🇲🇽 Traducción (ES)

PrĂłlogo

Aunque mi nombre aparece en la portada, yo no soy la autora de este libro. Está compuesto enteramente por las memorias de mi madre, Tatiana (Tayba) Izráilevna Mostkova, escritas entre 1976 y 1980, por su carta personal a Borís R., en la que cuenta la vida y biografía de mi padre, Báskin Iosif Moiséyevich, y por varios relatos orales que mi padre transcribió de sus propias palabras. Mi madre contó, en cartas enviadas desde allá, su reencuentro con familiares 40 años después, en México y en Estados Unidos.

También consideré posible, después del relato de mi madre sobre la vida de mi padre, adjuntar al libro el original de su solicitud al Fiscal General de la URSS, escrita en diciembre de 1939, junto con los documentos sobre su liberación del exilio, la revisión de su caso y su rehabilitación. Mi padre también dejó memorias de su propia vida; algunas de ellas se han publicado en Rusia e Israel en ruso, y otras aún esperan a sus investigadores.

Los manuscritos de mi madre los conservó mi hermano, y a partir de ellos escribió el libro «La rama del árbol», publicado también en Israel, en ruso. Después de la muerte de mi hermano volví a leer los manuscritos de mi madre y comprendí que lo mejor sobre sí misma, su vida y su familia, sobre la vida de la gente en aquella época difícil, solo podía contarlo ella misma, su memoria viva, así que publico sus escritos sin tocar nada, salvo algunos errores gramaticales y de estilo poco frecuentes. Me alegra haber podido publicarlo en Israel, en ruso, y espero que algún día mis nietos o bisnietos puedan traducirlo a otros idiomas; espero que resulte de interés para un lector israelí o estadounidense.

Pienso que si mi madre aún viviera, y publicara ella misma sus memorias, las habría dedicado a su madre, Shifra Mostkova, y a través de ella, a todas las madres judías.

Por mi parte, la dedico a la memoria bendita de mis familiares, asesinados en 1942 en el gueto de Braslav.

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Recordando la infancia

Mis primeros recuerdos de infancia están divididos por una línea: antes del incendio y después. Antes del incendio, que ocurrió probablemente en los años de la revolución, es decir, antes de 1918-19, quedan pocas impresiones vívidas. Me despierto temprano; en el cuarto todavía está oscuro, y en la pared arde una lámpara de luz mate; el ambiente es decoroso, los muebles bastante ricos. Esta es una imagen de mi casa, probablemente la casa en la que nací, 7 u 8 años antes de esto. Ahora la puerta del dormitorio está entreabierta, y papá está de pie, mirando por la rendija. Allí, en el dormitorio, en una cama ancha de matrimonio, toda vestida de blanco, yace mi madre. Está dando a luz. A sus pies está la partera, corpulenta y bondadosa, Keilya (Klara), según me parece, o quizá Rosa. A cuál de mis hermanos daba a luz mi madre, solo puedo suponerlo: Lev, en 1914, o Misha, en 1917.

La calle era de madera, las casas estaban muy juntas, y ella, en un futuro cercano, se incendió. Tres años antes que yo había nacido mi hermano mayor, Abram, y en conjunto mi familia se formó, probablemente, entre 1907 y 1908. Todos mis demás recuerdos pertenecen ya a años posteriores. Así, recuerdo la ocupación polaca. Corrí a la escuela —al primer grado— y recordé que no tenía pluma, corrí a casa y de vuelta de inmediato. Recuerdo cómo una patrulla me detuvo y me mandó a casa, y después de eso ya no salíamos a ningún lado — todos los vecinos se quedaban en sus propios patios—, todos esperando que alguien viniera y exigiera algo. Todos juntaban dinero y lo llevaban encima, para poder pagar si hacía falta. Esto ya fue en otra casa, al otro lado de la calle Sadóvaya, en el patio del dueño Wolfson, en el ala lateral, junto a la gran letrina de cemento. En la casa grande de la fachada vivía el dueño mismo, a quien pronto desalojaron (lo reubicaron en 3 habitaciones) los soviéticos, y la casa pasó a ser ocupada por la oficina de aduanas. Todo esto ocurrió unos años después, ya tras el incendio. Recuerdo toda la calle quemada, solo quedaban ladrillos, chimeneas y ruinas. Ahí jugábamos a las escondidas, nos escondíamos, y nos servían de refugio en nuestros juegos. En esa casa vivimos hasta 1928-29, cuando nos fuimos —mi madre con los niños—. De este período de mi vida se recuerda más, y quiero escribir, desde mis propias impresiones, sobre mis antepasados, sobre todo por lo que he oído contar.

Así pues, vivíamos en el patio de la casa de Wolfson. La casa de la fachada era grande, con 6 u 8 ventanas grandes, con un porche de piedra al frente. Junto a nosotros había una sinagoga reconstruida, en la esquina, cercada con tablas, y una callecita pequeña, también quemada, que salía al mercado. A lo largo de esta calle, apenas un poco más allá —unos 20 o 40 metros—, corría el tranquilo río Sluch, el lugar de nuestra libertad infantil. Ahí nos bañábamos, no una ni dos veces al día, sino muchas; ahí enjuagábamos la ropa, lavábamos platos, fregábamos ollas y vadeábamos el río, recogíamos nenúfares y salíamos de noche a las citas.

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Al fondo del patio había una casita vieja, dividida en dos mitades, con un porche y una entrada comunes. La puerta llevaba directo a nuestra mitad, y a la derecha, a la de nuestros vecinos, un matrimonio de ancianos. Al abrir la puerta entrábamos a una cocina grande con el piso astillado, que era muy desagradable de lavar. En la esquina delantera de la cocina se alzaba una enorme estufa rusa, que calentaba casi toda la casa y le servía a mamá para cocinar. Debajo de la estufa había un gallinero. La ventana que daba al patio quedaba frente a la estufa. Justo detrás de la estufa había un cuarto pequeño, de 10 a 12 metros cuadrados, el cuarto de los niños o de las muchachas. Ahí vivíamos yo y mis primas, Masha y Nina, a quienes mi madre había acogido tras la muerte de su madre, de tuberculosis, en Sarátov. Su padre, Isaac Bunin, las había traído con los parientes, con la intención de establecerse él mismo y ganarse la vida. Sucedió que se fue a Minsk por mercancía, y en el camino los bandidos alcanzaron la caravana, lo robaron, lo ataron a un árbol y lo quemaron. Así fue como esas dos niñas se quedaron con nosotros para siempre.

A la izquierda de la entrada estaban la sala y un dormitorio pequeño. Todo el mobiliario era ya más que pobre, pero en la sala se conservaba, del antiguo apartamento, un espejo de patas hermosas y un armario-cómoda con cajones secretos y tapa abatible. Eso era todo lo que quedaba de la antigua prosperidad y, según contaba mi madre, todo aquello se lo habían reunido a mis padres de la casa rica de los parientes de mi madre, los Poliak, que probablemente huyeron a Moscú, a Leningrado o incluso al extranjero. Mi madre no sabía con certeza a dónde habían ido. Pero hubo gente rica de apellido Poliak, de quienes descendía mi empobrecida abuela, Pesia Poliak, casada con un joven pobre, pero muy culto y letrado, y, como se decía entonces, buen administrador,

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es decir, respetable, digno de confianza. Najman Bujarévich —le dio 11 hijos, de los cuales solo dos llegaron a viejos. Recuerdo cómo mi padre se escondía entre las ruinas del incendio; de quién se escondía, no lo sé. Probablemente del reclutamiento. Pasaba hambre —se hizo una úlcera de estómago. Muchos se cortaban los dedos para librarse del servicio. Recuerdo cómo, ya en plena revolución, ardía la ciudad —ardía nuestra mercería, toda la propiedad y fortuna de mis padres—, ardía el mercado, y nosotros, los niños, sentados junto a una vecina en la ventana, mirábamos las llamas y llorábamos porque todavía no llegaban mamá ni papá.

En aquellos lejanos años de infancia vivía con nosotros, en un rincón del dormitorio, nuestra abuela Jaia. Era una mujer pequeña, callada, muy anciana. Recuerdo su único tesoro: un cofrecito pequeño, forjado, y dentro, ovillos de hilo de colores. Ella tejía, y el hilo siempre se arrastraba por el suelo, y nuestra gata siberiana, mullida, siempre trataba de hacerlo rodar lejos para jugar a gusto. Esta abuela era la madre de mi padre, Isrol Mostkov. Vivió toda su vida en una aldea lejana, cerca de la frontera con Polonia, cerca de Nesvizh. Ni siquiera recuerdo su voz, tan callada y sin voluntad propia era. Esta mujer tuvo y crió —o tal vez ellos mismos crecieron— a muchos hijos. Conocí a su hijo menor, mi padre, que nació en 1880; oí hablar de la hija mayor, Tayba, del hijo Motle, de la hija Ginde, del hijo menor Éizer, y de otros más. Su casa estaba junto a un puente, y por eso, según la tradición familiar, vino el apellido Mostkov (“del puente”). A qué se dedicaba su esposo, mi abuelo Leiba, no lo sé, y ya no queda nadie a quien preguntar. Era un hombre pobre, eso sí lo sé con certeza, y los jóvenes que iban creciendo se fueron a Estados Unidos.

Esto fue hacia fines del siglo pasado. Se fueron los hermanos mayores, y con ellos mi futuro padre, entonces de 15 años. Llegaron a Misisipi, y pasaron privaciones, dedicándose al pequeño comercio y a oficios varios, mientras los tíos trabajaban para algún patrón. Eran buhoneros: con un saco al hombro, repartían toda clase de mercancía menuda, sobre todo mercería. Cuando nosotros, de niños, crecíamos y pedíamos de comer, en aquellos hambrientos años veinte, papá nos decía: «En Estados Unidos nosotros no pedíamos de comer —el patrón nos decía: mira la salchicha y cómete el pan, bebe agua fría y recuéstate contra la estufa caliente— eso será tu té a la americana. Así hay que ser». De mí, las vecinas decían: «Qué niña tan maravillosa —juega todo el día y ni siquiera pide de comer».

(Aquí, en el original, hay pegada una fotografía del manuscrito de la madre, «El manuscrito de mamá» — una página de la carta original escrita a mano, no texto impreso.)

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De este modo, mi padre pasó su primera escuela de templanza en la vida, en Estados Unidos. Cuando creció y comenzó a pensar en casarse, sintió nostalgia de su hogar lejano —o tal vez simplemente no había encontrado novia—, pero ya tenía más de 25 años cuando volvió a Rusia y se convirtió en el prometido de mi madre, una futura novia de 27 años ya algo pasada de edad. Pero de mi madre hablaré después. Mi padre era, por naturaleza, un hombre bueno, de trato fácil, pero Estados Unidos le había dejado su huella en forma de tacañería —ahorro, tosquedad, egoísmo y, por supuesto, falta de instrucción y de refinamiento. Recuerdo lo pulcro que era. Su traje y su sombrero (una novedad en aquel tiempo) siempre colgaban en el armario, como debía ser; sus zapatos (y en las épocas más duras llegó a tener varios pares) relucían, y mi cara se reflejaba en ellos. Sus cuellos duros siempre estaban blancos y se cambiaban a menudo. Era pelirrojo, algo pecoso, de cabello abundante, ojos azules. Así se presentó ante mi madre en 1907.

