂa. TambiĂ©n se bañaban en el rĂo las jĂłvenes de Troigái, un suburbio de la ciudad. Bonitas, de buen cuerpo. Cerca habĂa una guarniciĂłn militar, y se contaban cosas poco favorables sobre esas muchachas. Yo nadaba cerca de ellas, pero nunca lleguĂ© a conocerlas. Eran los años en que saliĂł el libro de VerĂ©saev, «Tras la puerta cerrada», y en mi cabecita ya bullĂan pensamientos de adulta. Algo empezĂł a picarme, y decidĂ que habĂa contraĂdo alguna mala enfermedad por bañarme cerca de esas muchachas. AguantĂ© mucho tiempo, y luego se lo confesĂ© a mi madre, y fuimos al mĂ©dico. Me examinĂł y dijo: «Has estado leyendo lo que no debes».
La familia. Quiero describir nuestra vida cuando yo tenĂa entre 10 y 13 años, en la casa de mis padres, ya que despuĂ©s la familia se desintegrĂł: mi padre se fue, y mi abuelo me acogiĂł. AsĂ que en agosto de 1921 mi madre dio a luz a la más pequeña, la niña Dveira-Dora. Eran tiempos de poca alegrĂa. Nuestra mercerĂa se habĂa quemado, y mi padre, pequeño comerciante ya de por sĂ pobre, dejĂł de tener sustento del todo. Pero habĂa que vivir, los niños pedĂan de comer. No sĂ© quĂ© se intentĂł, solo sĂ© que nada funcionĂł. Compramos una vaquita mocha, sin cuernos, que se escapaba del rebaño, y siempre andábamos buscándola. No recuerdo que tomáramos leche en abundancia gracias a ella. Recuerdo la cara muy triste de mi madre, ya ajada a sus cuarenta años. Se peinaba deprisa frente al espejo del tocador, y yo me acercaba a su lado. Me acariciĂł la cabeza y me dijo: «Que tĂş, hija, tengas una vida mejor que la mĂa». IntentĂł coser para
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la gente, servir en lo que fuera, para ayudar. Nunca vimos mantequilla. Una vez fui a la casa de un comerciante rico y vi mantequilla en la mesa; me sorprendió tanto que hasta hoy recuerdo cómo se lo conté a mi madre.
A papá le compraban pan blanco, y Ă©l le quitaba las cortezas mientras nosotros mirábamos su boca, con la saliva en la boca. Comprábamos papas en el pueblo; en el verano comĂamos peras un poco pasadas, muy sabrosas. Nosotros de algĂşn modo nos las arreglábamos, mientras los RabinĂłvich pasaban hambre y mandaban a sus hijos mayores, Jana y Sárochka, a trabajar con otras familias. Con Polinochka Ăbamos juntas a la escuela, donde nos daban algo de comer.
Y en esos tiempos difĂciles mi madre dio a luz a una hija, y se le inflamĂł la leche —tuvo mastitis. Recuerdo, a mis diez años, lo difĂcil que era para mi madre, ya no tan joven, cĂłmo gemĂa, y yo le dije: «Mamá, deja que yo lo haga». Me recostĂ© junto a ella y le extraje el pus con la boca, chupando y escupiĂ©ndolo, hasta que poco a poco se le pasĂł.
Bertochka, la hija menor de los Wolfson, saliĂł corriendo al patio con una sartĂ©n en la que habĂa una capa de omelette tan delgada como papel de cigarro. Para nosotros aquello era un lujo inaudito.
Mi madre estaba ocupada con algĂşn trabajo fuera de casa, y yo, ya escolar, tenĂa que cuidar al bebĂ©, mecerla en la cuna de mimbre. Las amigas del barrio me llamaban a la calle; no podĂa esperar a que mi hermanita se durmiera, y empujaba con fuerza los balancines —más rápido, más rápido, que se duerma ya—, y de pronto la cuna se ladeĂł y volcĂł. La niña cayĂł y se puso a llorar. Me asustĂ© muchĂsimo. Gracias a Dios todo saliĂł bien, ilesa por completo.
En ese dormitorio habĂa un gran armario de ropa, y me encantaba escarbar en la ropa de mi madre y disfrazarme. En aquellos años de hambre y frĂo (habĂa poca leña, la casa era vieja, y siempre estábamos aterĂdos, calentándonos junto a la estufa holandesa, frotándonos la espalda contra ella o metiĂ©ndonos en el horno), yo sacaba una falda larga de seda negra y una blusa blanca preciosa de lunares negros, la blusa de novia de mi madre, y me envolvĂa toda en ella. Mamá a veces me sorprendĂa asĂ vestida, y su cara sombrĂa y ajada mostraba pesar por sueños no cumplidos. A mi padre, en esos años, tambiĂ©n lo recuerdo delgado, sombrĂo, e incluso enojado y nervioso con nosotros, los niños. Bueno, en verano corrĂamos por el patio, por la calle, hasta el rĂo, con los demás niños, y en invierno, mal vestidos, nos quedábamos encerrados en casa, en la sala. CorrĂamos alrededor
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de la mesa larga, nos escondĂamos detrás de sus patas talladas, nos agarrábamos unos a otros, a veces peleábamos, nos amontonábamos y volvĂamos a correr, hasta que alguien recibĂa un golpe y, llorando, todos empezábamos de nuevo.
Un dĂa soleado de finales de agosto llegaron visitas —la tĂa Malka, reciĂ©n llegada de MoscĂş, y su hermano menor MijaĂl, que estudiaba en un instituto de medicina en Leningrado y que, sin el consentimiento de sus padres ni de nadie, se habĂa casado de repente con Jaia Pastron, una muchacha desenvuelta que, segĂşn decĂan por ahĂ, no le convenĂa (madre de Guenia). Malka me trajo una tela de percal con motas marrones, la extendiĂł enseguida sobre la mesa, cortĂł el escote y las mangas kimono, y me dijo: cĂłselo tĂş misma, toma una aguja con hilo y cose con cuidado, y hazle el cuello redondo, con solapa. Ese fue mi primer trabajo independiente, mi primera preocupaciĂłn por mi propia vida creativa —a mi madre no le quedaba tiempo para enseñarme esas cosas, tenĂa que ganarse la vida.
Nuestros vecinos en la casa eran gente mayor —en un cuartito vivĂa un soltero viejo, en otro una pareja de ancianos. Y de pronto esta pareja se separĂł: el esposo muriĂł de repente, y todos participamos en el funeral. SegĂşn la ley judĂa, una mujer sola no podĂa vivir junto con un hombre solo, asĂ que me instalaron con esta mujer como intermediaria. DormĂa en un catre duro, y mamá me habĂa preparado ropa de cama limpia, todo como debĂa ser. QuĂ© susto me llevĂ© cuando, a los pocos dĂas, empecĂ© a picarme, y aguantĂ© un tiempo sin entender la causa. Cuando una mañana, muy temprano, todos dormĂan, me mirĂ© la axila y me llevĂ© un susto terrible. Bajo las costuras se arrastraban, perezosos, unos enormes piojos blancos y gordos. Me echĂ© a llorar y nunca más volvĂ a dormir ahĂ. Ahora ni sabemos lo que son los piojos, pero yo los recuerdo bien, y más de una vez. VolvĂ a tenerlos en 1933, en el hospital de Jabárovsk, donde estuve enferma de tifoidea, y otra vez en 1943 —el hambre, quĂ© se le va a hacer. ProtegĂ como pude a mis tres hijos — luchamos activamente contra los piojos, pero se me quedaron grabados; seguramente porque nos molestaron y asustaron muchĂsimo.
De mis primeros años de escuela recuerdo poco. EntrĂ© a la escuela temprano, y por alguna razĂłn no en el grado preparatorio (como debĂa ser), sino en el segundo, donde daba clases mi tĂa Malka. Me sentaba en el Ăşltimo pupitre, y todos los demás alumnos me miraban con cierta deferencia (la sobrina de la maestra), y yo no entendĂa que debĂa estudiar como todos. Recuerdo mis primeros garabatos. Fue por esa Ă©poca cuando el tĂo MijaĂl me trajo
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un álbum de dibujo con lápices de colores. Eso fue toda una novedad y un lujo. Hasta entonces escribĂamos en pedazos de papel sueltos, y yo usaba libros de contabilidad viejos que tenĂamos por ahĂ, angostos y largos. Ya en tercer grado, la tĂa Malka me trajo de MoscĂş un cuaderno de renglones oblicuos, de papel grueso y brillante. AcariciĂ© la portada del cuaderno y lo puse debajo de la almohada esa noche. Por la noche me acordĂ© de Ă©l, me levantĂ©, lo saquĂ© y esperĂ© con impaciencia a que llegara la mañana, para trazar en la primera página unas letras gĂłticas alemanas, cuidadosas y de patas largas.
Me quedaba bastante lejos ir a la escuela, y se me helaban las manos y los pies. Al llegar a casa nos calentábamos en el horno grande, abierto en el dormitorio, peleando por el lugar más cercano a Ă©l. En primavera y otoño me ponĂa la chaqueta ancha de lana de mi madre y me la ajustaba bien con el cinturĂłn. Mi pelo, tupido y rojizo, me servĂa de gorro; ni siquiera conocĂamos los pañuelos para la cabeza. Como ropa interior usábamos el “shpentser” —una especie de mameluco de franela con botones en la espalda y en la cintura. Mamá los lavaba cada semana y los remendaba constantemente, y pasaban de los mayores a los menores.
Recuerdo tambiĂ©n que siempre me sonaban las tripas y sentĂa un hueco bajo las costillas —tenĂa hambre, y no caminábamos a casa, corrĂamos. A nuestros maestros los llamábamos por su nombre. Mi maestro era Moguilevski MĂ©ilaj, y lo llamábamos «el maestro MĂ©ilaj». Era corto de vista y torpe, y, segĂşn parece, siempre hambriento e infeliz. No solo nos veĂamos en la escuela, sino que corrĂamos tambiĂ©n a su casa —quĂ© hacĂamos ahĂ, no lo recuerdo. TenĂa una sobrina, Liza Chárnaya, que era mi amiga del alma, y yo pasaba mucho tiempo con ellos. Su padre era dentista, y venĂa gente de los pueblos vecinos a arreglarse los dientes, y pagaban en especie. De esos productos tambiĂ©n me alimentaba yo. Ella apreciaba mucho nuestra amistad, pero su padre muriĂł poco despuĂ©s, y no recuerdo mucho más de ella —se me olvidó—, aunque muy seguido pienso en aquella querida amiga, de cabello rizado y miope, y hasta la busquĂ© en Leningrado, ya en los años cincuenta, pero en vano…
TambiĂ©n busquĂ© en Leningrado a mis primas segundas, Ania y Nina (Nejamka), con quienes compartĂ un dormitorio, las camas muy juntas, donde mordisqueábamos matzá a escondidas, ayudábamos a mi madre en la casa y escuchábamos los reproches de papá sobre los «mantenidos» del “noge-koge”. Ania ya era una señorita y salĂa a pasear por las tardes, y nosotras la seguĂamos. Pasábamos el tiempo en el porche de la casa
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de Wolfson, ahora ocupada por la aduana. Los jĂłvenes empleados de esa aduana cortejaban a Ania y a sus otras amigas, se quedaban hasta tarde en las bancas de piedra, comiendo pipas de girasol y paseando en cĂrculos por la carretera. El paseo empezaba al caer la tarde y se prolongaba hasta bien entrada la noche. ÂżSerĂa todos los dĂas, o solo en dĂas de fiesta?
Yo tambiĂ©n salĂa a pasear con Nina. Nos tomábamos del brazo, de dos o tres en fondo, y caminábamos con recato por la acera, como en un desfile, hacia el mercado y de vuelta por otro camino, hasta la escuela comercial. Cuchicheábamos en voz baja. A veces entrábamos a la confiterĂa a comer un pastelito (si se presentaba la ocasiĂłn, o alguien nos invitaba). SentĂamos orgullo de ser tambiĂ©n como los demás. Nos ponĂamos lo mejor que tenĂamos, nos peinábamos con esmero, como las adultas. VolvĂamos a casa de puntitas, para no despertar a papá ni oĂr sus regaños. Nuestros cuartos estaban forrados con periĂłdicos, y al despertar leĂamos las consignas, los poemas y demás. Nos sabĂamos y cantábamos todas las canciones —«el pollito asado, el pollito hervido, el pollito tambiĂ©n quiere vivir. Lo atraparon, lo arrestaron, y lo mandaron a prisiĂłn».