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Mi madre —Shifra Najmánovna Bujarévich. De su padre, mi abuelo, a quien yo estaba más apegada que a nadie, ya escribí. Alto, delgado, de nariz aguileña, moreno, bondadoso —vivía cerca de la ciudad de Slutsk, en las afueras llamadas Óstrov. Mi abuela Pesia era de linaje noble, pero empobrecido, y la casaron con un joven pobre pero instruido. El abuelo Najman y su hermano (el padre de Enta Moiséyevna) estudiaron en el jéder y luego en la yeshivá —la escuela religiosa superior. El abuelo tenía también una instrucción general por encima del nivel medio; era, por naturaleza, un hombre culto y encantador, respetado por todos en los círculos de negocios y en la sinagoga. Confiaban en el abuelo, acudían a él por consejo, le pedían prestado y él también les pedía prestado a ellos.

A la abuela Pesia le dejaron en herencia una tienda de telas, en la que apenas duró, por su mala salud. Según se contaba, la abuela Pesia dio a luz a 11 hijos, de los cuales yo conocí a tres: mi madre, la hija mayor y más querida, Shifra, y las menores, Malka y Mijaíl. De los demás hijos se hablaba solo en susurros. Un muchacho tenía trastornos mentales y se fue de casa —decían que al mar— y nunca volvió. Los demás niños murieron en la infancia por diversas enfermedades. Recuerdo a mi abuela ya enferma. Murió de una enfermedad de los riñones. Yacía débil en cama y, llamándome, me preguntó: ¿ya se rompió el hielo? (se acercaba la primavera), y corrí a ver el hielo y, emocionada, volví corriendo, apurada por darle la respuesta: sí, el hielo ya se mueve. La abuela suspiró y dijo: entonces pronto moriré yo también. Recuerdo, aún antes, cuando todavía caminaba, que me tomó de la mano y me llevó a la tienda de unos conocidos, donde me compró telas para varios vestidos de escuela. Recuerdo un vestido a cuadros. Eso debió de ser cuando tenía 6 o 7 años. Con esos vestidos fui por primera vez a la escuela. No me equivoco: fui a la escuela con los tres vestidos puestos a la vez, uno sobre otro, porque me parecía que así me lucía mejor, y además no había nadie en casa para ayudarme a vestirme bien.

AsĂ­ pues, la hija mayor de mi abuelo era hacendosa, lista, y, por la enfermedad de su madre y lo numerosa que era la familia, llevaba la casa y

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los asuntos de mi abuelo. Mi abuelo era especialista en pieles y otras materias primas agrícolas. Recuerdo que en su casa siempre colgaban racimos de hongos secos, que olían deliciosamente. Le traían pieles de animales ya preparadas, y él las alisaba, las evaluaba y, sin engañar jamás a nadie, decía el precio justo. Su palabra era ley. Más tarde, en los años veinte, siendo uno de los antiguos propietarios y pequeños comerciantes, lo aceptaron para trabajar en la aduana soviética, como especialista, con un sueldo de 25 rublos al mes, y se hizo miembro del sindicato, lo cual era muy honroso.

Mi madre era inteligente y hábil para los negocios. Contaban que una vez se incendió su casa mientras había pieles valiosas guardadas en la despensa. El abuelo se levantó de un salto en la noche, se puso nervioso y se puso a rezarle a Dios. Mi madre, en camisón —siendo ya novia en ese entonces—, abrió la ventana y arrojó toda la mercancía, salvando así al abuelo y toda su fortuna. Esta historia se contó muchas veces, junto con otras parecidas. Mi madre nunca recibió educación, pues era la mayor de la familia y cargaba con todo el peso del hogar. Sentía atracción por la política, por la vida pública. Participaba en la ayuda mutua, se hizo amiga de los pobres y de los venidos a menos, recolectaba ayuda para ellos y ella misma ayudaba a todos en lo que podía.

Así, era amiga de Jaia Rabinóvich. El esposo de esta era un hombre muy instruido, pero enfermo y jorobado, y esta pobre mujer tenía que alimentar sola a su numerosa, talentosa y necesitada familia. Mi madre la ayudaba constantemente, y en sus propios años difíciles la siguió ayudando por medio de otras personas, es decir, recolectaba donativos para ellos. Mi madre nunca perteneció al partido del Bund, pero era cercana a ellos y cercana al movimiento revolucionario. ¿Por qué una mujer tan simpática e inteligente se quedó soltera tanto tiempo? Así sucede a veces. Hubo un hombre que la amó mucho, pero era zapatero y no era digno de ella —una cuestión de prestigio. En aquellos tiempos era muy importante: los padres no permitían casarse por debajo de la propia clase social. Cuando mi madre conoció a mi padre, la atrajeron su porte gallardo y su aplomo, aunque su carácter americano tampoco pasó desapercibido a sus ojos. Pero llegó el momento de formar una familia, y se casaron. La dote de mi madre fue modesta: una mercería con corbatas, botones y listones, que se guardaban en cajas no solo en la tienda, sino también en casa, bajo la cama. Nosotros,

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los hijos que pronto llegaron, jugábamos con esa mercería, aunque de ahí no salía sustento para vivir.

¿Qué recuerdo? Me despierto de noche y oigo llorar a mi madre. Salí descalza a la sala, y allí, junto a la estufa holandesa caliente, estaban papá, mamá y el sobrino de papá —ya un joven de 17 o 18 años, Israel Tzukóvich, hijo de la hermana mayor. Mamá, entre lágrimas amargas, le contaba que papá no le daba dinero para vivir y que no tenía con qué alimentar a los niños, que ya eran cuatro entonces y pronto llegaría el quinto. Recuerdo cómo papá, aterido de frío, llegaba a casa por la noche, descontento, sombrío, y cenaba solo, cortando con cuidado, con un cuchillo afilado, las cortezas del pan blanco, mientras nosotros, una manada de crías medio hambrientas, lo mirábamos a la boca desde lejos. Después se ponía a contar las ganancias del día y guardaba todo de nuevo. Mis hermanos, tres y seis años menores que yo, crecían débiles, con las barrigas redondas de tanta papa, que comían sin parar. Nos sentábamos ante una olla entera de papas, harinosas y sueltas (ahora mismo no le diría que no a unas así), con un vaso de salmuera de pepinillos, y comíamos con gusto. A Lev le decían «el papero». Nos vestíamos como se podía. Desde principios de primavera andábamos descalzos, con los pies agrietados. La ropa pasaba del mayor al menor. No recuerdo que tuviéramos nunca suficiente crema, huevos, ni siquiera leche. Recuerdo papas. A la escuela llevábamos una manzana o una pera. Era lo más barato.

También teníamos días alegres. Primavera, abril. Pronto sería Pésaj. Todo el mundo andaba ajetreado. Se sacaban las ventanas de invierno y se llevaban al desván. Mi tarea era lavar los marcos, lavar los cristales con jabón y secarlos bien después. Sobre la gran mesa del comedor, en la sala, colgaba una lámpara metálica, que yo envolvía con papel de cigarro verde. Toda la vajilla de la cocina se restregaba hasta que brillaba como el cobre, hasta quedar blanca, y luego se pasaba por el fuego. Es que para Pésaj todo tenía que ser nuevo, estéril. Fuera el pan, fuera la harina; todo debía ser cosa de Pésaj: matzá, harina de matzá, vino especial, carne, pollos, grasa de Pésaj. La vajilla vieja se guardaba, subía al desván, se lavaba toda la casa, se pintaba, se barría, y se traían cosas nuevas y frescas, especiales para Pésaj. Todo lo que se podía cargar, nosotros, los niños, lo llevábamos al río —allí había arena y espacio de sobra para lavar y limpiar todo. Mi madre se ocupaba de lavar la ropa, a veces incluso contrataba a una lavandera. Toda la ropa blanca se hervía, se enjuagaba en el río, se almidonaba, y luego no se planchaba con plancha, sino que se alisaba con un rodillo, hasta quedar brillante, suave y lisa. Eso era Pésaj.

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Pero también estaban los días de sabbat, también festivos. Para esos también había limpieza y preparativos. Ya desde el jueves por la noche mi madre limpiaba muchas zanahorias, las rallaba y preparaba una gran olla de barro, envuelta en alambre. Eso era para el tzimmes. En la zanahoria se metía un kugel —un relleno de masa con un trozo de carne grasosa. En otra olla, también grande, se cocía un compota de frutas secas, sobre todo manzanas y peras. Para el sabbat se mataba una gallina. Esa también era tarea nuestra. Yo la llevaba al shojet [el matarife ritual] por unas monedas. Vivía en una casita, en alguna calle cercana. Salía el shojet, un hombre delgado con un solideo negro y un saco largo negro, como vestían todos los judíos devotos, tomaba la gallina del cuello y se apartaba un poco al huerto. Descubría la parte inferior del cuello, arrancaba unas plumas y le hacía un corte rápido en la garganta. Yo cerraba los ojos; la gallina se agitaba, temblaba, y después quedaba quieta. La tomaba por las patas y la arrastraba hasta casa. Mi siguiente tarea era desplumarla. Iba al cobertizo, me ponía un pañuelo en la cabeza despeinada, a veces un delantal también, y empezaba a desplumar, primero las patas. Después las alas, y lo más difícil, la cabeza. No era un trabajo agradable, pero había que hacerlo. Me tocó desplumar muchas veces en casa de mi abuelo, cuando viví sola con él tras la muerte de la abuela Pesia.

A veces, en lugar de gallina, se cocinaba carne —una carne magra de res. Pero lo apropiado era tener gallina para el sabbat, y mi madre se esforzaba por conseguirla. El viernes mi madre se levantaba muy temprano, encendía la estufa rusa y ponía en ella una olla con la gallina, la zanahoria y la cebolla. Eso era el caldo, y también guisaba papas con ciruelas pasas. A este guiso lo llamábamos “golit”; luego se ponía otra olla de zanahoria —el tzimmes—, junto con compota y café negro (no de verdad, sino un sucedáneo). Para cuando nos levantábamos, mi madre ya había terminado con la estufa y se había ido a trabajar, ayudando a papá en la tienda, y a mí me tocaba lavar los pisos, que alguna vez habían sido pintados pero ya estaban desgastados. Había mucho trabajo. Los primeros cuartos los lavaba con calma, pero cuando le llegaba el turno a la cocina grande, ya cansada, empezaba a flojear. Saltaba las esquinas, secaba mal. Los niños también querían comer, trataban de agarrar algo, y yo les daba con el trapo mojado en los pies descalzos. A veces esta lucha y el trapeado se prolongaban hasta que llegaban papá y mamá, y entonces me tocaba a mí.

Todo el viernes casi no comíamos nada de verdad, solo íbamos picando algo. Pero el viernes por la noche, cuando se ponía el sol y comenzaba el tan esperado sabbat, volvíamos a la vida. Para entonces también había que

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ir a los baños, o bañarse en casa, limpiar los zapatos y la ropa. El trabajo principal lo hacía mi madre, cuidadosa y afanosa, y hasta papá le tenía un poco de respeto.

Y así, la cena festiva. En la mesa larga, cubierta sobre el hule ordinario con un mantel blanco, estaban puestos los platos, con platitos pequeños para el arenque o el paté de hígado de pollo. Todos limpios, tranquilos, hambrientos —esperando. Mamá repartía el pollo y decía: «El muslo para los hombres, para papá y para el hijo mayor. En ellos descansa la familia, todo nuestro bienestar. Las alitas para las niñas, que crecerán y volarán lejos de nosotros». —«Mamá, pero le diste todo y no te quedaste con nada» —«No, mis queridos, a mí me queda la colita —con eso me basta».

Nos íbamos a dormir satisfechos, más que satisfechos, recién bañados, mientras mamá seguía haciendo algo más, sin que se le oyera. Por la mañana nos despertábamos y encontrábamos, junto a cada cama, ropa limpia preparada, hasta los zapatos bien lustrados, y en invierno incluso calentados en el horno. Por la mañana nadie se apresuraba; todos salían tranquilos a la sala, donde en la mesa había velas apagadas, que habían ardido la noche anterior y se habían consumido solas (no se podían apagar), y mamá, cubriéndose la cara con las manos, rezaba ante ellas. Por la mañana se sacaba del horno una ollita de café, y lo bebíamos acompañado de bollos que mamá había horneado el viernes de madrugada. También había jalás en el aparador, que mamá había horneado para el sabbat. Todos iban a la sinagoga a rezar, todos con sus mejores galas. Nosotros, los niños, también nos asomábamos ahí, pero sobre todo corríamos por el patio de la sinagoga-escuela. A mediodía comíamos golit —papas doradas y guisadas, calientes—, se servía caldo, tzimmes, y tomábamos compota.

Por la tarde papá dormía. Se cerraban las contraventanas, todos caminaban de puntitas —no había que hacer ruido, papá dormía. Todo era para el sabbat. Por eso valía la pena pasar hambre toda la semana, privarse de muchas cosas. Pero el sabbat era lo más sagrado. Y se esperaba ese sabbat desde el domingo anterior. En sabbat estaba prohibido —encender o apagar el fuego, trabajar, contar dinero, comprar o vender—; solo se podía descansar, comer, beber, dormir. Nada mal.

De Pésaj todavía no lo he contado todo. Pésaj es la gran fiesta de la primavera, cuando hay una semana de descanso, limpieza, abundancia, placer. El símbolo de Pésaj es la liberación de los judíos de la esclavitud. La victoria, según parece. Ya escribí sobre los preparativos. En vez de pan se come matzá. La delgada, blanca, nunca la tuvimos; comíamos la gruesa, oscura, casera, pero matzá, solo matzá. Con ella se hacían albóndigas, harina de matzá, harina mezclada con huevos. Nuestra

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matzá se guardaba en canastas forradas con sábanas blancas, en nuestro cuarto de niñas, en el rincón que llamábamos “noge-koge”, con la esperanza de que las niñas no hicieran travesuras con ella. Pero de noche sí hacíamos travesuras: mordisqueábamos la matzá a escondidas bajo la cobija, hay que confesarlo.

Se preparaba un vino especial de Pésaj y se le ofrecía al ángel Eliyahu Hanaví, que se suponía visitaba esa noche. El hijo menor buscaba la matzá escondida bajo el cojín de papá. Se cantaban canciones y se hacían preguntas, que se respondían en coro. Íbamos a rezar todos los días y paseábamos en los días soleados de abril. Se olvidaban todas las penurias. Había también días de ayuno. Recuerdo esa sensación. «Voy a ayunar todo el día». —Pero si eres muy pequeña, con medio día te basta. —«No, todo el día» —y me sentía orgullosa de ello. Así que el viernes comíamos bien por última vez, pero todo el sábado era largo y daba hambre. Se esperaba, el sábado por la noche, a que salieran las estrellas, cuando ya se podía preparar la cena. Por fin llegaba el momento. No había tiempo de pelar las papas —mi madre las lavaba enteras, las metía en la olla, encendía la estufa con leña de abedul, y pronto ya hervía la olla. Se limpiaba el arenque. A mí la cola, y a mí también la cabeza. Para papá, la parte del medio. Quien había ayunado se sentaba primero a la mesa, y qué ricas sabían las papas con el arenque, qué feliz se sentía uno de haber aguantado la prueba junto con todos los adultos, de haber ayunado hasta el final.

Todas estas son las fiestas que quedaron grabadas en mi memoria — asociadas a alegrías, a sabores. Pero recordemos también los días comunes, de los cuales hubo muchos, hasta que cumplí los 16 años, cuando subí al tren Slutsk-Moscú, con transbordos, creo, en Osipóvichi, en Minsk y, creo, en Smolensk, y llegué a la ciudad de los adoquines —la estación de Bielorrusia— en Moscú, con una gran canasta de mimbre (no teníamos maletas), en la que cupieron mis dos o tres vestidos de percal, un abrigo de invierno remendado, e incluso, creo, una almohada de plumas o quizás un edredón. Todo lo que mi madre pudo darme. También había un baúl de madera prensada con provisiones. En un bolsillo cosido a mi ropa interior llevaba 25 rublos (un capital bastante importante y el único que tuve durante todos mis años de estudio, e incluso de trabajo después; me lo dio mi abuelo).

Recordemos los dĂ­as comunes.

Disentería. Vino a vivir con nosotros una muchacha, Dveira-Dora, sobrina de mi padre. Mi madre era muy, muy buena y sentía compasión por todos. Algo malo había pasado en su casa —quizás quedó huérfana— y la trajeron con nosotros. Era bonita y de buen porte, y yo tenía 10 años, y

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mordisqueábamos manzanitas del tamaño de una nuez, apenas formadas, de las que había en abundancia, ya que los huertos de alrededor habían quedado sin dueño tras el incendio. Solo recuerdo que me mandaron a la farmacia por una medicina, y me daba vergüenza abrir la puerta; me quedé sentada en la calle sin atreverme a tocar y abrir la puerta de la farmacia, porque ahí trabajaba como farmacéutico mi tío (primo de mi madre, Jaim Yudl). Así que me quedé sentada. Después corrí a casa y mentí, dije que había ido, que no había medicina, pero me dijeron: ¡ya no hace falta! Al principio no entendí y hasta me alegré de que no hiciera falta. Pero al ver la cara sombría de mi madre, comprendí. Dveira ya yacía muerta en el dormitorio. Había muerto de disentería. Recuerdo que mi madre se arrancaba el cabello, y estaba embarazada además. A nosotros, los niños, nos prohibieron terminantemente arrancar o comer las manzanitas. En agosto de 1921 mi madre dio a luz a una hija y la llamaron Dveira (Dora).

Por agua. No teníamos pozo cerca, así que el agua para todo se traía del río. Mi madre nos mandaba a los niños por agua para beber a un buen pozo, profundo, con cigüeñal, en el patio de un campesino rico (probablemente le pagaban por ello). Quedaba bastante lejos. Había que cruzar en diagonal por la calle quemada, ahora cubierta de hierba alta, pasando junto a las cenizas y las ruinas, cerca de las cuales seguían creciendo y floreciendo manzanos y las maravillosas peras de Slutsk. No era una tarea agradable para nosotros, y regateábamos sobre quién debía ir, y muchas veces nos escabullíamos. Aun así, recuerdo el placer de todo aquello. Para cargar dos cubetas de agua se usaba una vara larga, o incluso dos varas con mangos bien pulidos. Corríamos hacia allá por agua, saltando con las varas, con las cubetas resonando. Tratábamos de ir en grupo. Llamábamos a los niños vecinos —vengan con nosotros por agua. Y así íbamos. El cigüeñal del pozo funcionaba bien y rápido, y la tina se llenaba de agua burbujeante, fría, deliciosa. Bebíamos hasta saciarnos, como caballos, suspirábamos y volvíamos a beber (no se podía hacer travesuras junto al pozo). Después llenábamos las cubetas hasta el tope. Por las asas se pasaban las varas, y se sacaban del patio como si llevaran algo de un valor inmenso. Nos equilibrábamos, e íbamos en parejas por la hierba profunda y suave, por el camino trillado, descalzas, ejerciendo nuestra fuerza joven y creciente, probando nuestros músculos que se iban tensando. Y las niñas, todas juntas, nos alegrábamos, riéndonos del esfuerzo, pesado y a la vez agradable. Nos deteníamos una o dos veces, cansadas, tendidas en el suelo, mirando hacia arriba, con los ojos entrecerrados,

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respirando el aroma del aire fresco, de la hierba verde y fresca. Esa felicidad se sentía en el contacto cercano de un cuerpo joven con la hierba húmeda y de olor fresco. Ahí crecía trébol de verdad, o como le decíamos, “koniushina”. Nos levantábamos y corríamos persiguiéndonos, arrancábamos margaritas —grandes, completas— y contábamos los pétalos: me quiere, no me quiere, escupe, besa, me aprieta contra su corazón, me manda al diablo. La alegría no tenía límites.

Nuestra orilla. El río Sluch partía en dos nuestra querida ciudad de Slutsk. Se decía —vivo del otro lado del río—. La calle Sadóvaya corría como un rayo directo hacia el río, y como nuestra casa era la última de la calle, no teníamos más que cruzar frente a la sinagoga y atravesar un camino angosto y polvoriento, y ya estábamos en el río. La orilla era suave, arenosa, muy pisoteada. Más allá, a ambos lados, había maravillosos matorrales de nenúfares, y nosotras, sin miedo a la profundidad, arrancábamos las flores por sus tallos largos para hacer coronas. La orilla nos servía no solo para bañarnos y divertirnos. Ahí aprendimos oficios que no se aprenden en ningún taller. Lavar la ropa menuda era tarea nuestra todo el verano, e incluso en invierno íbamos a enjuagar en el hoyo del hielo, sin temerle al frío ni al viento. Lavábamos todo lo que caía en nuestras manos o en nuestra vista. La ropa sucia no se acumulaba, la llevábamos enseguida al río. Lavar se combinaba con nadar, es decir, enjabonábamos lo sucio y lo dejábamos al sol para que se aflojara la mugre, y luego enjuagábamos bien. A veces tomabas alguna prenda y nadabas con ella hasta lo profundo, donde el baño era mejor. También había pérdidas. Una vez tuve un percance bastante grande. Vino de Moscú mi tía Malka, que estudiaba en la Academia Krúpskaya. Esto fue, de hecho, ya en 1925, cuando yo tenía 14 años. Llegó con un vestido muy bonito, oscuro, de marquisette, con cuello de encaje blanco y puños iguales. Se quitó su buen vestido, y se sacó el cuello y los puños para lavarlos. Yo, sin pedir permiso, los tomé, porque iba a nadar y quería darle una sorpresa. Imagínense: perdí uno de los puños en el río. No pude confesarlo; dije que había traído todo de vuelta —lo confesé ya en casa, pero hasta hoy recuerdo cuánto sufrí.