La noche del 22 de enero de 1924 llegĂł la tĂa Malka y nos contĂł que habĂa muerto Lenin. De Lenin habĂamos oĂdo mucho bien, leĂamos en los periĂłdicos todo lo que publicaban. TambiĂ©n oĂamos hablar de sus camaradas —LeĂłn Trotski, Rykov, Bujarin, ZinĂłviev y otros. En ese entonces todavĂa no eran considerados opositores ni estaban aislados. Empezamos a adivinar quiĂ©n reemplazarĂa a Lenin; alguien dijo Rykov, y mi hermano mayor, Abram, dijo que Ă©l quisiera ocupar su lugar. Papá le dijo: pues estudia, esfuĂ©rzate. Ya entonces, en segundo o tercer grado, estudiábamos economĂa polĂtica, escribĂamos ensayos y dictados —apuntes sobre Lenin, sobre los soviets, sobre la RevoluciĂłn de Octubre. Recuerdo cĂłmo ayudaba a mi hermano mayor a aprender materialismo dialĂ©ctico —se lo leĂa y se lo explicaba.
A los 12 o 13 años yo ya estaba polĂticamente activa y bien informada. ExistĂa una organizaciĂłn llamada «Spartak». Creo que existĂa incluso antes que los pioneros. Cada miembro de Spartak tenĂa un bastĂłn, del grosor del mango de una pala, bien pulido y liso. [varias lĂneas de esta página están demasiado dañadas para descifrarlas] Eso era
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una falda ordinaria, ancha, con elástico, con las costuras no a los lados sino al frente y atrás. En el medio de la falda habĂa una abertura hasta la mitad, que se abrochaba con botones. Al abrochar los botones, se formaban una especie de bombachos alrededor de las piernas. Las blusas eran blancas. Más tarde ya llevábamos pañoletas rojas, insignias con una fogata, y nos ponĂamos uniformes de komsomol color caqui — pantalones de montar, camisas por fuera del pantalĂłn, con cuello y broches, ceñidas con correas, e incluso, con orgullo, un tahalĂ que cruzaba el pecho. Una gorra completaba todo el uniforme.
(FotografĂa: pionera-komsomol, fila del medio, tercera desde la izquierda, Polina RabinĂłvich, segunda desde la derecha)
Los del Spartak nos reunĂamos en el club Peretz. Era un club judĂo. Lo dirigĂan nuestros maestros judĂos, y todo el trabajo se hacĂa en yidis. En ese club me hice amiga de las hermanas RabinĂłvich —Perlechke, de mi edad, y su hermana mayor, Sárochka. En ese club yo no era de las privilegiadas, porque no era de origen proletario. Me aceptaron en el club, se puede decir, gracias a la tĂa Malka, a quien respetaban mucho. Entre los dirigentes del club habĂa mayores, respetados por todos y muy, muy dedicados a la causa del club, como Movshovich, Lisniansky. Prácticamente vivĂan y dormĂan en ese club, a veces pasando hambre, pero sin dejarlo notar. El club cobraba vida al anochecer, con alguna charla sobre temas polĂticos. Para ser activa, yo
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aprendĂ a redactar resoluciones, y las escribĂa cada noche. ConsistĂan en frases generales: «la asamblea general, habiendo escuchado el informe del camarada tal, constata: ¡la causa de Lenin ha triunfado! La Gran RevoluciĂłn de Octubre… nos comprometemos a… Firmas… Secretaria T. Mostkova».
Con quĂ© orgullo firmaba yo aquello, habiendo dominado el estilo y el contenido monĂłtono y el fervor de la nueva causa. Más tarde me convertĂ en pionera-komsomol. Recuerdo los desfiles, la formaciĂłn, y cĂłmo a cada uno de nosotros el jefe de pioneros nos ataba una pañoleta roja de percal, y en el pecho una insignia, la fogata mundial —cinco lenguas de fuego afiladas, por los cinco continentes. «¡Por la causa obrera — siempre listos!» —y en coro respondĂamos— «¡Siempre listos!». Cantábamos mucho, y tenĂamos buenas voces, sonoras, y yo tenĂa una buena voz. Incluso intentĂ© cantar sola, y me salĂa bastante bien. Eso viene del trabajo, de la práctica, el trabajo lo vence todo.
¿Qué canciones cantábamos?
- Curzon quiso un pez, quiso un pez, y volĂł hacia el Mar Blanco, volĂł.
- MuriĂł Pilsudski, muriĂł Pilsudski, muriĂł.
- Somos la joven guardia de obreros y campesinos.
- Nuestra locomotora vuela adelante, la prĂłxima parada es la comuna.
- Destruiremos todo el viejo mundo hasta sus cimientos, y luego construiremos nuestro propio mundo nuevo; quien no era nada, lo será todo.
- La Internacional.
Nuestro club era judĂo. Se llamaba, en honor a Peretz y a ShĂłlem AlĂ©ijem. DespuĂ©s nos dieron, para el club, un edificio de tres o cuatro pisos, la antigua escuela comercial, y el club se volviĂł internacional, con distintos grupos y un programa amplio. Me eligieron presidenta de la comisiĂłn sanitaria, y me sentĂ muy orgullosa, y de inmediato me puse a lavar las ventanas de todos los pisos. Polinochka era miembro de la junta directiva del club. ParticipĂ© activamente en el taller de encuadernaciĂłn y aprendĂ ese oficio tambiĂ©n. Nuestra actividad principal, sin embargo, era la marcha y la agitaciĂłn entre obreros y campesinos (salĂamos a los pueblos cercanos a montar obras de teatro, declamaciones y pirámides humanas). Organizábamos reuniones nocturnas en el bosque, llegábamos con contraseñas secretas, cantábamos junto a la fogata, bailábamos, nos divertĂamos.
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La ciudad de Slutsk, 1911-1926.
Mi amiga de escuela, Etl MĂşler, y yo estamos sentadas en el porche de su casita de madera, estudiando. Nos preparábamos para entrar a un instituto tĂ©cnico, y tenĂa que ser en MoscĂş, sĂ o sĂ. Un mes antes habĂamos terminado el sĂ©ptimo grado y decidimos no perder el tiempo, y prepararnos en serio para el viaje a MoscĂş.
En la escuela llevábamos todas las materias en yidis, que era nuestra lengua materna. Como materia aparte estudiábamos bielorruso, y el ruso, claro, tambiĂ©n lo sabĂamos, habĂamos devorado a TurguĂ©nev noches enteras, pero comprendĂamos bien que no lograrĂamos entrar a una instituciĂłn de MoscĂş si… no nos esforzábamos todo el dĂa.
Las ventanas de nuestro departamento daban a un patio ancho, fresco, sucio, sin nada de verde. Una y otra vez levantaba la cabeza del libro y, con disimulo, buscaba con la mirada, del otro lado del patio, donde en un balcĂłn parecido se movĂa la gente. QuerĂa verlo A ÉL. SabĂa que habĂa terminado el segundo año del instituto pedagĂłgico de Minsk y habĂa venido de vacaciones a su familia numerosa, pobre, pero bastante organizada. Su padre era artesano y bebĂa, y su madre apenas lograba que les alcanzara el dinero. Los hijos eran buenos, y todos, a su tiempo, habĂan estudiado en nuestra escuela. Él tenĂa la mirada aguda, aunque yo nunca lo miraba directamente a los ojos. Nuestro amor era a escondidas. Ya en quinto grado Ă©l me habĂa regalado… colores, y quedĂ© avergonzada frente a los mĂos. Puse esos colores en el bolsillo de mi vestido claro de percal. Y mi madre me llevĂł con ella a los baños, y ahĂ, en el vestidor, los colores se derritieron y se escurrieron hacia abajo. Me dio vergĂĽenza, pero no confesĂ© de dĂłnde habĂa sacado esos colores.
Recuerdo las notitas que él me pasaba. Una de ellas cayó en manos de mi maestra, y probablemente mi mirada me delató, y sentà vergüenza. Después recuerdo que contaron algo malo sobre él, y decidà arrancármelo del corazón —pasaba a su lado sin mirarlo, aunque después me atormentaba y lo buscaba con los ojos igual. Él terminó el séptimo grado dos años antes que yo, y entró al instituto pedagógico de Minsk,
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y ahora habĂa vuelto de vacaciones. Las muchachas me contaban que allá tenĂa a otra, y a mĂ me daba lo mismo, aunque en el fondo…
Yo vivĂa entonces con mi abuelo, el padre de mi madre. La abuela habĂa muerto, y Ă©l se habĂa quedado solo. Mi madre estaba cargada con una familia bastante numerosa, y no habĂa ni trabajo ni con quĂ© vivir. Nuestro abuelo era un hombre respetado en la ciudad, honesto, tranquilo, y le habĂan confiado el abastecimiento de pieles y otros productos agrĂcolas. TenĂa un puesto oficial, era miembro del sindicato, y ganaba 25 rublos al mes. VivĂa en un departamento, rentando dos cuartos a una casera que nos preparaba la comida. Mi tarea era mantener limpios nuestros cuartitos, lavar la ropa para el abuelo y para mĂ, y lavar los platos. El abuelo me prometiĂł que al año siguiente me mandarĂa a estudiar a MoscĂş, promesa que cumpliĂł honestamente.
En MoscĂş vivĂan dos de mis tĂas —Enta MoisĂ©yevna, que habĂa terminado la Academia KrĂşpskaya, y la tĂa Malka, hermana de mi madre— y tambiĂ©n los Pastron, la madre de Guenia BujarĂ©vich, y sus tĂos y tĂas. Tantos, y… sin embargo, nadie.
Mi abuelo me querĂa con mucha ternura. Si de vez en cuando me daba un gusto con un panecillo destinado a Ă©l, fingĂa no darse cuenta. Cuando yo me quedaba toda la noche leyendo a TurguĂ©nev, Ă©l me llamaba tĂmidamente desde el otro cuarto: «hijita, no vas a dormir nada». Si me quedaba fuera hasta muy tarde con ÉL y, sintiĂ©ndome culpable, tocaba suavemente la ventana, Ă©l se levantaba, gruñendo, y decĂa en voz baja, para que la casera no oyera: «toca más fuerte, para mĂ es mejor cuando tocas fuerte, me despierto de inmediato y te abro, si no me quedo tendido, escuchando, sin saber si eres tĂş tocando o no, y sin saber si llevas mucho rato ahĂ». En aquellos años difĂciles, medio hambrientos, vivĂ bastante bien con mi abuelo y, como se dice, nunca me faltĂł nada. Mi madre, mientras tanto, vivĂa en la calle SadĂłvaya, antes la calle de los ricos, pero tras el incendio solo quedaron en pie la sinagoga y dos o tres casas de un lado. Todo lo demás era cenizas. Recuerdo el hermoso porche de piedra, alto, la entrada principal de la casa del dueño. Detrás de Ă©l, un largo corredor de una casa hermosa con grandes ventanas hacia la calle. En mi memoria, en esa casa se instalĂł la aduana, y recuerdo a un tal Smirnov, empleado de esa aduana. Nosotros, los niños y los jĂłvenes vecinos, pasábamos las noches merodeando por ese porche, comiendo pipas de girasol. Probablemente esa casa fue confiscada, y los dueños, los Wolfson, vivĂan en
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un departamento lateral de esa misma casa. El patio era grande, con construcciones anexas, con una letrina al fondo, tambiĂ©n de piedra y, por alguna razĂłn, sin cercar. La casita donde vivĂamos nosotros y otra familia judĂa quedaba al fondo del patio, con ventanas hacia la letrina, y nos daba mucha curiosidad mirar por ahĂ. El porche de nuestra casa, y el zaguán tambiĂ©n, eran de tablas y estaban torcidos. La casa era baja, pero amplia. Recuerdo una gran cocina con estufa rusa, una mesa larga de cocina con banquitos, un gran comedor tambiĂ©n con mesa larga, cubierta con hule y una lámpara de queroseno colgante. A lo largo de las paredes habĂa muebles señoriales viejos —un espejo, un librero y una cama— y dos dormitorios, uno tras otro, uno de los cuales era el de las niñas. Resulta que, en aquel hambriento año de 1920, llegĂł de Sarátov la familia de una prima de mi madre —su esposo y dos niñas, Masha y Nina. Su madre habĂa muerto ahĂ de tuberculosis. Se instalaron con nosotros temporalmente, y las niñas, unos años mayores que yo, dormĂan conmigo en ese mismo dormitorio. El padre de las niñas se fue a buscar trabajo. AsĂ se dice ahora, más honestamente, se fue a Minsk a comprar mercancĂa y venderla aquĂ más cara, es decir, a ganar dinero. Fueron años de bandidaje. En el camino de regreso, toda la caravana cargada de mercancĂa fue rodeada por bandidos, que ataron a todos los que estaban vivos a un árbol, los rociaron con queroseno y los quemaron. AsĂ muriĂł Isaac, el padre de Masha y Nina Bunin. Y las niñas se quedaron con nosotros para siempre.
Mi padre, por alguna razĂłn, llamaba a nuestro dormitorio «noge-koge». Es algo del Talmud. En el otro dormitorio estaban las camas de los niños; habĂa un horno donde se secaban todas nuestras cosas, lavadas por la noche por mamá, para poder vestirnos limpios por la mañana. TambiĂ©n recuerdo un incendio en el centro de la ciudad. Fue cuando cambiaba el poder —quĂ© bando a cuál, todavĂa no logro entenderlo del todo—, pues eran polacos, guardias blancos, bolcheviques, etc. Recuerdo a mi padre escondiĂ©ndose en las casas incendiadas, y yo corrĂa tras Ă©l, y Ă©l me ordenĂł, muy serio, que me fuera. DebĂa de tener yo unos 10 años entonces. Estudiaba en una escuela judĂa, y entrĂ© ahĂ a los 6 años, al grado preparatorio. La tĂa Malka era maestra en primero o segundo grado, y yo corrĂa a estar con ella —no lograba entender por quĂ© no me dejaban ir a donde estaba ella. Me recuerdo con una chaqueta grande de punto, de mi madre, y recuerdo que siempre andaba dando saltitos. TambiĂ©n recuerdo haber llegado hasta el mercado y descubierto que habĂa olvidado mi cuaderno. VolvĂ a casa, y en el camino me
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arrestaron, creo que fueron alemanes o polacos. Desde mi más tierna infancia recuerdo —«psia krew»— un insulto en polaco.
También recuerdo —mi madre dio a luz y le dio mastitis. Como si fuera hoy, recuerdo que me recosté a su lado y le extraje todo el pus — chupando y escupiéndolo en un tazoncito. También recuerdo haber despertado de noche con el llanto desgarrador de mi madre. Me levanté de un salto y entré a la sala. Papá, mamá, y un joven extraño, creo que Isrol Tzukóvich (mi primo). Mamá se quejaba de papá por algo. Yo me puse junto a mamá, como para protegerla.
Más nĂtido en mi memoria está mi actividad polĂtica. El club Peretz. Un edificio de piedra de dos pisos, con el taller de encuadernaciĂłn abajo. Reuniones con charlas, grupos, funciones. HabĂa cantantes talentosas, bailes con trajes de papel. Montamos un cuento de hadas —una niña que se dormĂa y soñaba con flores que cantaban y bailaban. Y ahĂ estaba yo, en el papel de la niña, dormida, pero las flores no habĂan terminado su parte cuando despertĂ© antes de tiempo, y hubo un momento vergonzoso. Me costĂł mucho superar la vergĂĽenza.
Fui muy activa en las tareas laborales, y me eligieron presidenta de la comisiĂłn sanitaria. En la junta del club estaban Sara RabinĂłvich y Movshovich (esposo de Fania IosĂfovna). A Polinochka la querĂan mucho, y ella era presidenta del consejo directivo del club.
LlegĂł la NEP. Mi padre abriĂł una mercerĂa y vendĂa baratijas. La necesidad no desaparecĂa, pero de algo habĂa que vivir. Yo era pionera, y en las reuniones escribĂa resoluciones —«La asamblea de jĂłvenes pioneros, habiendo escuchado… constata…». Mi condiciĂłn social me avergonzaba mucho, aunque, por mi actividad, la gente me toleraba. Sacaba papel, cartĂłn, cajas de la tienda —todo, todo para mi club. Era más querido para mĂ que mi propia casa, y… que mi familia, sobre todo que mi padre. En Ă©l veĂa a nuestro enemigo de clase.
El pan blanco. Papá tenĂa el estĂłmago delicado, y le compraban pan blanco. Por la noche, sentado a la mesa de la sala, cortaba con cuidado las cortezas del pan. Nosotros, los niños, observábamos y despuĂ©s nos lanzábamos sobre ellas. Papá sacaba las monedas y las contaba, clasificando moneda por moneda.
Los jueves mamá limpiaba muchas zanahorias para el tzimmes. El viernes se encendĂa la estufa rusa y mamá cocinaba para dos dĂas —tzimmes, jĂłlodets, golit, kishke—, todo puesto en la noche en la estufa caliente, y se comĂa con gusto el sábado por la tarde, y el viernes por la noche. Fiesta. Nada
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se podĂa hacer —habĂa que descansar, rezarle a Dios. Ni mi padre ni, sobre todo, mi madre eran muy devotos, pero delante de la gente habĂa que guardar las apariencias. La sinagoga estaba junto a nuestra casa, cercada con una alta valla de madera. En el patio siempre jugábamos a las escondidas. Los hombres se ponĂan el talit (un manto blanco), se ataban correas en la frente y en los dedos, y rezaban de pie, de espaldas a la pared. No conozco las oraciones, pero entiendo que daban gracias y pedĂan cosas. Las mujeres ocupaban un lugar en la galerĂa, cubiertas la cabeza con pañuelos. Recuerdo que de vez en cuando venĂan cantores, y entonces toda la comunidad judĂa se volcaba en masa a la sinagoga.
El sabbat era una fiesta muy sabia; además del descanso, le daba a la persona un desahogo razonable. La vĂspera, todos se bañaban, se ponĂan ropa limpia y festiva, los zapatos relucĂan, se dormĂa, se comĂa, se visitaba a otros, y por la tarde se descansaba hasta bien entrada la noche del sabbat.
Una fiesta especial era PĂ©saj. Los preparativos eran a fondo. En el desván de mi madre, empacado en cajas, esperaba un juego especial de vajilla, la de PĂ©saj. Toda la casa se transformaba. Todo lo cotidiano se sacudĂa, se barrĂa, se sacaba de su lugar. Todo lo viejo se consideraba jametz, no apto para PĂ©saj. Se lavaba, se restregaba, se pegaba, se fregaban los pisos a fondo. Mamá lavaba la ropa, la almidonaba. A cada uno se le cosĂa algo nuevo. La matzá se compraba de harina blanca, y en los años de hambre, de harina oscura. Recuerdo la matzá oscura, dura, que no se podĂa morder sin remojarla, y la horneábamos nosotros mismos en casa —de casa en casa, es decir, nos ayudábamos unos a otros. La matzá se acomodaba en grandes canastas de mimbre y se cubrĂa con una sábana blanca. La tentaciĂłn de comerla empezaba mucho antes de PĂ©saj, pero estaba prohibido. Las canastas se ponĂan en nuestro cuarto de niñas, y de noche… la mordisqueábamos a escondidas. Con la matzá, en PĂ©saj, mamá hacĂa toda clase de manjares —bolitas (kneidlaj), albĂłndigas. Recuerdo el sĂ©der, es decir, la propia cena festiva en la mesa. Mantel blanco, vino tinto casero en jarras, una copita para cada uno, y una copa grande de vino ámbar-rojizo para ÉL —para Dios. Todos elegantes, alegres, esperando. El más pequeño, de trece años, hace las preguntas —las “kashes”— cantando, y todos le responden tambiĂ©n cantando. Por quĂ© —la historia de cĂłmo los judĂos salieron de la esclavitud, cĂłmo vivieron sin pan y tuvieron que hornear matzá, y la puerta se dejaba entreabierta para ÉL, para que pudiera participar junto con todos en la celebraciĂłn. En la silla, junto a papá, bajo el cojĂn,
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yacĂa la matzá escondida —el de trece años tenĂa que encontrarla. ÂżLa encontrarĂa? Todo era gracioso, pero cálido y alegre a la vez.
ReciĂ©n recortado, sonrosado, en su traje de fiesta —el señor de la casa, padre de una gran familia. Mamá —siempre ocupada, siempre preocupada— era hoy una reina, una señora, madre de un gran hogar. RepartĂa el pollo entre todos, para que nadie se sintiera agraviado. A cada uno segĂşn sus mĂ©ritos. Para papá, un buen muslo —él lleva a la familia sobre sus hombros; para las niñas, las alitas —tendrán que volar algĂşn dĂa; y para ella misma se quedaba… con nada, solo la colita. Mi buena madrecita — hasta su cara he olvidado ya.
ÂżQuĂ© más recuerdo de Slutsk? Era pionera, despuĂ©s pionera-komsomol. A pesar de mi origen no proletario, confiaban en mĂ. Marcho en formaciĂłn, con el bastĂłn bajo el brazo. Cantamos —Curzon quiso un pez, Curzon volĂł al mar. Ay Pilsudski, ay Pilsudski, ay. DespuĂ©s de las reuniones cantamos con entusiasmo la Internacional. Volvemos a casa en grupitos, con las botas hundidas en la nieve profunda, con el abrigo viejo. No caminamos, corremos, y luego pasamos un buen rato calentándonos los dedos helados, y comemos con gran apetito y avidez las papas frĂas, riquĂsimas, acompañadas de salmuera de pepinillos. Organizábamos reuniones nocturnas en el bosque, lejos de la gente. Con el corazĂłn en un puño, nerviosa, corro de un enlace a otro, repitiendo la contraseña por el camino, y ya es de noche, y no debo perderme, debo llegar a tiempo a la fogata. Arde la fogata, se asan las papas que serán nuestra cena, y todos cantamos al unĂsono —ay papita, delicia, icia, icia, ideal del pionero, eal, eal, quien no ha comido papas no conoce el gozo, ozo, ozo. Ay, papita querida, ita, ita… ¡Gloria a nuestra papa bielorrusa! ÂżQuĂ© harĂamos sin ella? Los platillos más ricos que recuerdo —horneada, en tortitas, “teijaus”, y con cebolla frita, y con salmuera era incomparable. Mi hermano Lev tenĂa muy buen apetito, y era capaz de comerse una olla entera de papas con una jarra esmaltada de medio litro de salmuera además, y tenĂa la barriga grande —le dábamos palmaditas y le decĂamos «el papero». Se le podĂan contar las costillas fácilmente, y estaba flaco por completo —solo sus ojos azules sobresalĂan. Una vecina, con cuyos hijos yo jugaba, decĂa —«miren a Tañechka, niña de oro, juega todo el dĂa y ni siquiera pide de comer».
Mis felices años de pionera, cuando me aceptaron como una igual dentro de una gran familia trabajadora, estuvieron ligados a la familia Rabinóvich. Con
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Polinochka Ăbamos juntas al mismo grado. Era muy dulce. Un poco morena, con un vello suave en la mejilla tierna, era la menor de la familia. La mayor, Ania, ya se ganaba la vida trabajando para otros. Sárochka era una revolucionaria ardiente, la instigadora del club Peretz, y cumplĂa con honestidad todas las reglas de nuestra organizaciĂłn de pioneros, y despuĂ©s del komsomol. Era muy estricta en todo, y vigilaba con celo nuestras travesuras infantiles, cualquier desliz de la norma —«cuidado, que ahĂ viene Sara RabinĂłvich». BorĂs, su hermano, era el orgullo de la familia, y estaba poco en casa. TenĂa una novia, Tsilia, en algĂşn pueblito. Su casita quedaba cerca de la sinagoga, cruzando el rĂo, una casita sobre patas de gallina. Los cuartos eran diminutos, con ventanitas pequeñas y bajas, que daban a un gran patio de paso. En el cuarto trasero el padre casi siempre estaba acostado, rezando. La madre era una mujer pequeña, discreta, callada. OĂ decir a mi propia madre — hay que reunir algo para ellos— eso significaba que no habĂa pan en su casa, nada con quĂ© vivir. DespuĂ©s ya no los recuerdo en aquella casa, sino en un cuarto rentado, alargado, donde vivĂan ya sin sus padres (ambos habĂan muerto). Yo pasaba mucho tiempo con ellos, me consideraban muy risueña, me trataban con cariño, aunque con cierta condescendencia tambiĂ©n. Ania ya trabajaba en algĂşn lado, Polia y Sara todavĂa estudiaban. Por Ăşltimo, recuerdo un departamento señorial en la calle Proletárskaya. Ese departamento habĂa sido confiscado a ricos que habĂan huido de la revoluciĂłn, y se le dio a BorĂs para su uso. Se conservaba todo el mobiliario de los antiguos dueños; BorĂs andaba de viaje por ahĂ, Tsilia todavĂa no se habĂa mudado, y Polina y yo corrĂamos por los cuartos, paseábamos por las tardes por la Proletárskaya, de un lado a otro con todos, como autĂ©nticas señoritas, y corrĂamos al club, a nuestro querido y amado club, al que entregábamos todo el calor de nuestros corazones.