En el río también lavábamos la vajilla. Con arena, con arena, con las manos,

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todo quedaba blanco. Bañábamos a los pequeños. Las niñas mayores llevaban a los hermanitos con mocos, sucios y de todo tipo, los sentaban en el agua sobre la arena y los tallaban hasta que brillaban, y ellos lloraban y reían a la vez, pero siempre nos seguían a las mayores. Nadábamos hasta ponernos morados, sin salir del agua por horas. Íbamos a aprender las lecciones al río, y también nos escondíamos ahí de mamá cuando había algún problema o travesura. Cuando iba a ver a mi amiga Perle Rabinóvich, no rodeaba por el puente, sino que me quitaba los calzones (o de plano andábamos sin ellos), me levantaba el vestido por encima del ombligo, me cubría el borde con la mano y cruzaba el río vadeando. En este río también los adultos enjuagaban su ropa, sacaban agua para todo lo demás, abrevaban a las vacas y a los caballos, etc. El río era nuestra segunda casa.

También había «guerras» en el río. Dos bandos de niños, uno de cada orilla, peleaban con fusiles de madera, había llanto e incluso heridos y vencedores. Nos daban miedo esas batallas, y mamá no dejaba participar a nuestros hermanos, que además eran muy pequeños todavía. También se bañaban en el río las jóvenes de Troigái, un suburbio de la ciudad. Bonitas, de buen cuerpo. Cerca había una guarnición militar, y se contaban cosas poco favorables sobre esas muchachas. Yo nadaba cerca de ellas, pero nunca llegué a conocerlas. Eran los años en que salió el libro de Verésaev, «Tras la puerta cerrada», y en mi cabecita ya bullían pensamientos de adulta. Algo empezó a picarme, y decidí que había contraído alguna mala enfermedad por bañarme cerca de esas muchachas. Aguanté mucho tiempo, y luego se lo confesé a mi madre, y fuimos al médico. Me examinó y dijo: «Has estado leyendo lo que no debes».

La familia. Quiero describir nuestra vida cuando yo tenía entre 10 y 13 años, en la casa de mis padres, ya que después la familia se desintegró: mi padre se fue, y mi abuelo me acogió. Así que en agosto de 1921 mi madre dio a luz a la más pequeña, la niña Dveira-Dora. Eran tiempos de poca alegría. Nuestra mercería se había quemado, y mi padre, pequeño comerciante ya de por sí pobre, dejó de tener sustento del todo. Pero había que vivir, los niños pedían de comer. No sé qué se intentó, solo sé que nada funcionó. Compramos una vaquita mocha, sin cuernos, que se escapaba del rebaño, y siempre andábamos buscándola. No recuerdo que tomáramos leche en abundancia gracias a ella. Recuerdo la cara muy triste de mi madre, ya ajada a sus cuarenta años. Se peinaba deprisa frente al espejo del tocador, y yo me acercaba a su lado. Me acarició la cabeza y me dijo: «Que tú, hija, tengas una vida mejor que la mía». Intentó coser para

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la gente, servir en lo que fuera, para ayudar. Nunca vimos mantequilla. Una vez fui a la casa de un comerciante rico y vi mantequilla en la mesa; me sorprendió tanto que hasta hoy recuerdo cómo se lo conté a mi madre.

A papá le compraban pan blanco, y él le quitaba las cortezas mientras nosotros mirábamos su boca, con la saliva en la boca. Comprábamos papas en el pueblo; en el verano comíamos peras un poco pasadas, muy sabrosas. Nosotros de algún modo nos las arreglábamos, mientras los Rabinóvich pasaban hambre y mandaban a sus hijos mayores, Jana y Sárochka, a trabajar con otras familias. Con Polinochka íbamos juntas a la escuela, donde nos daban algo de comer.

Y en esos tiempos difíciles mi madre dio a luz a una hija, y se le inflamó la leche —tuvo mastitis. Recuerdo, a mis diez años, lo difícil que era para mi madre, ya no tan joven, cómo gemía, y yo le dije: «Mamá, deja que yo lo haga». Me recosté junto a ella y le extraje el pus con la boca, chupando y escupiéndolo, hasta que poco a poco se le pasó.

Bertochka, la hija menor de los Wolfson, salió corriendo al patio con una sartén en la que había una capa de omelette tan delgada como papel de cigarro. Para nosotros aquello era un lujo inaudito.

Mi madre estaba ocupada con algún trabajo fuera de casa, y yo, ya escolar, tenía que cuidar al bebé, mecerla en la cuna de mimbre. Las amigas del barrio me llamaban a la calle; no podía esperar a que mi hermanita se durmiera, y empujaba con fuerza los balancines —más rápido, más rápido, que se duerma ya—, y de pronto la cuna se ladeó y volcó. La niña cayó y se puso a llorar. Me asusté muchísimo. Gracias a Dios todo salió bien, ilesa por completo.

En ese dormitorio había un gran armario de ropa, y me encantaba escarbar en la ropa de mi madre y disfrazarme. En aquellos años de hambre y frío (había poca leña, la casa era vieja, y siempre estábamos aterídos, calentándonos junto a la estufa holandesa, frotándonos la espalda contra ella o metiéndonos en el horno), yo sacaba una falda larga de seda negra y una blusa blanca preciosa de lunares negros, la blusa de novia de mi madre, y me envolvía toda en ella. Mamá a veces me sorprendía así vestida, y su cara sombría y ajada mostraba pesar por sueños no cumplidos. A mi padre, en esos años, también lo recuerdo delgado, sombrío, e incluso enojado y nervioso con nosotros, los niños. Bueno, en verano corríamos por el patio, por la calle, hasta el río, con los demás niños, y en invierno, mal vestidos, nos quedábamos encerrados en casa, en la sala. Corríamos alrededor

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de la mesa larga, nos escondíamos detrás de sus patas talladas, nos agarrábamos unos a otros, a veces peleábamos, nos amontonábamos y volvíamos a correr, hasta que alguien recibía un golpe y, llorando, todos empezábamos de nuevo.

Un día soleado de finales de agosto llegaron visitas —la tía Malka, recién llegada de Moscú, y su hermano menor Mijaíl, que estudiaba en un instituto de medicina en Leningrado y que, sin el consentimiento de sus padres ni de nadie, se había casado de repente con Jaia Pastron, una muchacha desenvuelta que, según decían por ahí, no le convenía (madre de Guenia). Malka me trajo una tela de percal con motas marrones, la extendió enseguida sobre la mesa, cortó el escote y las mangas kimono, y me dijo: cóselo tú misma, toma una aguja con hilo y cose con cuidado, y hazle el cuello redondo, con solapa. Ese fue mi primer trabajo independiente, mi primera preocupación por mi propia vida creativa —a mi madre no le quedaba tiempo para enseñarme esas cosas, tenía que ganarse la vida.

Nuestros vecinos en la casa eran gente mayor —en un cuartito vivía un soltero viejo, en otro una pareja de ancianos. Y de pronto esta pareja se separó: el esposo murió de repente, y todos participamos en el funeral. Según la ley judía, una mujer sola no podía vivir junto con un hombre solo, así que me instalaron con esta mujer como intermediaria. Dormía en un catre duro, y mamá me había preparado ropa de cama limpia, todo como debía ser. Qué susto me llevé cuando, a los pocos días, empecé a picarme, y aguanté un tiempo sin entender la causa. Cuando una mañana, muy temprano, todos dormían, me miré la axila y me llevé un susto terrible. Bajo las costuras se arrastraban, perezosos, unos enormes piojos blancos y gordos. Me eché a llorar y nunca más volví a dormir ahí. Ahora ni sabemos lo que son los piojos, pero yo los recuerdo bien, y más de una vez. Volví a tenerlos en 1933, en el hospital de Jabárovsk, donde estuve enferma de tifoidea, y otra vez en 1943 —el hambre, qué se le va a hacer. Protegí como pude a mis tres hijos — luchamos activamente contra los piojos, pero se me quedaron grabados; seguramente porque nos molestaron y asustaron muchísimo.

De mis primeros años de escuela recuerdo poco. Entré a la escuela temprano, y por alguna razón no en el grado preparatorio (como debía ser), sino en el segundo, donde daba clases mi tía Malka. Me sentaba en el último pupitre, y todos los demás alumnos me miraban con cierta deferencia (la sobrina de la maestra), y yo no entendía que debía estudiar como todos. Recuerdo mis primeros garabatos. Fue por esa época cuando el tío Mijaíl me trajo

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un álbum de dibujo con lápices de colores. Eso fue toda una novedad y un lujo. Hasta entonces escribíamos en pedazos de papel sueltos, y yo usaba libros de contabilidad viejos que teníamos por ahí, angostos y largos. Ya en tercer grado, la tía Malka me trajo de Moscú un cuaderno de renglones oblicuos, de papel grueso y brillante. Acaricié la portada del cuaderno y lo puse debajo de la almohada esa noche. Por la noche me acordé de él, me levanté, lo saqué y esperé con impaciencia a que llegara la mañana, para trazar en la primera página unas letras góticas alemanas, cuidadosas y de patas largas.

Me quedaba bastante lejos ir a la escuela, y se me helaban las manos y los pies. Al llegar a casa nos calentábamos en el horno grande, abierto en el dormitorio, peleando por el lugar más cercano a él. En primavera y otoño me ponía la chaqueta ancha de lana de mi madre y me la ajustaba bien con el cinturón. Mi pelo, tupido y rojizo, me servía de gorro; ni siquiera conocíamos los pañuelos para la cabeza. Como ropa interior usábamos el “shpentser” —una especie de mameluco de franela con botones en la espalda y en la cintura. Mamá los lavaba cada semana y los remendaba constantemente, y pasaban de los mayores a los menores.