ÂżY estudiábamos? ¡SĂ! Recuerdo la escuela —judĂa, pero de verdad. El maestro de matemáticas era Broide. Seco como galleta, un hombre sombrĂo de unos 45 años. Entraba rápido al salĂłn y empezaba de inmediato. Silencio absoluto en el salĂłn. Me sorprendĂa a mĂ misma distraĂda, habiendo perdido el hilo de la explicaciĂłn. Trataba de entender, y por fin, la alegrĂa —habĂa comprendido el teorema. El maestro caminaba de un lado a otro, repitiendo el teorema o el problema una y otra vez. Todos ya levantaban la cabeza, callados, y Ă©l, como en trance, seguĂa repitiendo y repitiendo, hasta que por fin se detenĂa. Amo las matemáticas. EscribĂamos en pedazos de papel, porque no habĂa papel bueno, hasta que Malka me trajo
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el libro de problemas de Shaposhnikov y Máltsev, y lo resolvà entero, de principio a fin.
Ahora tengo 65 años, y con mi nieto ĂŤgor todavĂa resuelvo con facilidad esas mismas ecuaciones —se me quedaron grabadas para toda la vida.
TenĂa cierta capacidad, pero era una estudiante apenas regular. EscribĂa bien los ensayos, siempre sobre el mismo tema —la revoluciĂłn y Lenin. Esos me salĂan fácil. Recuerdo el materialismo histĂłrico, al que se le dedicaba mucha atenciĂłn. Mi hermano Abram, dos años mayor que yo, nunca lograba entenderlo, y mi madre me hizo enseñarle tambiĂ©n el materialismo dialĂ©ctico. Recuerdo —la cantidad se transforma en calidad, y asĂ sucesivamente.
Tengo ante mis ojos la noche del 22 de enero de 1924. Toda la familia reunida. HabĂamos cenado. Encendimos la lámpara. TodavĂa habĂa ruido, y los niños corrĂan alrededor de la mesa jugando a las escondidas. LlegĂł la tĂa Malka y nos contĂł las Ăşltimas noticias. ¡Lenin habĂa muerto! Todos se pusieron alerta, hasta los más pequeños se quedaron callados. ÂżQuĂ© pasarĂa? ÂżQuiĂ©n lo reemplazarĂa? ÂżCĂłmo seguirĂa la vida? CorrĂ al club. Todo era luto, y nos reunĂamos en pequeños grupos, preparándonos para la asamblea. El discurso fĂşnebre de Moguilevski —estudiar, el juramento de los leninistas, y lágrimas.
Lo Ăşltimo que recuerdo de la casa de mi madre es la partida de papá. Todos vamos sentados en la carreta, papá, mamá y nosotros, los cinco niños. DĂłrochka tiene 4 o 5 años. Yo ya soy una señorita, y me da un poco de vergĂĽenza ir en carreta, pero entiendo que debo estar con mamá y los niños, y vamos lejos, a la estaciĂłn, por toda la calle Proletárskaya, pasando frente a nuestro club. Con papá viajan tambiĂ©n varios hombres más. Van de Rusia a MĂ©xico, mientras mamá y nosotros nos quedamos. Papá no se va por buena vida, ni por convicciones polĂticas, aunque no le gustan los bolcheviques y los llama chusma. La verdad es que no hay con quĂ© vivir, no hay dĂłnde trabajar, el desempleo es terrible, y además papá no sabe ningĂşn oficio, y encima lo atrae Estados Unidos, de donde habĂa llegado joven para casarse, y ahora, cargado de una familia y sin rumbo fijo, espera encontrar allá su fortuna. AhĂ no dejan entrar, pero se puede ir a MĂ©xico, que está cerca, y por eso —se va para allá, y despuĂ©s ganará dinero y mandará traer a su esposa y a sus hijos. Se imagina que vivirá con frugalidad, ahorrará en todo, colgará una salchicha solo para mirarla, y comerá pan con agua, como Ă©l nos contaba que hacen todos los que quieren salir adelante. Mi madre llora en silencio, pero en realidad la situaciĂłn no tiene salida. Al menos papá no viaja solo, y eso consuela algo,
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La vĂspera de su partida, mi madre se peinaba frente al espejo, y yo me acerquĂ© y me quedĂ© a su lado. Recuerdo bien —me pasĂł la mano por el pelo rizado y me dijo: «Hija mĂa, que tengas una vida mejor que la mĂa». El tren se fue y se llevĂł a nuestro padre. Al año siguiente partieron más familias hacia MĂ©xico, y papá pidiĂł que mandaran a Abram con ellos, cosa que mi madre hizo. Él no querĂa estudiar, no habĂa trabajo, y allá papá vivĂa solo y necesitaba ayuda para ganar dinero.
(FotografĂa: nuestra familia antes de la partida de papá, 1925.)
Para entonces yo ya habĂa tenido que ir a vivir con mi abuelo, y visitaba a mamá de vez en cuando. El abuelo le mandaba a veces un poco de harina, o un trozo de carne o algo de dinero, y ella misma cosĂa para otros —no era una costurera muy hábil y no ganaba mucho. Los niños crecĂan, y junto con ellos transcurrĂa mi Ăşltimo año en Slutsk, en la ciudad donde yo habĂa nacido y donde habĂan vivido mis padres, y quizás tambiĂ©n mis antepasados —fue un año memorable. ComprendĂa que me estaba preparando para salir a una vida más grande, y que debĂa confiar en mĂ misma. DebĂa estudiar con ahĂnco, respetar a mi abuelo, ayudar a mamá y a los niños, y sin falta entrar al komsomol
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—ganármelo. Una mañana de invierno llegĂł a la casa una noticia amarga. El hijo del abuelo, su querido y Ăşnico hijo, guapo y talentoso, inspector del Comisariado de EducaciĂłn de Bielorrusia en Minsk, se habĂa quitado la vida —se habĂa ahorcado con una toalla en su cuarto. Era difĂcil encontrar la razĂłn, pero el dolor del abuelo no tenĂa lĂmites. Se cortĂł toda la ropa, se echĂł ceniza en su cabeza cana, se sentĂł en el suelo y llorĂł. Mi madre y la tĂa Malka enfermaron. Su esposa y su hija Guenia vivĂan en MoscĂş. Malka habĂa terminado la Academia KrĂşpskaya en MoscĂş y habĂa sido nombrada inspectora de educaciĂłn en Bobruisk. Su prometido la habĂa traicionado —se casĂł con su amiga. Por esa Ă©poca apareciĂł Faivel Jarah, que amaba mucho a Malka, un hombre bueno, tranquilo, pero que no podĂa apagar el fuego del sufrimiento en el alma de Malka. Faivel se instalĂł en el departamento del abuelo, para quedarse con Ă©l cuando yo me fuera a estudiar a MoscĂş. AsĂ, en esos Ăşltimos meses vivimos los tres juntos, y yo tenĂa más tiempo para estudiar. Mamá me cosiĂł un par de vestidos de percal y uno combinado, de lana. Todo lo demás era viejo, pero remendado, limpio, y bastante decente para el viaje a MoscĂş. El abuelo me guardĂł 25 rublos, suficiente para el boleto y para comer más o menos un mes; despuĂ©s, ya se verĂa. El verano fue cálido, y tenĂa el corazĂłn alegre.
Me voy a MoscĂş. Cuánto habĂa oĂdo ya sobre MoscĂş, y ahĂ vivirĂa, por lo pronto, con la tĂa Enta, y despuĂ©s me inscribirĂa en algĂşn lugar, con dormitorio, claro está. Estudiar, estudiar y estudiar —las palabras de Lenin, que sabĂamos de memoria. Y ÉL estaba ahĂ, junto a mĂ. De dĂa no tenĂa tiempo, pero de noche paseábamos hasta que cantaban los gallos. Por el cementerio, que quedaba cerca de nuestra casa. Él me besaba, me juraba que me amarĂa siempre, para siempre, que sin duda volverĂamos a vernos. Él se iba a estudiar a Odesa, a una escuela de teatro —dejando el instituto pedagĂłgico.
El Ăşltimo silbato. Mi gran canasta de mimbre, en la que mamá habĂa puesto mi edredĂłn (cĂłmo iba a dormir sin mi edredĂłn), la suben al compartimento, a mi lugar; todos bajan, agitan las manos, mamá llora, nos despedimos, nuestras miradas se cruzan, y me voy. Con la mano busco en mi pecho el bolsillito donde mamá habĂa cosido mi dinero y guardado mi boleto, para que no se perdiera. Me voy a MoscĂş.
Nunca más volvĂ a mi ciudad natal, a Slutsk, que tanto habĂa querido de niña. No se dio la ocasiĂłn. La vida me arrastrĂł y,
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como se dice, me llevĂł consigo. En mis primeras vacaciones de invierno, que fueron muy cortas, no fui a casa con mamá, sino a… un pueblito cerca de Minsk. AhĂ vivĂa Dveira OstrĂłvskaya, su hermana mayor, que tambiĂ©n habĂa terminado el instituto pedagĂłgico judĂo de Minsk y trabajaba ahĂ como maestra. ÂżPara quĂ© fui hasta allá? Lo recuerdo con amargura. ÉL nunca me escribiĂł ni una sola carta, y yo, por orgullo, tampoco le escribĂ, y además no sabĂa ni su direcciĂłn ni quĂ© habĂa sido de Ă©l. Alguien me habĂa escrito que Dveira ya estaba trabajando, y fui con la esperanza de averiguar algo sobre Ă©l. Me parece que ni siquiera preguntĂ© por Ă©l, y en realidad no se hablĂł de Ă©l para nada. Tal vez tambiĂ©n pasĂ© por casa, ya que quedaba cerca —eso se me ha borrado de la memoria.
(FotografĂa: me voy a MoscĂş, 1926.)
Para terminar la historia de mi primer amor amargo, cuento esto —para que mis hijos sepan que su madre tambiĂ©n fue joven y estuvo enamorada alguna vez. Nos volvimos a encontrar por casualidad nueve años despuĂ©s. HabĂa dado a luz a Niusenka en casa de la tĂa Malka, en VĂtebsk, y en vĂsperas del primero de mayo de 1935 me alistaba para viajar con ella a Birobidzhán, con mi esposo, que me esperaba con alegrĂa junto con nuestro hijo. Caminaba por la ciudad con una amiga de Slutsk, Mnuja, cuando de pronto vimos un cartel —una funciĂłn de gira del Teatro Dramático JudĂo de Odesa.
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Entre el elenco estaba su nombre. Le dije, vamos, vamos a verla, lo veremos a Ă©l. LleguĂ© a casa, se lo contĂ©, riĂ©ndome —voy a ver a mi primer amor. Al teatro fue con nosotras tambiĂ©n Faivel, el esposo de Malka. Vimos tranquilas el primer acto, pero no lo reconocimos en nadie del elenco. Dije —vamos a buscarlo, tiene su gracia, Âżno? Yo no me atrevĂ, pero Mnuja se fue detrás del escenario y volviĂł con Ă©l. Las piernas se me doblaron, se me fue la voz, me quedĂ© ahĂ, mirando tontamente al suelo, mientras Ă©l me decĂa algo, y me aliviĂł que sonara la campana —volvimos a nuestros asientos. SentĂ un aliento cálido en la espalda, y su mano se posĂł en mi hombro, en la oscuridad. Me quedĂ© sentada tranquila, pero no vi ni oĂ nada de lo que pasaba en el escenario. Al terminar el segundo acto, me tomĂł de la mano y me llevĂł. En una silla estaba sentada una mujer embarazada —no le vi bien la cara, pues no la miraba. Él me empujĂł hacia ella y dijo —Tania, esta es mi Tania, de la que tanto te he hablado. No recuerdo de quĂ© hablamos, pero me quedĂł un sabor horrible, me maldecĂa a mĂ misma por todo. ¡Tonta, tonta! Fuimos riĂ©ndonos hasta casa, sobre todo yo, de mĂ misma, y al llegar se lo contĂ© a Malka, riendo, carcajeándonos. Ella dijo —anda, vete pronto con tu Iosif, no vayas a hacer más tonterĂas. Fue el 3 de mayo —nos fuimos esa noche, para llegar a MoscĂş por la mañana. HabĂa mucho que hacer, Niusenka tenĂa seis meses. No era un niño, sino una muñeca. Redondita, sin pelo, sonriente, y querida por todos. Temprano por la mañana ÉL apareciĂł. Yo estaba en bata, preparándome para bañar a la niña, lavar y empacar. Toda la familia lo recibiĂł alegremente, y le dije, tranquila (ya todo habĂa pasado), que tenĂa todo el dĂa ocupado, y que habĂa venido demasiado temprano en vano. «Yo te voy a ayudar en todo —voy a aprender»— se quedĂł rondando todo el dĂa a nuestro alrededor, y por la noche nos acompañó a todos a la estaciĂłn, y nos dimos la mano, como buenos camaradas.