Recuerdo también que siempre me sonaban las tripas y sentía un hueco bajo las costillas —tenía hambre, y no caminábamos a casa, corríamos. A nuestros maestros los llamábamos por su nombre. Mi maestro era Moguilevski Méilaj, y lo llamábamos «el maestro Méilaj». Era corto de vista y torpe, y, según parece, siempre hambriento e infeliz. No solo nos veíamos en la escuela, sino que corríamos también a su casa —qué hacíamos ahí, no lo recuerdo. Tenía una sobrina, Liza Chárnaya, que era mi amiga del alma, y yo pasaba mucho tiempo con ellos. Su padre era dentista, y venía gente de los pueblos vecinos a arreglarse los dientes, y pagaban en especie. De esos productos también me alimentaba yo. Ella apreciaba mucho nuestra amistad, pero su padre murió poco después, y no recuerdo mucho más de ella —se me olvidó—, aunque muy seguido pienso en aquella querida amiga, de cabello rizado y miope, y hasta la busqué en Leningrado, ya en los años cincuenta, pero en vano…

También busqué en Leningrado a mis primas segundas, Ania y Nina (Nejamka), con quienes compartí un dormitorio, las camas muy juntas, donde mordisqueábamos matzá a escondidas, ayudábamos a mi madre en la casa y escuchábamos los reproches de papá sobre los «mantenidos» del “noge-koge”. Ania ya era una señorita y salía a pasear por las tardes, y nosotras la seguíamos. Pasábamos el tiempo en el porche de la casa

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de Wolfson, ahora ocupada por la aduana. Los jĂłvenes empleados de esa aduana cortejaban a Ania y a sus otras amigas, se quedaban hasta tarde en las bancas de piedra, comiendo pipas de girasol y paseando en cĂ­rculos por la carretera. El paseo empezaba al caer la tarde y se prolongaba hasta bien entrada la noche. ÂżSerĂ­a todos los dĂ­as, o solo en dĂ­as de fiesta?

Yo también salía a pasear con Nina. Nos tomábamos del brazo, de dos o tres en fondo, y caminábamos con recato por la acera, como en un desfile, hacia el mercado y de vuelta por otro camino, hasta la escuela comercial. Cuchicheábamos en voz baja. A veces entrábamos a la confitería a comer un pastelito (si se presentaba la ocasión, o alguien nos invitaba). Sentíamos orgullo de ser también como los demás. Nos poníamos lo mejor que teníamos, nos peinábamos con esmero, como las adultas. Volvíamos a casa de puntitas, para no despertar a papá ni oír sus regaños. Nuestros cuartos estaban forrados con periódicos, y al despertar leíamos las consignas, los poemas y demás. Nos sabíamos y cantábamos todas las canciones —«el pollito asado, el pollito hervido, el pollito también quiere vivir. Lo atraparon, lo arrestaron, y lo mandaron a prisión».

La noche del 22 de enero de 1924 llegó la tía Malka y nos contó que había muerto Lenin. De Lenin habíamos oído mucho bien, leíamos en los periódicos todo lo que publicaban. También oíamos hablar de sus camaradas —León Trotski, Rykov, Bujarin, Zinóviev y otros. En ese entonces todavía no eran considerados opositores ni estaban aislados. Empezamos a adivinar quién reemplazaría a Lenin; alguien dijo Rykov, y mi hermano mayor, Abram, dijo que él quisiera ocupar su lugar. Papá le dijo: pues estudia, esfuérzate. Ya entonces, en segundo o tercer grado, estudiábamos economía política, escribíamos ensayos y dictados —apuntes sobre Lenin, sobre los soviets, sobre la Revolución de Octubre. Recuerdo cómo ayudaba a mi hermano mayor a aprender materialismo dialéctico —se lo leía y se lo explicaba.

A los 12 o 13 años yo ya estaba políticamente activa y bien informada. Existía una organización llamada «Spartak». Creo que existía incluso antes que los pioneros. Cada miembro de Spartak tenía un bastón, del grosor del mango de una pala, bien pulido y liso. [varias líneas de esta página están demasiado dañadas para descifrarlas] Eso era

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una falda ordinaria, ancha, con elástico, con las costuras no a los lados sino al frente y atrás. En el medio de la falda había una abertura hasta la mitad, que se abrochaba con botones. Al abrochar los botones, se formaban una especie de bombachos alrededor de las piernas. Las blusas eran blancas. Más tarde ya llevábamos pañoletas rojas, insignias con una fogata, y nos poníamos uniformes de komsomol color caqui — pantalones de montar, camisas por fuera del pantalón, con cuello y broches, ceñidas con correas, e incluso, con orgullo, un tahalí que cruzaba el pecho. Una gorra completaba todo el uniforme.

(FotografĂ­a: pionera-komsomol, fila del medio, tercera desde la izquierda, Polina RabinĂłvich, segunda desde la derecha)

Los del Spartak nos reuníamos en el club Peretz. Era un club judío. Lo dirigían nuestros maestros judíos, y todo el trabajo se hacía en yidis. En ese club me hice amiga de las hermanas Rabinóvich —Perlechke, de mi edad, y su hermana mayor, Sárochka. En ese club yo no era de las privilegiadas, porque no era de origen proletario. Me aceptaron en el club, se puede decir, gracias a la tía Malka, a quien respetaban mucho. Entre los dirigentes del club había mayores, respetados por todos y muy, muy dedicados a la causa del club, como Movshovich, Lisniansky. Prácticamente vivían y dormían en ese club, a veces pasando hambre, pero sin dejarlo notar. El club cobraba vida al anochecer, con alguna charla sobre temas políticos. Para ser activa, yo

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aprendí a redactar resoluciones, y las escribía cada noche. Consistían en frases generales: «la asamblea general, habiendo escuchado el informe del camarada tal, constata: ¡la causa de Lenin ha triunfado! La Gran Revolución de Octubre… nos comprometemos a… Firmas… Secretaria T. Mostkova».

Con qué orgullo firmaba yo aquello, habiendo dominado el estilo y el contenido monótono y el fervor de la nueva causa. Más tarde me convertí en pionera-komsomol. Recuerdo los desfiles, la formación, y cómo a cada uno de nosotros el jefe de pioneros nos ataba una pañoleta roja de percal, y en el pecho una insignia, la fogata mundial —cinco lenguas de fuego afiladas, por los cinco continentes. «¡Por la causa obrera — siempre listos!» —y en coro respondíamos— «¡Siempre listos!». Cantábamos mucho, y teníamos buenas voces, sonoras, y yo tenía una buena voz. Incluso intenté cantar sola, y me salía bastante bien. Eso viene del trabajo, de la práctica, el trabajo lo vence todo.

¿Qué canciones cantábamos?

  1. Curzon quiso un pez, quiso un pez, y volĂł hacia el Mar Blanco, volĂł.
  2. MuriĂł Pilsudski, muriĂł Pilsudski, muriĂł.
  3. Somos la joven guardia de obreros y campesinos.
  4. Nuestra locomotora vuela adelante, la prĂłxima parada es la comuna.
  5. Destruiremos todo el viejo mundo hasta sus cimientos, y luego construiremos nuestro propio mundo nuevo; quien no era nada, lo será todo.
  6. La Internacional.

Nuestro club era judío. Se llamaba, en honor a Peretz y a Shólem Aléijem. Después nos dieron, para el club, un edificio de tres o cuatro pisos, la antigua escuela comercial, y el club se volvió internacional, con distintos grupos y un programa amplio. Me eligieron presidenta de la comisión sanitaria, y me sentí muy orgullosa, y de inmediato me puse a lavar las ventanas de todos los pisos. Polinochka era miembro de la junta directiva del club. Participé activamente en el taller de encuadernación y aprendí ese oficio también. Nuestra actividad principal, sin embargo, era la marcha y la agitación entre obreros y campesinos (salíamos a los pueblos cercanos a montar obras de teatro, declamaciones y pirámides humanas). Organizábamos reuniones nocturnas en el bosque, llegábamos con contraseñas secretas, cantábamos junto a la fogata, bailábamos, nos divertíamos.

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La ciudad de Slutsk, 1911-1926.

Mi amiga de escuela, Etl Múler, y yo estamos sentadas en el porche de su casita de madera, estudiando. Nos preparábamos para entrar a un instituto técnico, y tenía que ser en Moscú, sí o sí. Un mes antes habíamos terminado el séptimo grado y decidimos no perder el tiempo, y prepararnos en serio para el viaje a Moscú.

En la escuela llevábamos todas las materias en yidis, que era nuestra lengua materna. Como materia aparte estudiábamos bielorruso, y el ruso, claro, también lo sabíamos, habíamos devorado a Turguénev noches enteras, pero comprendíamos bien que no lograríamos entrar a una institución de Moscú si… no nos esforzábamos todo el día.

Las ventanas de nuestro departamento daban a un patio ancho, fresco, sucio, sin nada de verde. Una y otra vez levantaba la cabeza del libro y, con disimulo, buscaba con la mirada, del otro lado del patio, donde en un balcón parecido se movía la gente. Quería verlo A ÉL. Sabía que había terminado el segundo año del instituto pedagógico de Minsk y había venido de vacaciones a su familia numerosa, pobre, pero bastante organizada. Su padre era artesano y bebía, y su madre apenas lograba que les alcanzara el dinero. Los hijos eran buenos, y todos, a su tiempo, habían estudiado en nuestra escuela. Él tenía la mirada aguda, aunque yo nunca lo miraba directamente a los ojos. Nuestro amor era a escondidas. Ya en quinto grado él me había regalado… colores, y quedé avergonzada frente a los míos. Puse esos colores en el bolsillo de mi vestido claro de percal. Y mi madre me llevó con ella a los baños, y ahí, en el vestidor, los colores se derritieron y se escurrieron hacia abajo. Me dio vergüenza, pero no confesé de dónde había sacado esos colores.

Recuerdo las notitas que él me pasaba. Una de ellas cayó en manos de mi maestra, y probablemente mi mirada me delató, y sentí vergüenza. Después recuerdo que contaron algo malo sobre él, y decidí arrancármelo del corazón —pasaba a su lado sin mirarlo, aunque después me atormentaba y lo buscaba con los ojos igual. Él terminó el séptimo grado dos años antes que yo, y entró al instituto pedagógico de Minsk,

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y ahora había vuelto de vacaciones. Las muchachas me contaban que allá tenía a otra, y a mí me daba lo mismo, aunque en el fondo…

Yo vivía entonces con mi abuelo, el padre de mi madre. La abuela había muerto, y él se había quedado solo. Mi madre estaba cargada con una familia bastante numerosa, y no había ni trabajo ni con qué vivir. Nuestro abuelo era un hombre respetado en la ciudad, honesto, tranquilo, y le habían confiado el abastecimiento de pieles y otros productos agrícolas. Tenía un puesto oficial, era miembro del sindicato, y ganaba 25 rublos al mes. Vivía en un departamento, rentando dos cuartos a una casera que nos preparaba la comida. Mi tarea era mantener limpios nuestros cuartitos, lavar la ropa para el abuelo y para mí, y lavar los platos. El abuelo me prometió que al año siguiente me mandaría a estudiar a Moscú, promesa que cumplió honestamente.

En Moscú vivían dos de mis tías —Enta Moiséyevna, que había terminado la Academia Krúpskaya, y la tía Malka, hermana de mi madre— y también los Pastron, la madre de Guenia Bujarévich, y sus tíos y tías. Tantos, y… sin embargo, nadie.