Ya que aquĂ termino la «historia» de mi vida en Slutsk, quiero que mis hijos sepan algo de nuestros parientes. A la tĂa Malka, la hermana menor de mamá, todos en nuestra familia la conocen. Ella ocupĂł el lugar de mi propia madre, y escribirĂ© más de ella despuĂ©s. El abuelo se fue a vivir con ella a VĂtebsk, y lo volvĂ a ver una vez más, en 1932, cuando lleguĂ© por primera vez con papá (Iosif) desde Birobidzhán.
En Slutsk vivĂa, en mis años, tambiĂ©n una hermana del abuelo —la tĂa Yajna, con su hijo Jaim-Yudl. La tĂa Yajna era una mujer enĂ©rgica que tenĂa una tienda de granos y la manejaba muy bien. Su hijo Jaim Yudl era farmacĂ©utico y trabajaba en la farmacia de Guipchin. Corpulento —se parecĂa a
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Malka. Unas palabras sobre Ă©l. Fue soltero durante mucho tiempo. Se casĂł tarde con una Pastron, tambiĂ©n ya mayor, prima de Samuel y Jaia Pastron, es decir, tĂa de Guenia. Sobre ellos se contaban un par de leyendas. Cuando Slutsk fue ocupado por los alemanes, y exterminaron a todos los judĂos, Ă©l siguiĂł trabajando en la misma farmacia —los alemanes lo necesitaban como especialista y lo dejaron en paz. Cuando sintiĂł, o tal vez le avisaron, que se preparaba una acciĂłn en su contra, durante una comida les dio veneno a todos los de su casa, y a sĂ mismo tambiĂ©n —y toda la familia, la anciana tĂa Yajna, su esposa, sus tres hijos, y Ă©l mismo, se envenenaron y, de esta manera, no le dieron a los alemanes la satisfacciĂłn de exterminarlos. Otra hija de la tĂa Yajna (a quien nunca conocĂ) se habĂa casado con un ruso (lo cual se consideraba un pecado terrible) y se habĂa ido con Ă©l a Penza, donde Malka, con su esposo e hijos, se encontrĂł con ella al comienzo de la guerra, estando evacuados ahĂ.
Enta MoisĂ©yevna era prima de mi madre y de Malka. NaciĂł y se criĂł en Bobruisk, y la conocĂ en MoscĂş, aunque solo nos hicimos amigas despuĂ©s, cuando vivĂamos en Velikiye Luki, y Klara se fue a estudiar a Leningrado.
La abuela Pesia muriĂł de una enfermedad de los riñones cuando yo tenĂa unos 6 o 7 años. La recuerdo esa primavera, enferma en cama. DebĂa de llevar mucho tiempo enferma, porque ya no salĂa a la calle. Una vez me llamĂł y me preguntĂł: Âżya se rompiĂł el rĂo, ya corre el agua? Le respondĂ con alegrĂa que sĂ, que ya era primavera. Entonces pronto morirĂ©, me contestĂł. No recuerdo su funeral. Ella venĂa de una familia rica pero venida a menos, los Poliak (segĂşn se contaba), y por eso la casaron con un buen joven de una familia acomodada (eso se consideraba un matrimonio privilegiado) —un joven de Ă“strov, es decir, no de la ciudad, y no pobre. Estoy segura de que fue feliz con Ă©l, porque mi abuelo era instruido, refinado, muy sereno e inteligente. ¡Y guapo, además! Alto, delgado, moreno, de huesos fuertes. Nuestro amor, el de Ă©l y el mĂo, era mutuo. Me llamaba «hija» y nunca me levantĂł la voz. Tuvieron 11 hijos, pero solo cuatro llegaron a la edad adulta. Es decir, siete niños murieron jĂłvenes de diversas enfermedades. Mi madre me contĂł, con pesar, la historia de su hermano menor. Se escapĂł de casa sin el consentimiento de sus padres, sirviĂł en la marina, y nunca volviĂł a casa. Ya escribĂ sobre el destino de MĂ©ishke (MijaĂl).
Mi madre amó una vez a un muchacho sencillo, y eso no era aceptable, asà que no la dejaron casarse con él. Se quedó soltera, como se dice, durante
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bastante tiempo. Y entonces llegĂł de Estados Unidos un hombre guapo, con bigote, rizado, pelirrojo, y la comprometieron con Ă©l. Ella me contaba que habĂa querido amor, y esperaba que llegara, pero su esposo estaba hecho de otra pasta. Un hombre honesto, respetable, desde luego, pero que nunca entendiĂł el lado romántico de mi madre, aunque le fue fiel toda la vida. Mi padre era un hombre de pueblo pequeño; su propio padre, Lev, muriĂł joven, dejando a su esposa e hijos, y todos los mayores se dispersaron hacia Estados Unidos y Polonia.
En Slutsk vivĂa mi padre con su familia (habĂa vuelto de Misisipi hacia 1905-1908), su hermana Liubka —madre de Bronia y Grisha, de Leningrado— y, en una casa de descanso en UrĂ©chie, cerca de Slutsk, otra hermana, Etl —madre de Musia y Ania RĂ©znik. Nuestra anciana abuela Jaia viviĂł con nosotros varios años, y recuerdo su cofrecito lleno de ovillos de hilo de colores —siempre estaba tejiendo. Ni siquiera recuerdo cuándo se fue de nuestra casa, o si acaso muriĂł. No lo recuerdo. QuerĂamos mucho a la tĂa Etl, de UrĂ©chie. Para nosotros, los niños, era una alegrĂa ir a UrĂ©chie en verano. El tĂo Samuil RĂ©znik trabajaba en la estaciĂłn de tren de UrĂ©chie, encargado del combustible, y vivĂa en una gran casa de madera propiedad del estado. En el patio habĂa un depĂłsito de queroseno, y era muy agradable y fresco recostarse ahĂ durante el calor del verano. La tĂa nos mandaba al bosque con una hamaca y nos daba un morral con provisiones. Recuerdo muy bien el queso (gomulka) —seco como un hueso, una especie de requesĂłn. Lo mordisqueábamos. HabĂa bollos tambiĂ©n, y fruta. Su forma de hablar era peculiar —burbujeante, sonora y muy agradable. El tĂo Samuil era buena persona y le encantaba bromear con nosotros.
¡Lo recuerdo! Por la mañana. Todos ya de pie, mientras nosotros dormĂamos, despuĂ©s de habernos quedado hasta tarde la noche anterior. ¡Ah, esas noches de verano bielorrusas, tan perfumadas! A los 12 o 13 años, ÂżcĂłmo acostarse temprano? Me cubrĂa con la cobija y luchaba contra el sueño. El tĂo se paraba de cara a la pared, con el talit y las correas, rezando, canturreando…, mientras con los dedos me hacĂa cosquillas en los pies, y yo me ahogaba de risa. Lev RĂ©znik ya se enamoraba de las muchachas, y Janele todavĂa se chupaba el labio, y la molestábamos, no querĂamos llevarla al bosque. La hierba era alta, alta, suave. Te dejabas caer sobre ella, con los brazos extendidos, y te cubrĂa del sol. DormĂas. Dulce, dulcemente dormĂas. Recuerdo la casa del tĂo David y la tĂa Lipke. Trabajaban con pieles de animales, y en sus bodegas hacĂa fresco y humedad. VivĂan en la calle BolĂłtnaya, y las tablas del piso rechinaban cuando Ăbamos a visitarlos. Recuerdo la partida de su hija Liuba hacia Polonia —era una belleza (es la madre de Janele, la de Nueva York).
Mis padres tuvieron cinco hijos.
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Abram nació en abril de 1909. Tayba en junio de 1911. Léiba en agosto de 1914. Mijl en noviembre de 1917. Dveira en agosto de 1921, el año del hambre.
Abram terminó siete grados en Slutsk, pero nunca estudió en México — ayudaba a papá. Se casó dos veces: la primera vez tuvo dos hijos, Nójem y Pesia; la segunda, tres hijos más.
Léiba terminó la escuela en México, se casó con una mexicana, Chelo, y tuvo seis hijos —Lucy, Shifra, Pesia, Moisés, Lázaro, Ida.
MijaĂl tuvo un hijo, Alberto (muriĂł a los 13 años de la enfermedad de Botkin), y una hija, Silvia, nacida en 1956.
Mi abuelo por parte de mi padre era Mostkov Léiba, y mi abuela era Jaia. Todos los hermanos y hermanas de mi padre, junto con sus hijos y nietos, viven en Estados Unidos.
Mi abuelo por parte de mi madre era Bujarévich Najman, y mi abuela era Pesia. Además de mi madre, conocà y quise durante muchos años a su hermana menor, Malka Bujarévich, que se casó con Faivel Jarah; tuvieron hijos —mis primos Misha y Polia (Pesia). Ahora toda su familia, hijos y nietos, viven en Estados Unidos e Israel.
Mi madre, Shifra Najmánovna Bujarévich, nació en Slutsk en 1880, y murió en México en agosto de 1962.
Mi padre, Isrol LĂ©ibovich Mostkov (Mostkoff), naciĂł en 1880, en el pueblito de Ă“strov, y muriĂł en MĂ©xico en 1956. Ambos están enterrados en el panteĂłn judĂo de la Ciudad de MĂ©xico.
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MoscĂş 1926-1930-1931
Todo parecĂa un sueño. Despedidas, adioses, consejos de Ăşltimo momento. Lo principal, la orden de tomar sin falta un coche de alquiler en la estaciĂłn, para lo cual se habĂa apartado dinero suelto por separado. La direcciĂłn: Bolshaya PirogĂłvskaya, 2a. Un vagĂłn medio vacĂo, una litera de madera, y yo con una canasta de mimbre grande pero suave en una mano y una bolsa de provisiones en la otra. El tren se meciĂł, arrancĂł, y luego todo pasĂł corriendo, y ahĂ iba yo. Era mi primer viaje largo, incluso a MoscĂş, y sola, y por mucho tiempo, quizás para siempre. HabĂa viajado en tren varias veces antes, a visitar a mi tĂa Etl (madre de Masha y Ania RĂ©znik) en la estaciĂłn de UrĂ©chie, a 20 o 30 km de nosotros, pero nunca más lejos. Ahora habrĂa transbordos, dos o tres, el principal en Minsk, la ciudad más grande de Bielorrusia, de la que tanto habĂa oĂdo hablar. ÂżTenĂa miedo? No. Recuerdo cĂłmo, en la estaciĂłn de Bielorrusia en MoscĂş, me subĂ a un coche de alquiler y me abrochĂ© el cinturĂłn de cuero. El cochero, enorme, con una faja de color brillante, tomĂł mi canasta y la puso a su lado, y me llevĂł a la direcciĂłn. No le tenĂa miedo a nada ni a nadie. El caballo trotaba, clip-clop, con los cascos sobre las piedras, y por fin nos detuvimos. «Llegamos, bájese».
Está cerca, la PirogĂłvskaya, desde la estaciĂłn de Bielorrusia. Ya está, lleguĂ©. Una casa grande, blanca, en la esquina, señorial, con una especie de torrecita. Del lado del callejĂłn, la puerta principal con timbre. AhĂ me dejĂł el cochero. Toco la puerta. Con timidez, luego más fuerte, y otra vez. Nadie. Dejo la canasta y doy la vuelta a la esquina. Ah —un jardĂn de niños. Un jardincito al frente, y niños corriendo. Una mujer que pasaba entendiĂł que yo era del interior y me dijo —asĂ le van a robar la canasta, esto es MoscĂş. Hay que tocar el timbre, no la puerta. Corro por la canasta y ya miro a travĂ©s de la reja, buscando con la vista a algĂşn adulto. Grito. Se acerca una mujer amable, de mediana edad, y le explico quiĂ©n soy y a quĂ© vengo. Se encoge de hombros, y me dice, apenada —Enta MoisĂ©yevna ahora vive en Leningrado, su cuarto está cerrado con llave. Probablemente, por la expresiĂłn de mi cara, entendiĂł todo —que no tenĂa a dĂłnde ir. Se abriĂł la reja, y me dijo —no tenga miedo, no la voy a dejar en la calle, se quedará conmigo hasta que llegue su tĂa. Me quedĂ© mucho tiempo, no recuerdo cuánto,
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y el recuerdo de ella me ha quedado para toda la vida. Por cierto, toda mi vida tuve suerte con la buena gente. Al dĂa siguiente me llevĂł consigo al centro, y nos subimos a un autobĂşs. Eran autobuses pequeños, con asientos de resorte. Me sentĂ© y me hundĂ de golpe, y soltĂ© una carcajada. Todos voltearon, y yo dije —«¡te sientas y te vas de paseo!»
Recuerdo el MoscĂş de 1926. La fiebre por Yesenin. Al autobĂşs se subieron un hombre y una mujer —desnudos. Se hablaba mucho de suicidios. Ojotni Riad —hileras de puestos donde se comerciaba de todo. Compramos dos bolsas de carbĂłn de leña, con el que nos calentábamos y cocinábamos. Fuimos al Museo de Bellas Artes. DespuĂ©s empecĂ© a caminar sola hasta la plaza ZĂşbovskaya, por la calle Kropotkinskaya, cruzando Petrovka, hasta las puertas Miasnitskiye. AhĂ, en Chistiye Prudi, vivĂan los Pastron. Dos habitaciones grandes, pero mucha gente viviendo en ellas. Mi tĂa Jaia ya se habĂa casado, y vivĂa con su reciĂ©n nacido, Esia, y con Guenia en un cuarto, mientras Tania, Samuil y Fania con su esposo vivĂan en el otro. Yo era la que sobraba ahĂ, aunque tampoco me corrĂan —habĂa otro lugar donde de veras me hacĂa falta ir.
Cerca de ahĂ quedaba la Escuela TĂ©cnica Báuman. AhĂ, me enterĂ©, era difĂcil entrar. Pero de todas formas empecĂ© por ese. PresentĂ© mis documentos e hice bastante bien los exámenes, incluso bien en matemáticas. Pero en la lista de aceptados, que colgaron despuĂ©s en el patio de la escuela, mi nombre no aparecĂa —habĂa diez solicitudes por cada lugar, y se aceptaba primero a los hijos de obreros y campesinos, mientras que yo era hija de un empleado.
Angustiada, volvĂ a casa y encontrĂ© ya ahĂ a la tĂa Enta MoisĂ©yevna. Estaba disgustada. Sin su consentimiento le habĂan mandado a una muchacha, sin siquiera avisarle. La cosa era que E.M. se consideraba, en nuestra familia, la aristĂłcrata. HabĂa vivido sola todos esos años, acostumbrada al orden estricto y a la vida solitaria. En fin, entendiĂł que debĂa ayudarme a acomodarme en algĂşn lado, y librarse de mĂ. TenĂa amigos en el Comisariado de EducaciĂłn, y le aconsejaron que yo entrara al instituto agrĂcola —ahĂ la competencia era baja, y lo mejor, daban de comer mientras trabajabas. PresentĂ© mis documentos ahĂ y pasĂ© dos o tres semanas trabajando en los invernaderos y en los semilleros. Nos daban de comer tres veces al dĂa. En la mañana y en la noche, un vaso de tĂ© dulce; al mediodĂa, una comida de verduras bastante llenadora, y avena.
Me aceptaron como candidata nĂşmero siete, es decir, no aceptada de entrada, pero si siete personas se retiraban, entrarĂa yo. Mientras trabajaba y hacĂa mis
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exámenes, me fui adaptando y mejorĂ© mi ruso (yo habĂa crecido hablando bielorruso), y nosotros los candidatos partimos a estudiar a un instituto tĂ©cnico de semillas fuera de MoscĂş, en la estaciĂłn de Bitsa, donde nos aceptaron sin exámenes. AhĂ tambiĂ©n trabajábamos poco a poco y estudiábamos, e Ăbamos a MoscĂş de vez en cuando a ver si habĂa algĂşn lugar disponible. Por fin, en enero, me aceptaron en el Instituto de Horticultura y JardinerĂa de MoscĂş, llamado Timiriázev, y me convertĂ en una verdadera estudiante. Fui a casa de Enta MoisĂ©yevna por mi canasta. Recuerdo los escalones por los que bajĂ©, ella acompañándome hasta la calle. Me dijo —adiĂłs—, y yo quise besarla, pero volteĂł la cara. Nunca más volvĂ ahĂ.
En nuestro grupo habĂa siete muchachas y diecinueve hombres. La mayorĂa de los hombres tenĂa más de veinte años, incluso más de treinta. Algunos venĂan de la Escuela de JĂłvenes Campesinos, de pueblos alrededor de Orel, Riazán y otros rincones de Rusia. HabĂa pocos de ciudad. Yo estudiaba bien, porque estaba mejor preparada que los demás. Éramos tres judĂos —yo, Yefim BrĂ©itner y Riva Magidina. Me hice amiga de Ksenia AndrĂ©yeva, y quiero contar más sobre ella. Era chuvasha. Su madre la habĂa llevado, en los años de hambre, al Volga, y la habĂa dejado, junto con su hermano, sentada en una banca de la estaciĂłn Kazanski. Los recogieron y los llevaron a un orfanato, donde se criaron. Nunca hablaba de su madre ni de su hermano —quizás ni siquiera sabĂa quĂ© habĂa sido de ellos. Era pequeña, delgadita, pero muy inteligente, se podrĂa decir que talentosa. SabĂa de memoria a Yesenin, a Blok y a otros, y yo la envidiaba mucho. Era de buen corazĂłn, y todavĂa hoy me pregunto por quĂ© nunca volvimos a cruzarnos en la vida.
VivĂamos con mucha tensiĂłn, pero contentas. Nuestro dormitorio estaba en una casa de madera de dos pisos, en la plaza KudrĂnskaya, e Ăbamos caminando cada mañana temprano al instituto, que quedaba junto a la fábrica textil TrejgĂłrnaya, cuyas ventanas pasábamos de largo cada dĂa. Trabajábamos en los invernaderos, en los semilleros, en el campo. Siempre tenĂamos los pies mojados, y siempre tenĂamos frĂo, porque Ăbamos mal vestidas. Yo soñaba con una falda negra, una blusa blanca de batista y unas botas resistentes. No pasábamos hambre de verdad. Siempre masticábamos algo, ruibarbo, col, zanahoria, y el estĂłmago lo digerĂa todo con gusto.
El jardĂn botánico, donde trabajábamos, lo conocĂamos como nuestro propio huerto. Por un tiempo nos acomodamos en el dispensario de la fábrica. Nos encargamos de cuidar las flores, y a cambio cenábamos
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y desayunábamos ahĂ gratis. Por lo general trabajábamos la primera mitad del dĂa, llegábamos a clase con hambre, aterĂdas, con los pies mojados, y cuando empezaban las lecciones y nos calentábamos, nos daba un sueño terrible. Pero llegaba la tarde, y andábamos maquinando a dĂłnde ir. Era bueno si acabábamos de cobrar la beca (recibĂamos 14 rublos, de los cuales 8 se iban en la comida). Lo primero que hacĂamos era comprar, por un rublo, cien caramelos «transparentes», asĂ los llamaban en los puestos de «Mossielprom», y los chupábamos sin parar. Un caramelo podĂa durar todo el dĂa.
ĂŤbamos al cine. Con el teatro las cosas eran más difĂciles, sin boleto era complicado entrar. Recuerdo toda una historia —cĂłmo fuimos a ver el estreno de «Liubov Iárovaya», con, creo, Vera PashĂ©nnaya en el reparto. Sin un kopek en el bolsillo. Las muchachas fuimos a pie. Y ahĂ estaban las puertas NikĂtskie, Ojotni Riad, y llegamos al Teatro Maly. Empieza la funciĂłn, y entramos armando escándalo, diciendo que habĂamos perdido los boletos. Los habĂamos tenido, decĂamos, pero los perdimos en el camino. Nos creyeron, y subimos a la galerĂa. Nos sentamos, mirábamos y nos morĂamos de risa. En el camino de regreso las tripas nos rugĂan, y decidimos subirnos al tranvĂa sin boleto. El vagĂłn iba lleno, pero mientras más nos acercábamos a KudrĂnskaya, menos gente quedaba, y el conductor preguntĂł —niñas, ÂżdĂłnde están sus boletos? No recuerdo nada más. Todas saltamos en marcha, y yo caĂ sobre el empedrado y me rompĂ, mejor dicho me disloquĂ©, la mandĂbula. Anduve mucho tiempo con la mandĂbula torcida.
Me encantaba mucho la calle VorĂłvskogo. AhĂ Ăbamos a la biblioteca y pasábamos horas sentadas. Con Ksenia nos acostumbramos, por un tiempo, a ir a la Biblioteca PĂşblica. Te ponĂas lo mejor que tenĂas, ahĂ te arreglabas un poco, subĂas por la escalera, y te veĂas completa en el gran espejo. Te sentabas a una mesa bajo una pantalla de vidrio azul, y quĂ© calidez, quĂ© gusto daba leer y leer, hasta que de pronto sonaba la campana —ya era medianoche, y la sala cerraba. Cuatro o cinco horas se nos iban sin darnos cuenta. DespuĂ©s Ksenia y yo empezamos a trabajar de limpiadoras en la facultad obrera, dirigida, segĂşn creo, por la esposa de VoroshĂlov, creo que Yekaterina Ivánovna. Éramos dos para el puesto — un dĂa yo, un dĂa ella. Nos ponĂamos delantal, un pañuelo rojo en la cabeza, y barrĂamos y trapeábamos los pisos. Los estudiantes nos molestaban, pero nunca dejamos ver que nosotras tambiĂ©n Ă©ramos estudiantes. ĂŤbamos a la estaciĂłn a descargar mercancĂa —yo cargaba un costal de papas y lo llevaba sin esfuerzo. Era duro y de hambre. Soñábamos con el amor, con el bienestar material. Una vez me puse a soñar con bombones de chocolate —
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que cuando trabajara, siempre tendrĂa algunos en mi armario, y los tomarĂa cuando quisiera.
Se distinguĂan algunas parejas —las más afortunadas, a quienes un poco les envidiábamos. ParecĂan felices, aunque no todas duraron hasta el final del instituto. En segundo año me hice amiga de Grishka Tujmánov. ĂŤbamos juntos al cine, incluso una vez fuimos a casa de su hermano. No recuerdo nada romántico en particular —creo que nunca nos besamos siquiera— pero me gustaba hablar con Ă©l, salir a caminar. Luego Valka me lo quitĂł. Valka era enĂ©rgica, alegre, y muy suelta con los chicos —cambiĂł de varios en tres o cuatro años, y en su Ăşltimo año se quitĂł la vida.
Ksenia era reservada y de apariencia sencilla. Una vez me contó —«Sashka Makárov (un guapo de 25 años, muy buen cantante) se me declaró —me pidió permiso para cortejarme, y yo le contesté— ¿qué soy, un repollo, para que me andes cortejando?».
Debo decir que yo estaba insatisfecha con mi aspecto en esos años jĂłvenes. Desde principios de primavera el sol me cubrĂa de pecas, y la nariz se me pelaba constantemente, capa tras capa, y el cuello y los brazos descubiertos tambiĂ©n sufrĂan por el sol. Mi cabello, tupido, demasiado tupido, se agitaba con el viento, y sentĂa que parecĂa una bruja. TenĂa que hacerme un gorrito de una media de color y meter ahĂ mis rizos. VestĂa mal, como todas, aunque podrĂa haberle pedido a mis parientes un buen vestido, pero no querĂa destacar. Era seria, y al mismo tiempo, muy risueña. PodĂa reĂrme hasta el llanto, casi sin razĂłn alguna. Una vez hasta me sacaron del salĂłn, porque no podĂa dejar de reĂr.
TenĂamos un instructor militar, de apellido Stol. Una vez, cuando estábamos formados en posiciĂłn de firmes, dijo que si llegaran pruebas difĂciles y necesitara un amigo leal, Âża quiĂ©n elegirĂa? Todos esperaban, y de pronto —¡a Mostkova! Me sonrojĂ©, y todos me miraron.
EscribĂa poco a casa, y no la extrañaba mucho, o eso me parece ahora. El tiempo volaba, participábamos en las fiestas de graduaciĂłn de los alumnos mayores y esperábamos nuestro turno. Una vez, en una fiesta de graduaciĂłn,
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vino el profesor Edelstein y, en su discurso, contĂł esta parábola sobre Iván. «Vistieron a Iván con una chaqueta y le dijeron: cuando te abroches el primer botĂłn, subirás a cierta altura; cuando te abroches el segundo, subirás más alto; y luego más alto todavĂa; e Iván gritĂł — ¡entendido, ya entendĂ todo!— y siguiĂł abrochándose y subiendo cada vez más alto, y cuando llegĂł al cielo y se detuvo, no supo cĂłmo bajar de nuevo a la tierra. —No sean como Iván. Vivan en la tierra, afĂ©rrense a la tierra!».