Mi abuelo me quería con mucha ternura. Si de vez en cuando me daba un gusto con un panecillo destinado a él, fingía no darse cuenta. Cuando yo me quedaba toda la noche leyendo a Turguénev, él me llamaba tímidamente desde el otro cuarto: «hijita, no vas a dormir nada». Si me quedaba fuera hasta muy tarde con ÉL y, sintiéndome culpable, tocaba suavemente la ventana, él se levantaba, gruñendo, y decía en voz baja, para que la casera no oyera: «toca más fuerte, para mí es mejor cuando tocas fuerte, me despierto de inmediato y te abro, si no me quedo tendido, escuchando, sin saber si eres tú tocando o no, y sin saber si llevas mucho rato ahí». En aquellos años difíciles, medio hambrientos, viví bastante bien con mi abuelo y, como se dice, nunca me faltó nada. Mi madre, mientras tanto, vivía en la calle Sadóvaya, antes la calle de los ricos, pero tras el incendio solo quedaron en pie la sinagoga y dos o tres casas de un lado. Todo lo demás era cenizas. Recuerdo el hermoso porche de piedra, alto, la entrada principal de la casa del dueño. Detrás de él, un largo corredor de una casa hermosa con grandes ventanas hacia la calle. En mi memoria, en esa casa se instaló la aduana, y recuerdo a un tal Smirnov, empleado de esa aduana. Nosotros, los niños y los jóvenes vecinos, pasábamos las noches merodeando por ese porche, comiendo pipas de girasol. Probablemente esa casa fue confiscada, y los dueños, los Wolfson, vivían en

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un departamento lateral de esa misma casa. El patio era grande, con construcciones anexas, con una letrina al fondo, también de piedra y, por alguna razón, sin cercar. La casita donde vivíamos nosotros y otra familia judía quedaba al fondo del patio, con ventanas hacia la letrina, y nos daba mucha curiosidad mirar por ahí. El porche de nuestra casa, y el zaguán también, eran de tablas y estaban torcidos. La casa era baja, pero amplia. Recuerdo una gran cocina con estufa rusa, una mesa larga de cocina con banquitos, un gran comedor también con mesa larga, cubierta con hule y una lámpara de queroseno colgante. A lo largo de las paredes había muebles señoriales viejos —un espejo, un librero y una cama— y dos dormitorios, uno tras otro, uno de los cuales era el de las niñas. Resulta que, en aquel hambriento año de 1920, llegó de Sarátov la familia de una prima de mi madre —su esposo y dos niñas, Masha y Nina. Su madre había muerto ahí de tuberculosis. Se instalaron con nosotros temporalmente, y las niñas, unos años mayores que yo, dormían conmigo en ese mismo dormitorio. El padre de las niñas se fue a buscar trabajo. Así se dice ahora, más honestamente, se fue a Minsk a comprar mercancía y venderla aquí más cara, es decir, a ganar dinero. Fueron años de bandidaje. En el camino de regreso, toda la caravana cargada de mercancía fue rodeada por bandidos, que ataron a todos los que estaban vivos a un árbol, los rociaron con queroseno y los quemaron. Así murió Isaac, el padre de Masha y Nina Bunin. Y las niñas se quedaron con nosotros para siempre.

Mi padre, por alguna razón, llamaba a nuestro dormitorio «noge-koge». Es algo del Talmud. En el otro dormitorio estaban las camas de los niños; había un horno donde se secaban todas nuestras cosas, lavadas por la noche por mamá, para poder vestirnos limpios por la mañana. También recuerdo un incendio en el centro de la ciudad. Fue cuando cambiaba el poder —qué bando a cuál, todavía no logro entenderlo del todo—, pues eran polacos, guardias blancos, bolcheviques, etc. Recuerdo a mi padre escondiéndose en las casas incendiadas, y yo corría tras él, y él me ordenó, muy serio, que me fuera. Debía de tener yo unos 10 años entonces. Estudiaba en una escuela judía, y entré ahí a los 6 años, al grado preparatorio. La tía Malka era maestra en primero o segundo grado, y yo corría a estar con ella —no lograba entender por qué no me dejaban ir a donde estaba ella. Me recuerdo con una chaqueta grande de punto, de mi madre, y recuerdo que siempre andaba dando saltitos. También recuerdo haber llegado hasta el mercado y descubierto que había olvidado mi cuaderno. Volví a casa, y en el camino me

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arrestaron, creo que fueron alemanes o polacos. Desde mi más tierna infancia recuerdo —«psia krew»— un insulto en polaco.

También recuerdo —mi madre dio a luz y le dio mastitis. Como si fuera hoy, recuerdo que me recosté a su lado y le extraje todo el pus — chupando y escupiéndolo en un tazoncito. También recuerdo haber despertado de noche con el llanto desgarrador de mi madre. Me levanté de un salto y entré a la sala. Papá, mamá, y un joven extraño, creo que Isrol Tzukóvich (mi primo). Mamá se quejaba de papá por algo. Yo me puse junto a mamá, como para protegerla.

Más nítido en mi memoria está mi actividad política. El club Peretz. Un edificio de piedra de dos pisos, con el taller de encuadernación abajo. Reuniones con charlas, grupos, funciones. Había cantantes talentosas, bailes con trajes de papel. Montamos un cuento de hadas —una niña que se dormía y soñaba con flores que cantaban y bailaban. Y ahí estaba yo, en el papel de la niña, dormida, pero las flores no habían terminado su parte cuando desperté antes de tiempo, y hubo un momento vergonzoso. Me costó mucho superar la vergüenza.

Fui muy activa en las tareas laborales, y me eligieron presidenta de la comisiĂłn sanitaria. En la junta del club estaban Sara RabinĂłvich y Movshovich (esposo de Fania IosĂ­fovna). A Polinochka la querĂ­an mucho, y ella era presidenta del consejo directivo del club.

Llegó la NEP. Mi padre abrió una mercería y vendía baratijas. La necesidad no desaparecía, pero de algo había que vivir. Yo era pionera, y en las reuniones escribía resoluciones —«La asamblea de jóvenes pioneros, habiendo escuchado… constata…». Mi condición social me avergonzaba mucho, aunque, por mi actividad, la gente me toleraba. Sacaba papel, cartón, cajas de la tienda —todo, todo para mi club. Era más querido para mí que mi propia casa, y… que mi familia, sobre todo que mi padre. En él veía a nuestro enemigo de clase.

El pan blanco. Papá tenía el estómago delicado, y le compraban pan blanco. Por la noche, sentado a la mesa de la sala, cortaba con cuidado las cortezas del pan. Nosotros, los niños, observábamos y después nos lanzábamos sobre ellas. Papá sacaba las monedas y las contaba, clasificando moneda por moneda.

Los jueves mamá limpiaba muchas zanahorias para el tzimmes. El viernes se encendía la estufa rusa y mamá cocinaba para dos días —tzimmes, jólodets, golit, kishke—, todo puesto en la noche en la estufa caliente, y se comía con gusto el sábado por la tarde, y el viernes por la noche. Fiesta. Nada

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se podía hacer —había que descansar, rezarle a Dios. Ni mi padre ni, sobre todo, mi madre eran muy devotos, pero delante de la gente había que guardar las apariencias. La sinagoga estaba junto a nuestra casa, cercada con una alta valla de madera. En el patio siempre jugábamos a las escondidas. Los hombres se ponían el talit (un manto blanco), se ataban correas en la frente y en los dedos, y rezaban de pie, de espaldas a la pared. No conozco las oraciones, pero entiendo que daban gracias y pedían cosas. Las mujeres ocupaban un lugar en la galería, cubiertas la cabeza con pañuelos. Recuerdo que de vez en cuando venían cantores, y entonces toda la comunidad judía se volcaba en masa a la sinagoga.

El sabbat era una fiesta muy sabia; además del descanso, le daba a la persona un desahogo razonable. La víspera, todos se bañaban, se ponían ropa limpia y festiva, los zapatos relucían, se dormía, se comía, se visitaba a otros, y por la tarde se descansaba hasta bien entrada la noche del sabbat.

Una fiesta especial era Pésaj. Los preparativos eran a fondo. En el desván de mi madre, empacado en cajas, esperaba un juego especial de vajilla, la de Pésaj. Toda la casa se transformaba. Todo lo cotidiano se sacudía, se barría, se sacaba de su lugar. Todo lo viejo se consideraba jametz, no apto para Pésaj. Se lavaba, se restregaba, se pegaba, se fregaban los pisos a fondo. Mamá lavaba la ropa, la almidonaba. A cada uno se le cosía algo nuevo. La matzá se compraba de harina blanca, y en los años de hambre, de harina oscura. Recuerdo la matzá oscura, dura, que no se podía morder sin remojarla, y la horneábamos nosotros mismos en casa —de casa en casa, es decir, nos ayudábamos unos a otros. La matzá se acomodaba en grandes canastas de mimbre y se cubría con una sábana blanca. La tentación de comerla empezaba mucho antes de Pésaj, pero estaba prohibido. Las canastas se ponían en nuestro cuarto de niñas, y de noche… la mordisqueábamos a escondidas. Con la matzá, en Pésaj, mamá hacía toda clase de manjares —bolitas (kneidlaj), albóndigas. Recuerdo el séder, es decir, la propia cena festiva en la mesa. Mantel blanco, vino tinto casero en jarras, una copita para cada uno, y una copa grande de vino ámbar-rojizo para ÉL —para Dios. Todos elegantes, alegres, esperando. El más pequeño, de trece años, hace las preguntas —las “kashes”— cantando, y todos le responden también cantando. Por qué —la historia de cómo los judíos salieron de la esclavitud, cómo vivieron sin pan y tuvieron que hornear matzá, y la puerta se dejaba entreabierta para ÉL, para que pudiera participar junto con todos en la celebración. En la silla, junto a papá, bajo el cojín,

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yacía la matzá escondida —el de trece años tenía que encontrarla. ¿La encontraría? Todo era gracioso, pero cálido y alegre a la vez.

Recién recortado, sonrosado, en su traje de fiesta —el señor de la casa, padre de una gran familia. Mamá —siempre ocupada, siempre preocupada— era hoy una reina, una señora, madre de un gran hogar. Repartía el pollo entre todos, para que nadie se sintiera agraviado. A cada uno según sus méritos. Para papá, un buen muslo —él lleva a la familia sobre sus hombros; para las niñas, las alitas —tendrán que volar algún día; y para ella misma se quedaba… con nada, solo la colita. Mi buena madrecita — hasta su cara he olvidado ya.