En la primavera de 1929 nos asignaron a la colectivizaciĂłn. A mĂ me mandaron al distrito de Pronsk, en la provincia de Riazán. Una comuna. Primavera temprana, la nieve todavĂa sin derretir. Yo enseñaba una clase de tĂ©cnicas agrĂcolas. En una mesa larga se sentaban hombres y mujeres con abrigos de piel de oveja; recorrĂamos los pueblos, revisando el equipo agrĂcola. Las herrerĂas trabajaban, reparando herramientas, preparándose. HabĂa un comedor, y todos comĂan gratis —avena espesa, sopa de col, y la crema agria era muy buena. Junto conmigo llegĂł ahĂ, desde la Academia Timiriázev, un hombre alto, moreno, creo que de apellido Svinenko. Una tarde me atrapĂł, y quiso forzarme. Pero yo lo golpeĂ© con salvaje fuerza en la cara y abrĂ un portĂłn, de modo que los perros ladraron y lo asustaron. Poco despuĂ©s desapareciĂł —tenĂa miedo.
RecorrĂamos los pueblos, parece que para dar charlas, con nosotros iban mĂşsicos, dábamos conciertos. Por alguna razĂłn, mucha gente tenĂa la nariz hundida —no entendĂa la causa, hasta que me lo explicaron— sĂfilis crĂłnica y hereditaria.
Una vez iba en una carreta con un cochero y dos mujeres, hacia algĂşn lado, cuando de pronto —«Tatiana, Âży tĂş de quĂ© nacionalidad eres?» Le digo, judĂa. —«No puede ser, no te pareces en nada a ellos. Eres muy buena persona». —«¿Y tĂş has visto a algĂşn judĂo alguna vez?», le preguntĂ©. No, dice —he oĂdo, nomás, que son comerciantes.
Aunque nuestras prácticas fueron breves, salĂ de ahĂ más fuerte, con ganas de terminar los estudios cuanto antes, de estar con la gente, de hacer algo Ăştil. Esa misma primavera me mandaron a un pueblo cercano a MoscĂş —a organizar la siembra de col temprana. Los campesinos habĂan llevado toda su vida su propia explotaciĂłn agrĂcola, y eran, en su mayorĂa, gente acomodada, vivĂan en buenas casas, conocĂan bien la tĂ©cnica agrĂcola, pero ahora los habĂan unido voluntariamente en TOZ (asociaciones para el trabajo conjunto de la tierra), y a nosotros, los agrĂłnomos, nos mandaron a dirigirlos.
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Recuerdo haber llegado al pueblo temprano en la mañana, con la escarcha todavĂa en el aire —nadie en el terreno. Fui casa por casa, y nadie salĂa a sembrar —solo me recibĂan las ancianas, los jĂłvenes se habĂan escondido en algĂşn lado. Fui a ese pueblo varios dĂas seguidos. Recuerdo el salĂłn de tĂ©. En las mesas los hombres bebĂan tĂ© de los platitos, con un terrĂłn de azĂşcar en el cachete. En las mesas habĂa una gran tetera de porcelana para cada uno. Todos sudorosos por el calor. Y nosotros tambiĂ©n bebimos, y el tĂ© de verdad era delicioso, con un dulzor muy agradable.
Ya se nos consideraba casi agrĂłnomos, y salĂamos a trabajar en las huertas organizadas. ¡Recuerdo bien una victoria! A cada uno nos dieron hileras de patrones silvestres, un manojo de esquejes cortados de variedades cultivadas de manzano en la mano, y un atado de rafia en el cinturĂłn. Con cuánto orgullo yo, viendo a mis compañeros de estudio a mi alrededor, hacĂa con un cuchillo especial de injertar un corte en T en la mejor parte del patrĂłn, cortaba correctamente la yema y, despegando la corteza del patrĂłn con el cuchillo, la insertaba bajo la corteza, presionando con los dedos, y luego ataba la yema en ambos lados con la rafia. La cuota era de mil injertos por turno. Se anotaban las hileras de cada uno de nosotros, y segĂşn quĂ© tan bien prendĂan las yemas se calificaba nuestro desempeño. Mis hileras prendieron muy bien.
Era una komsomol activa. LeĂa los periĂłdicos y las revistas, y llevaba la suscripciĂłn de todos los cursos del instituto. Mi Ăşltimo invierno de estudios estuvo lleno de una gran atracciĂłn por la vida cultural de MoscĂş. Iba a todas las funciones en el teatro de Meyerhold, al Ermitage, a exposiciones —algo me arrastraba, me arrastraba, como si me estuviera despidiendo de todos.
Un dĂa de primavera me llaman a la sala de profesores, donde habĂa el Ăşnico telĂ©fono de todo el instituto. Corro. Es Jaia al telĂ©fono —«Tania, ven con nosotros, llegĂł tu madre con los niños. Va camino a MĂ©xico, con tu padre». Me asustĂ©, pero fui de inmediato. Mamá estuvo en MoscĂş solo unos dĂas, pero los recuerdo, y los recordĂ© toda mi vida.
¡Mi madre! TenĂa entonces unos 50 años, pero se veĂa vieja, agotada, morena de piel, y los niños estaban flacos, y DĂłrochka cojeaba —el dĂa antes de partir se habĂa caĂdo y roto la pierna. Iban vestidos con capotes militares viejos. Mamá llevaba un abrigo hecho de un capote teñido de negro; los niños, simplemente con capotes, apenas un poco entallados y arreglados. Fue Bronia, mi prima de Leningrado, quien preparĂł a mamá para el viaje. Ella fue quien los vistiĂł, para que no sintieran vergĂĽenza delante de la gente. LlorĂ© de lástima y de vergĂĽenza —sĂ, sĂ, vergĂĽenza.
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Fuimos juntas al consulado, en algĂşn lugar del centro. La cosa era que un pasaje de barco, es decir, una visa, se habĂa tramitado tambiĂ©n para mĂ, pero dije que no irĂa, que necesitaba terminar el instituto. Mamá no se opuso, pero el hombre que tramitaba los documentos me mirĂł desde arriba y sonriĂł con desdĂ©n —no recuerdo quĂ© dijo exactamente, pero algo hiriente para mà —algo como «tonta»! Mamá pasĂł una noche conmigo en el dormitorio, y recuerdo —me remendĂł el abrigo, que ya estaba gastado.
Fuimos todos al mausoleo de Lenin —mamá contemplaba, fascinada, el rostro de Lenin, y al salir, dijo —«Hija mĂa, no quiero ir allá, pero no tengo otro camino; si pudiera trabajar aquĂ, aunque fuera de limpiadora, solo para ganar pan para mis hijos, no me irĂa, me quedarĂa contigo».
ÂżQuĂ© podĂa hacer yo por ella? TodavĂa me quedaba un año de estudios en MoscĂş, y el paĂs estaba en desempleo. Papá y Abram ya estaban allá. Mis pensamientos giraban en torno a que, al terminar el instituto, irĂa tambiĂ©n a MĂ©xico —al fin y al cabo, gente venĂa de otros paĂses hacia nosotros, y los nuestros tambiĂ©n se iban para allá, y yo podrĂa llegar ahĂ a travĂ©s del Comintern, aunque fuera para un trabajo humilde. Y mamá estuvo de acuerdo conmigo, y mi pobre madre pasĂł toda su vida esperando que yo llegara, ni más ni menos, como embajadora soviĂ©tica en MĂ©xico. Eso me contaron mis hermanos, cuarenta años despuĂ©s.
Mamá viaja en tren, y después en barco, hasta México. La despido. Solo cuando el tren arrancó, y mamá y los niños empezaron a hacerme adiós con la mano, vi lágrimas grandes en los ojos de mi madre, se me doblaron las piernas, y me senté, y el tren fue tomando velocidad y pronto se perdió de vista. Me quedé sentada un rato, me sequé con el pañuelo la cara mojada de lágrimas, y volvà a mi propia vida.
Mi Ăşltimo verano de vacaciones lo pasĂ© en VĂtebsk, con la tĂa Malka. Pesele era todavĂa pequeña. VivĂamos en una casa de campo, en las afueras de la ciudad. Malka y Faivel me rodearon de atenciĂłn y cuidado, y descansĂ© de todo lo que habĂa vivido.
Mi Ăşltimo año de estudios fue corto. Nos graduaron antes de tiempo, ya que la colectivizaciĂłn avanzaba y el campo necesitaba gente capacitada, y nosotros ya casi Ă©ramos agrĂłnomos. Tratábamos de aprovechar al máximo MoscĂş, sabiendo que nos irĂamos, y que muchos de nosotros nunca volverĂamos a verla. ConseguĂ un boleto para una velada del komsomol en honor a Mayakovski, en la Casa del Komsomol de Krásnaya Presnia. Recuerdo un salĂłn mal iluminado, tarimas de madera, y la figura alta, alta y alargada de Mayakovski.
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El salĂłn hacĂa ruido, y Ă©l leĂa y leĂa. Nosotros, claro, entendĂamos poco, y además habĂa mucho ruido. Gritos —«¡No te entendemos!». Él se detiene y dice en voz alta —¿QuĂ© es lo que no entienden? ¿«Una nube en pantalones»? ¡Hay que leer con atenciĂłn y entender! —¿Por quĂ© viajas al extranjero? —Se queda callado, y luego levanta la cabeza y dice en voz baja —Porque —«Y Ă©l, rebelde, busca la tormenta, como si en la tormenta hubiera paz». Me voy a casa, y por alguna razĂłn me siento pesada de corazĂłn.
Poco tiempo despuĂ©s su cuerpo, ya frĂo, yacĂa en la Casa de los Escritores, en la calle VorĂłvskogo, junto a donde vivĂamos, y fuimos a verlo. Durante mucho tiempo guardĂ© en mi mesita de noche los periĂłdicos con sus Ăşltimos versos. «¡Todo terminĂł! La barca del amor se estrellĂł contra la vida diaria. Camarada gobierno —cuida a mi madre». Corrieron todo tipo de rumores, la mayorĂa poco favorables.
ĂŤbamos al PolitĂ©cnico a escuchar poetas. Se presentaban Zhárov, BezymĂ©nski e Iosif Utkin, junto con Lunacharski. «AcordeĂłn, acordeĂłn —tierra natal querida, poesĂa de las aldeas soviĂ©ticas». —Zhárov. «Oh Sol, detente, haz esta gracia, Âżno ves que se ha detenido el corazĂłn ardiente de Ilich?» —BezymĂ©nski. Resonaba en mis oĂdos su «CarnĂ© del Partido» —«Un solo, pequeño carnĂ© perdido, y en el corazĂłn del partido un hueco que sangra. ÂżMe oyes, partido?». Utkin —tan tierno, leĂa sobre un gorro, sobre mi abrigo de foca, sobre los remiendos que se ponĂa en los pantalones y el chaleco.
TambiĂ©n está ante mis ojos Lunacharski —rápido, apasionado, hablaba de los jĂłvenes poetas con verdadero cariño. De la poesĂa, de nuestra vida futura, de la dicha de ser joven. Caminaba a casa a pie (sin un solo kopek), o iba en el tranvĂa atestado, con la cabeza llena de versos que zumbaban. Toda la vida por delante, y habĂa que vivirla de modo que nunca hubiera vergĂĽenza de quĂ© avergonzarse…
Nos asignaron a nuestros destinos. HabĂa una campaña de reclutamiento, para mandarnos a regiones lejanas. Daban dinero y te asignaban a ciertas tiendas donde podĂas comprar algo decente que ponerte. Me inscribĂ junto con Nina Lapina, y comprĂ© un vestido de lana con un moño rojo, y Nina un vestido azul de crepĂ© de china. Nos preparábamos para los exámenes.
En mi cabeza bullĂan pensamientos. ÂżY si iba al comitĂ© del distrito del Komsomol y pedĂa que me mandaran a hacer trabajo clandestino en MĂ©xico? Estaba en sesiĂłn el Congreso de la Comintern, y yo leĂa página tras página, y eso solo
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avivaba aĂşn más mi deseo de hacer algo grande. Fui. Les contĂ© todo —sobre mi padre, mi madre, sobre mĂ misma. Me escucharon con atenciĂłn y me dijeron que recibirĂa una respuesta. Se acercaban los Ăşltimos preparativos para los exámenes de estado, repasábamos el material. SonĂł el timbre del descanso. Bajo las escaleras y veo, en el tablĂłn de anuncios, un papel reciĂ©n impreso —un aviso. Lo leo, y la cabeza me da vueltas —«A Mostkova T.I., como elemento ajeno a la clase, expulsarla del instituto. Desalojar el dormitorio».