¿Qué más recuerdo de Slutsk? Era pionera, después pionera-komsomol. A pesar de mi origen no proletario, confiaban en mí. Marcho en formación, con el bastón bajo el brazo. Cantamos —Curzon quiso un pez, Curzon voló al mar. Ay Pilsudski, ay Pilsudski, ay. Después de las reuniones cantamos con entusiasmo la Internacional. Volvemos a casa en grupitos, con las botas hundidas en la nieve profunda, con el abrigo viejo. No caminamos, corremos, y luego pasamos un buen rato calentándonos los dedos helados, y comemos con gran apetito y avidez las papas frías, riquísimas, acompañadas de salmuera de pepinillos. Organizábamos reuniones nocturnas en el bosque, lejos de la gente. Con el corazón en un puño, nerviosa, corro de un enlace a otro, repitiendo la contraseña por el camino, y ya es de noche, y no debo perderme, debo llegar a tiempo a la fogata. Arde la fogata, se asan las papas que serán nuestra cena, y todos cantamos al unísono —ay papita, delicia, icia, icia, ideal del pionero, eal, eal, quien no ha comido papas no conoce el gozo, ozo, ozo. Ay, papita querida, ita, ita… ¡Gloria a nuestra papa bielorrusa! ¿Qué haríamos sin ella? Los platillos más ricos que recuerdo —horneada, en tortitas, “teijaus”, y con cebolla frita, y con salmuera era incomparable. Mi hermano Lev tenía muy buen apetito, y era capaz de comerse una olla entera de papas con una jarra esmaltada de medio litro de salmuera además, y tenía la barriga grande —le dábamos palmaditas y le decíamos «el papero». Se le podían contar las costillas fácilmente, y estaba flaco por completo —solo sus ojos azules sobresalían. Una vecina, con cuyos hijos yo jugaba, decía —«miren a Tañechka, niña de oro, juega todo el día y ni siquiera pide de comer».

Mis felices años de pionera, cuando me aceptaron como una igual dentro de una gran familia trabajadora, estuvieron ligados a la familia Rabinóvich. Con

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Polinochka íbamos juntas al mismo grado. Era muy dulce. Un poco morena, con un vello suave en la mejilla tierna, era la menor de la familia. La mayor, Ania, ya se ganaba la vida trabajando para otros. Sárochka era una revolucionaria ardiente, la instigadora del club Peretz, y cumplía con honestidad todas las reglas de nuestra organización de pioneros, y después del komsomol. Era muy estricta en todo, y vigilaba con celo nuestras travesuras infantiles, cualquier desliz de la norma —«cuidado, que ahí viene Sara Rabinóvich». Borís, su hermano, era el orgullo de la familia, y estaba poco en casa. Tenía una novia, Tsilia, en algún pueblito. Su casita quedaba cerca de la sinagoga, cruzando el río, una casita sobre patas de gallina. Los cuartos eran diminutos, con ventanitas pequeñas y bajas, que daban a un gran patio de paso. En el cuarto trasero el padre casi siempre estaba acostado, rezando. La madre era una mujer pequeña, discreta, callada. Oí decir a mi propia madre — hay que reunir algo para ellos— eso significaba que no había pan en su casa, nada con qué vivir. Después ya no los recuerdo en aquella casa, sino en un cuarto rentado, alargado, donde vivían ya sin sus padres (ambos habían muerto). Yo pasaba mucho tiempo con ellos, me consideraban muy risueña, me trataban con cariño, aunque con cierta condescendencia también. Ania ya trabajaba en algún lado, Polia y Sara todavía estudiaban. Por último, recuerdo un departamento señorial en la calle Proletárskaya. Ese departamento había sido confiscado a ricos que habían huido de la revolución, y se le dio a Borís para su uso. Se conservaba todo el mobiliario de los antiguos dueños; Borís andaba de viaje por ahí, Tsilia todavía no se había mudado, y Polina y yo corríamos por los cuartos, paseábamos por las tardes por la Proletárskaya, de un lado a otro con todos, como auténticas señoritas, y corríamos al club, a nuestro querido y amado club, al que entregábamos todo el calor de nuestros corazones.

¿Y estudiábamos? ¡Sí! Recuerdo la escuela —judía, pero de verdad. El maestro de matemáticas era Broide. Seco como galleta, un hombre sombrío de unos 45 años. Entraba rápido al salón y empezaba de inmediato. Silencio absoluto en el salón. Me sorprendía a mí misma distraída, habiendo perdido el hilo de la explicación. Trataba de entender, y por fin, la alegría —había comprendido el teorema. El maestro caminaba de un lado a otro, repitiendo el teorema o el problema una y otra vez. Todos ya levantaban la cabeza, callados, y él, como en trance, seguía repitiendo y repitiendo, hasta que por fin se detenía. Amo las matemáticas. Escribíamos en pedazos de papel, porque no había papel bueno, hasta que Malka me trajo

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el libro de problemas de Shaposhnikov y Máltsev, y lo resolví entero, de principio a fin.

Ahora tengo 65 años, y con mi nieto Ígor todavía resuelvo con facilidad esas mismas ecuaciones —se me quedaron grabadas para toda la vida.

Tenía cierta capacidad, pero era una estudiante apenas regular. Escribía bien los ensayos, siempre sobre el mismo tema —la revolución y Lenin. Esos me salían fácil. Recuerdo el materialismo histórico, al que se le dedicaba mucha atención. Mi hermano Abram, dos años mayor que yo, nunca lograba entenderlo, y mi madre me hizo enseñarle también el materialismo dialéctico. Recuerdo —la cantidad se transforma en calidad, y así sucesivamente.

Tengo ante mis ojos la noche del 22 de enero de 1924. Toda la familia reunida. Habíamos cenado. Encendimos la lámpara. Todavía había ruido, y los niños corrían alrededor de la mesa jugando a las escondidas. Llegó la tía Malka y nos contó las últimas noticias. ¡Lenin había muerto! Todos se pusieron alerta, hasta los más pequeños se quedaron callados. ¿Qué pasaría? ¿Quién lo reemplazaría? ¿Cómo seguiría la vida? Corrí al club. Todo era luto, y nos reuníamos en pequeños grupos, preparándonos para la asamblea. El discurso fúnebre de Moguilevski —estudiar, el juramento de los leninistas, y lágrimas.

Lo último que recuerdo de la casa de mi madre es la partida de papá. Todos vamos sentados en la carreta, papá, mamá y nosotros, los cinco niños. Dórochka tiene 4 o 5 años. Yo ya soy una señorita, y me da un poco de vergüenza ir en carreta, pero entiendo que debo estar con mamá y los niños, y vamos lejos, a la estación, por toda la calle Proletárskaya, pasando frente a nuestro club. Con papá viajan también varios hombres más. Van de Rusia a México, mientras mamá y nosotros nos quedamos. Papá no se va por buena vida, ni por convicciones políticas, aunque no le gustan los bolcheviques y los llama chusma. La verdad es que no hay con qué vivir, no hay dónde trabajar, el desempleo es terrible, y además papá no sabe ningún oficio, y encima lo atrae Estados Unidos, de donde había llegado joven para casarse, y ahora, cargado de una familia y sin rumbo fijo, espera encontrar allá su fortuna. Ahí no dejan entrar, pero se puede ir a México, que está cerca, y por eso —se va para allá, y después ganará dinero y mandará traer a su esposa y a sus hijos. Se imagina que vivirá con frugalidad, ahorrará en todo, colgará una salchicha solo para mirarla, y comerá pan con agua, como él nos contaba que hacen todos los que quieren salir adelante. Mi madre llora en silencio, pero en realidad la situación no tiene salida. Al menos papá no viaja solo, y eso consuela algo,

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La víspera de su partida, mi madre se peinaba frente al espejo, y yo me acerqué y me quedé a su lado. Recuerdo bien —me pasó la mano por el pelo rizado y me dijo: «Hija mía, que tengas una vida mejor que la mía». El tren se fue y se llevó a nuestro padre. Al año siguiente partieron más familias hacia México, y papá pidió que mandaran a Abram con ellos, cosa que mi madre hizo. Él no quería estudiar, no había trabajo, y allá papá vivía solo y necesitaba ayuda para ganar dinero.

(Fotografía: nuestra familia antes de la partida de papá, 1925.)

Para entonces yo ya había tenido que ir a vivir con mi abuelo, y visitaba a mamá de vez en cuando. El abuelo le mandaba a veces un poco de harina, o un trozo de carne o algo de dinero, y ella misma cosía para otros —no era una costurera muy hábil y no ganaba mucho. Los niños crecían, y junto con ellos transcurría mi último año en Slutsk, en la ciudad donde yo había nacido y donde habían vivido mis padres, y quizás también mis antepasados —fue un año memorable. Comprendía que me estaba preparando para salir a una vida más grande, y que debía confiar en mí misma. Debía estudiar con ahínco, respetar a mi abuelo, ayudar a mamá y a los niños, y sin falta entrar al komsomol

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—ganármelo. Una mañana de invierno llegó a la casa una noticia amarga. El hijo del abuelo, su querido y único hijo, guapo y talentoso, inspector del Comisariado de Educación de Bielorrusia en Minsk, se había quitado la vida —se había ahorcado con una toalla en su cuarto. Era difícil encontrar la razón, pero el dolor del abuelo no tenía límites. Se cortó toda la ropa, se echó ceniza en su cabeza cana, se sentó en el suelo y lloró. Mi madre y la tía Malka enfermaron. Su esposa y su hija Guenia vivían en Moscú. Malka había terminado la Academia Krúpskaya en Moscú y había sido nombrada inspectora de educación en Bobruisk. Su prometido la había traicionado —se casó con su amiga. Por esa época apareció Faivel Jarah, que amaba mucho a Malka, un hombre bueno, tranquilo, pero que no podía apagar el fuego del sufrimiento en el alma de Malka. Faivel se instaló en el departamento del abuelo, para quedarse con él cuando yo me fuera a estudiar a Moscú. Así, en esos últimos meses vivimos los tres juntos, y yo tenía más tiempo para estudiar. Mamá me cosió un par de vestidos de percal y uno combinado, de lana. Todo lo demás era viejo, pero remendado, limpio, y bastante decente para el viaje a Moscú. El abuelo me guardó 25 rublos, suficiente para el boleto y para comer más o menos un mes; después, ya se vería. El verano fue cálido, y tenía el corazón alegre.

Me voy a Moscú. Cuánto había oído ya sobre Moscú, y ahí viviría, por lo pronto, con la tía Enta, y después me inscribiría en algún lugar, con dormitorio, claro está. Estudiar, estudiar y estudiar —las palabras de Lenin, que sabíamos de memoria. Y ÉL estaba ahí, junto a mí. De día no tenía tiempo, pero de noche paseábamos hasta que cantaban los gallos. Por el cementerio, que quedaba cerca de nuestra casa. Él me besaba, me juraba que me amaría siempre, para siempre, que sin duda volveríamos a vernos. Él se iba a estudiar a Odesa, a una escuela de teatro —dejando el instituto pedagógico.

El último silbato. Mi gran canasta de mimbre, en la que mamá había puesto mi edredón (cómo iba a dormir sin mi edredón), la suben al compartimento, a mi lugar; todos bajan, agitan las manos, mamá llora, nos despedimos, nuestras miradas se cruzan, y me voy. Con la mano busco en mi pecho el bolsillito donde mamá había cosido mi dinero y guardado mi boleto, para que no se perdiera. Me voy a Moscú.