Las muchachas llegaron al dormitorio y me encontraron en la cama, hecha un mar de lágrimas. Todas callaban. Solo Ksenia dijo —«Dormirás conmigo, no llores, y no te rindas».
La vida seguĂa su curso, todas salĂan temprano a clase, y yo andaba corriendo por MoscĂş. Con hambre. Fui a MOZO, MONO, MO, MOMI. Iba dĂa tras dĂa, semana tras semana, mes tras mes —en todos lados prometĂan resolverlo, y en todos lados me rechazaban. Dejaba mis lágrimas por todas partes. Ya no volvĂ al instituto. Regresaba tarde, cuando todas dormĂan, y me levantaba cuando ya todas se habĂan ido.
No sĂ© quiĂ©n me dio la idea de ir a pedir audiencia con MijaĂl Ivánovich Kalinin en persona. HabĂa una oficina de recepciĂłn donde uno se inscribĂa y podĂa hablar con el propio M.I. Fue un verano caluroso. Estaba exhausta, y lloraba en todas partes. No visitaba a mis parientes, me daba vergĂĽenza; tampoco le escribĂa a Malka. Ksenia fue quien me alimentaba —traĂa algo del comedor y me daba algo de dinero.
Finalmente me recibiĂł un señor alto. AnotĂł mi nombre, edad, de dĂłnde era. EscribĂa y escribĂa, y luego dijo —eres paisana mĂa, no llores, M.I. te va a ayudar. No llores. Anda, anda —y me empujĂł hacia una enorme oficina, donde, tras un escritorio, se inclinaba una barbita. EntrĂ© con timidez y me quedĂ© de pie junto a la mesa, con la cabeza baja, mientras Ă©l leĂa todo lo que su asistente habĂa escrito, luego me mirĂł y dijo —«Bien hecho, que hasta a MĂ©xico querĂas ir. AquĂ tambiĂ©n hay trabajo de sobra para ti —toma, ve a trabajar a Birobidzhán. Todo saldrá bien. ÂżQuĂ©, ya se te acabaron los exámenes? Ya lo sabes todo perfectamente. ¡Toma!» —y me puso en la mano un papel donde estaba escrito: «A Rozalia SamuĂlovna Zemliáchka. InvestĂguelo y reinstálela. M.I. Kalinin».
Y salà corriendo a la avenida ardiente, corrà hasta la Plaza Roja, donde en unas callecitas angostas se ubicaba la Inspección Obrero-Campesina. La encontré. Detrás de una reja estaba sentada una mujer alta, de cabello gris, delgada, con
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una falda larga. Le preguntĂ© dĂłnde encontrar a Zemliáchka, y ella, en respuesta, simplemente extendiĂł la mano y tomĂł el papel. No hizo falta que dijera nada más. LevantĂł el telĂ©fono, y me dijo —siĂ©ntate. Me sentĂ© en el borde de la silla, sin acabar de creer que mi calvario habĂa terminado. Recuerdo su conversaciĂłn con el instituto. Les dijo —Denle su diploma, como a los demás, si tiene buenas calificaciones, de inmediato, y avĂsenme. Me mirĂł a la cara y dijo —ve a tu instituto, ahĂ ya todo estará resuelto. Ni siquiera me despedĂ, corrĂ hacia el lugar donde habĂa sido maldecida, donde todo me habĂa resultado odioso.
Todo estaba en calma. Verano. Vacaciones. Todos se habĂan ido. Estoy de pie frente a la puerta de la sala de profesores, con miedo de abrirla. De pronto la puerta se abre de golpe, y nuestra directora, con una sonrisa feliz, me atrae hacia sĂ, me estrecha la mano, me felicita, y me entrega mi diploma, que certifica que en 1930 terminĂ© el Instituto de Horticultura y JardinerĂa de MoscĂş, Timiriázev.
Sin poder creerlo, vuelo directo al OZET —me voy a Birobidzhán. AhĂ, en el OZET, me siento feliz —va mucha gente, especialistas tambiĂ©n, más aĂşn de MoscĂş; cuentan que habrá una repĂşblica, aunque por ahora es solo un distrito; ahĂ mismo tramitan los documentos, dan algo de dinero, y me invitan a una reuniĂłn bajo la direcciĂłn de SmidĂłvich, el suplente de Kalinin.
Me voy a Birobidzhán. Mis preparativos no tomaron mucho tiempo. Con el dinero que habĂa recibido como adelanto por mi asignaciĂłn, acabĂ© rápido. Nos asignaron una tienda especial, donde me comprĂ© un vestido de seda color violeta con un moño de colores, y algunas cosas más. De nuestro instituto Ăbamos tres —Yefim BrĂ©itner, Riva Magidina y yo. Yefim ya se habĂa casado con una compañera nuestra, un año más joven, y los dos se fueron antes que nosotras. Yo, con Magidina —una muchacha regordeta y buena—, viajamos despuĂ©s, en un vagĂłn con jĂłvenes durante diez dĂas, hacĂa frĂo en el vagĂłn, era duro sobre la litera de madera, pero era divertido.
Llegamos a Jabárovsk el 12 de febrero de 1931, muy de madrugada. HabĂa una helada intensa. Nuestro destino era el Departamento Regional de Tierras de Jabárovsk. TodavĂa no habĂa transporte, asĂ que salimos a pie con nuestro poco equipaje. En el camino, mujeres nos detenĂan y con mucha atenciĂłn nos ayudaban a frotarnos las mejillas, que ya se habĂan puesto rojas del frĂo —ya las tenĂamos un poco congeladas. Toda nuestra ropa, sobre todo los zapatos, no estaba hecha para el frĂo de febrero del Lejano Oriente.
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Dentro del Departamento Regional de Tierras hacĂa calor, y nos descongelamos, frotándonos las mejillas y los dedos congelados, mientras esperábamos a que llegara el personal y los jefes. Nuestra orden de comisiĂłn venĂa del Comisariado de Agricultura de la URSS. Dividida a lo largo en tres partes, certificaba que yo, Mostkova T.I., era enviada a disposiciĂłn del Departamento Regional de Tierras de Jabárovsk, para trabajo permanente como agrĂłnoma especializada en hortalizas. Una parte —el talĂłn— me la quedĂ© como recuerdo; otra se archivĂł en el departamento de personal, y la Ăşltima se enviĂł por adelantado al lugar de mi futuro trabajo.
A las tres nos asignaron al distrito de Birobidzhán, pero por ahora nos mandaron a Pokrovka, con el director del sovjĂłs Finkelstein, para que nos recibiera. La estaciĂłn de Pokrovka es la primera parada saliendo de Jabárovsk —era algo asĂ como una práctica. Nos daban de comer bien en el comedor, nos enseñaban a montar a caballo, y nos mostraban cĂłmo se preparaban las semillas para la siembra. Finkelstein era un hombre bueno, de baja estatura y hasta un poco tĂmido, discreto. Le tomamos cariño de inmediato, y su joven y hermosa esposa, Galia, nos encantĂł a todas. Los vecinos nos contaban —habĂa dejado a su primera esposa y a su hijo, y se habĂa casado con ella, casi todavĂa una niña, hija de su casera en el sovjĂłs de Crimea, adonde habĂa ido a trabajar de agrĂłnomo.
(FotografĂa: con la abuela, Faivel y el abuelo Najman. VĂtebsk, 1931.)
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Nos hicimos cargo bajo la tutela del administrador de la secciĂłn, un hombre corpulento, de cabello cano, muy simpático, que en su tiempo habĂa sido administrador de un terrateniente en el occidente, y que ahora habĂa venido a ayudar a construir una nueva repĂşblica judĂa en el Lejano Oriente. Nos vistieron con trajes acolchados de algodĂłn —pantalones acolchados metidos dentro de botas de fieltro, y chamarras acolchadas. El material era sencillo, algodĂłn oscuro —nos parecĂa que el traje nos sentaba bien, y, más importante aĂşn, era cĂłmodo y abrigador.
Y asĂ, el administrador me enseñó a ensillar un caballo, a sujetar firmemente las riendas, a embridar al animal y a montar de un salto rápido. Te sientes dueña de la situaciĂłn, dirigiendo con orgullo al caballo veloz hacia donde quieres ir, sin miedo ni a la velocidad ni al galope. El aire se te va con el trote. Con orgullo bajas, y le entregas las riendas al administrador, y a cambio recibes su elogio —«De ti sĂ que saldrá una buena agrĂłnoma, no le tienes miedo a nada, bien hecho». Con ternura acariciábamos los primeros tractores «Internacional» que llegaron al sovjĂłs, nos sentábamos junto al tractorista, e incluso probábamos meter velocidades, o encender el motor nosotras mismas. Para esto Ăşltimo hacĂa falta bastante fuerza fĂsica.
Los dĂas en Pokrovka pasaron volando. Riva se fue con el primer barco de la temporada de navegaciĂłn, hacia la provincia de Amur, como agrĂłnoma de un koljĂłs. Yo regresĂ© en tren hacia el oeste, hasta la estaciĂłn de TijĂłnkaya, a doce kilĂłmetros de la cual estaba el nuevo koljĂłs de reasentamiento judĂo, «Valdheim», adonde me habĂan asignado. Llegamos a la estaciĂłn TijĂłnkaya ya de noche. Éramos pasajeros del tren local hasta esa estaciĂłn. En el camino, que durĂł de tres a cuatro horas, todos nos conocimos entre nosotros. ÂżDĂłnde pasarĂa la noche, adĂłnde irĂa? Ni siquiera hubo tal pregunta. Se sentĂł junto a mĂ Stolov —el jefe del departamento de reasentamiento— y me dijo —yo vivo con un habitante local, un guardabosques; ahĂ tambiĂ©n habrá lugar para ti, y mañana te irás a tu koljĂłs, «Valdheim».
Recuerdo cĂłmo bajamos en una estaciĂłn pequeña y desierta, que, segĂşn parece, no en vano llamaban «TijĂłnkaya» [«la tranquila»]. Era una noche oscura y helada de febrero. CaminĂ© detrás de Stolov, y llegamos a un porche alto, donde se agolpaba la gente. Las ventanas estaban muy bien iluminadas. Stolov se puso ansioso. VivĂa ahĂ sin su familia por el momento (todavĂa no llegaba de Minsk), pero Ă©l ya se habĂa acomodado ahĂ y todos
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le eran ya cercanos. Abrimos de un empujĂłn la pesada puerta de madera, entramos al vestĂbulo, y frente a nosotros, tendido sobre la paja, yacĂa el dueño de la casa, muerto el dĂa anterior por un árbol caĂdo en el bosque. A ambos lados estaban de pie su esposa y sus hijos pequeños. Esa noche no pude dormir.
Por la mañana salĂ al patio. HacĂa entre 20 y 25 grados bajo cero, pero el sol brillaba con fuerza y calentaba tanto que el frĂo parecĂa más una caricia que un castigo. Bajo los pies crujĂa la nieve apisonada y brillante, y uno podĂa verse en ella como en un espejo. Me sentĂa tranquila. En el departamento de reasentamiento me dijeron que los caballos de Valdheim llegarĂan a las cuatro de la tarde, y que no debĂa perderlos. Me esperarĂa el presidente del koljĂłs, Misha ShkĂłlnik.
Y asĂ fue como lleguĂ© a trabajar de agrĂłnoma en el koljĂłs «Valdheim», una explotaciĂłn de horticultura en las afueras, con invernaderos, semilleros, y una pequeña superficie de tierra reciĂ©n puesta en cultivo de hortalizas. El koljĂłs ya llevaba dos años funcionando, y tenĂa a dos horticultores chinos a cargo de las hortalizas —Volodia, viejo y flaco, y Misha, joven, alto y guapo. Yo serĂa la agrĂłnoma, es decir, se suponĂa que los dirigirĂa, pero en realidad serĂa yo quien aprenderĂa de ellos el oficio, el arte, absorbiendo la riquĂsima experiencia acumulada por la gente local de esa regiĂłn, los chinos, con su antigua cultura del cultivo de hortalizas.
Y trabajarĂa con gente, en su mayorĂa antiguos habitantes de pueblitos judĂos y de lugares lejanos, que habĂan venido aquĂ a vivir, a trabajar, a tener su propio pedazo de pan, a criar a sus hijos. Esta gente habĂa vivido mucho en su tierra natal, pero habĂa tenido que venir aquĂ para empezar una nueva vida.
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Pero acostumbrarse al trabajo fĂsico pesado del campesino, y a condiciones climáticas ajenas y duras.
[Aquà se interrumpe la última de las páginas fotografiadas que se conservan del manuscrito.]