Nunca más volví a mi ciudad natal, a Slutsk, que tanto había querido de niña. No se dio la ocasión. La vida me arrastró y,

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como se dice, me llevó consigo. En mis primeras vacaciones de invierno, que fueron muy cortas, no fui a casa con mamá, sino a… un pueblito cerca de Minsk. Ahí vivía Dveira Ostróvskaya, su hermana mayor, que también había terminado el instituto pedagógico judío de Minsk y trabajaba ahí como maestra. ¿Para qué fui hasta allá? Lo recuerdo con amargura. ÉL nunca me escribió ni una sola carta, y yo, por orgullo, tampoco le escribí, y además no sabía ni su dirección ni qué había sido de él. Alguien me había escrito que Dveira ya estaba trabajando, y fui con la esperanza de averiguar algo sobre él. Me parece que ni siquiera pregunté por él, y en realidad no se habló de él para nada. Tal vez también pasé por casa, ya que quedaba cerca —eso se me ha borrado de la memoria.

(FotografĂ­a: me voy a MoscĂş, 1926.)

Para terminar la historia de mi primer amor amargo, cuento esto —para que mis hijos sepan que su madre también fue joven y estuvo enamorada alguna vez. Nos volvimos a encontrar por casualidad nueve años después. Había dado a luz a Niusenka en casa de la tía Malka, en Vítebsk, y en vísperas del primero de mayo de 1935 me alistaba para viajar con ella a Birobidzhán, con mi esposo, que me esperaba con alegría junto con nuestro hijo. Caminaba por la ciudad con una amiga de Slutsk, Mnuja, cuando de pronto vimos un cartel —una función de gira del Teatro Dramático Judío de Odesa.

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Entre el elenco estaba su nombre. Le dije, vamos, vamos a verla, lo veremos a él. Llegué a casa, se lo conté, riéndome —voy a ver a mi primer amor. Al teatro fue con nosotras también Faivel, el esposo de Malka. Vimos tranquilas el primer acto, pero no lo reconocimos en nadie del elenco. Dije —vamos a buscarlo, tiene su gracia, ¿no? Yo no me atreví, pero Mnuja se fue detrás del escenario y volvió con él. Las piernas se me doblaron, se me fue la voz, me quedé ahí, mirando tontamente al suelo, mientras él me decía algo, y me alivió que sonara la campana —volvimos a nuestros asientos. Sentí un aliento cálido en la espalda, y su mano se posó en mi hombro, en la oscuridad. Me quedé sentada tranquila, pero no vi ni oí nada de lo que pasaba en el escenario. Al terminar el segundo acto, me tomó de la mano y me llevó. En una silla estaba sentada una mujer embarazada —no le vi bien la cara, pues no la miraba. Él me empujó hacia ella y dijo —Tania, esta es mi Tania, de la que tanto te he hablado. No recuerdo de qué hablamos, pero me quedó un sabor horrible, me maldecía a mí misma por todo. ¡Tonta, tonta! Fuimos riéndonos hasta casa, sobre todo yo, de mí misma, y al llegar se lo conté a Malka, riendo, carcajeándonos. Ella dijo —anda, vete pronto con tu Iosif, no vayas a hacer más tonterías. Fue el 3 de mayo —nos fuimos esa noche, para llegar a Moscú por la mañana. Había mucho que hacer, Niusenka tenía seis meses. No era un niño, sino una muñeca. Redondita, sin pelo, sonriente, y querida por todos. Temprano por la mañana ÉL apareció. Yo estaba en bata, preparándome para bañar a la niña, lavar y empacar. Toda la familia lo recibió alegremente, y le dije, tranquila (ya todo había pasado), que tenía todo el día ocupado, y que había venido demasiado temprano en vano. «Yo te voy a ayudar en todo —voy a aprender»— se quedó rondando todo el día a nuestro alrededor, y por la noche nos acompañó a todos a la estación, y nos dimos la mano, como buenos camaradas.

Ya que aquí termino la «historia» de mi vida en Slutsk, quiero que mis hijos sepan algo de nuestros parientes. A la tía Malka, la hermana menor de mamá, todos en nuestra familia la conocen. Ella ocupó el lugar de mi propia madre, y escribiré más de ella después. El abuelo se fue a vivir con ella a Vítebsk, y lo volví a ver una vez más, en 1932, cuando llegué por primera vez con papá (Iosif) desde Birobidzhán.

En Slutsk vivía, en mis años, también una hermana del abuelo —la tía Yajna, con su hijo Jaim-Yudl. La tía Yajna era una mujer enérgica que tenía una tienda de granos y la manejaba muy bien. Su hijo Jaim Yudl era farmacéutico y trabajaba en la farmacia de Guipchin. Corpulento —se parecía a

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Malka. Unas palabras sobre él. Fue soltero durante mucho tiempo. Se casó tarde con una Pastron, también ya mayor, prima de Samuel y Jaia Pastron, es decir, tía de Guenia. Sobre ellos se contaban un par de leyendas. Cuando Slutsk fue ocupado por los alemanes, y exterminaron a todos los judíos, él siguió trabajando en la misma farmacia —los alemanes lo necesitaban como especialista y lo dejaron en paz. Cuando sintió, o tal vez le avisaron, que se preparaba una acción en su contra, durante una comida les dio veneno a todos los de su casa, y a sí mismo también —y toda la familia, la anciana tía Yajna, su esposa, sus tres hijos, y él mismo, se envenenaron y, de esta manera, no le dieron a los alemanes la satisfacción de exterminarlos. Otra hija de la tía Yajna (a quien nunca conocí) se había casado con un ruso (lo cual se consideraba un pecado terrible) y se había ido con él a Penza, donde Malka, con su esposo e hijos, se encontró con ella al comienzo de la guerra, estando evacuados ahí.

Enta Moiséyevna era prima de mi madre y de Malka. Nació y se crió en Bobruisk, y la conocí en Moscú, aunque solo nos hicimos amigas después, cuando vivíamos en Velikiye Luki, y Klara se fue a estudiar a Leningrado.

La abuela Pesia murió de una enfermedad de los riñones cuando yo tenía unos 6 o 7 años. La recuerdo esa primavera, enferma en cama. Debía de llevar mucho tiempo enferma, porque ya no salía a la calle. Una vez me llamó y me preguntó: ¿ya se rompió el río, ya corre el agua? Le respondí con alegría que sí, que ya era primavera. Entonces pronto moriré, me contestó. No recuerdo su funeral. Ella venía de una familia rica pero venida a menos, los Poliak (según se contaba), y por eso la casaron con un buen joven de una familia acomodada (eso se consideraba un matrimonio privilegiado) —un joven de Óstrov, es decir, no de la ciudad, y no pobre. Estoy segura de que fue feliz con él, porque mi abuelo era instruido, refinado, muy sereno e inteligente. ¡Y guapo, además! Alto, delgado, moreno, de huesos fuertes. Nuestro amor, el de él y el mío, era mutuo. Me llamaba «hija» y nunca me levantó la voz. Tuvieron 11 hijos, pero solo cuatro llegaron a la edad adulta. Es decir, siete niños murieron jóvenes de diversas enfermedades. Mi madre me contó, con pesar, la historia de su hermano menor. Se escapó de casa sin el consentimiento de sus padres, sirvió en la marina, y nunca volvió a casa. Ya escribí sobre el destino de Méishke (Mijaíl).

Mi madre amó una vez a un muchacho sencillo, y eso no era aceptable, así que no la dejaron casarse con él. Se quedó soltera, como se dice, durante

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bastante tiempo. Y entonces llegó de Estados Unidos un hombre guapo, con bigote, rizado, pelirrojo, y la comprometieron con él. Ella me contaba que había querido amor, y esperaba que llegara, pero su esposo estaba hecho de otra pasta. Un hombre honesto, respetable, desde luego, pero que nunca entendió el lado romántico de mi madre, aunque le fue fiel toda la vida. Mi padre era un hombre de pueblo pequeño; su propio padre, Lev, murió joven, dejando a su esposa e hijos, y todos los mayores se dispersaron hacia Estados Unidos y Polonia.

En Slutsk vivía mi padre con su familia (había vuelto de Misisipi hacia 1905-1908), su hermana Liubka —madre de Bronia y Grisha, de Leningrado— y, en una casa de descanso en Uréchie, cerca de Slutsk, otra hermana, Etl —madre de Musia y Ania Réznik. Nuestra anciana abuela Jaia vivió con nosotros varios años, y recuerdo su cofrecito lleno de ovillos de hilo de colores —siempre estaba tejiendo. Ni siquiera recuerdo cuándo se fue de nuestra casa, o si acaso murió. No lo recuerdo. Queríamos mucho a la tía Etl, de Uréchie. Para nosotros, los niños, era una alegría ir a Uréchie en verano. El tío Samuil Réznik trabajaba en la estación de tren de Uréchie, encargado del combustible, y vivía en una gran casa de madera propiedad del estado. En el patio había un depósito de queroseno, y era muy agradable y fresco recostarse ahí durante el calor del verano. La tía nos mandaba al bosque con una hamaca y nos daba un morral con provisiones. Recuerdo muy bien el queso (gomulka) —seco como un hueso, una especie de requesón. Lo mordisqueábamos. Había bollos también, y fruta. Su forma de hablar era peculiar —burbujeante, sonora y muy agradable. El tío Samuil era buena persona y le encantaba bromear con nosotros.

¡Lo recuerdo! Por la mañana. Todos ya de pie, mientras nosotros dormíamos, después de habernos quedado hasta tarde la noche anterior. ¡Ah, esas noches de verano bielorrusas, tan perfumadas! A los 12 o 13 años, ¿cómo acostarse temprano? Me cubría con la cobija y luchaba contra el sueño. El tío se paraba de cara a la pared, con el talit y las correas, rezando, canturreando…, mientras con los dedos me hacía cosquillas en los pies, y yo me ahogaba de risa. Lev Réznik ya se enamoraba de las muchachas, y Janele todavía se chupaba el labio, y la molestábamos, no queríamos llevarla al bosque. La hierba era alta, alta, suave. Te dejabas caer sobre ella, con los brazos extendidos, y te cubría del sol. Dormías. Dulce, dulcemente dormías. Recuerdo la casa del tío David y la tía Lipke. Trabajaban con pieles de animales, y en sus bodegas hacía fresco y humedad. Vivían en la calle Bolótnaya, y las tablas del piso rechinaban cuando íbamos a visitarlos. Recuerdo la partida de su hija Liuba hacia Polonia —era una belleza (es la madre de Janele, la de Nueva York).

Mis padres tuvieron cinco hijos.

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Abram nació en abril de 1909. Tayba en junio de 1911. Léiba en agosto de 1914. Mijl en noviembre de 1917. Dveira en agosto de 1921, el año del hambre.

Abram terminó siete grados en Slutsk, pero nunca estudió en México — ayudaba a papá. Se casó dos veces: la primera vez tuvo dos hijos, Nójem y Pesia; la segunda, tres hijos más.

Léiba terminó la escuela en México, se casó con una mexicana, Chelo, y tuvo seis hijos —Lucy, Shifra, Pesia, Moisés, Lázaro, Ida.

Mijaíl tuvo un hijo, Alberto (murió a los 13 años de la enfermedad de Botkin), y una hija, Silvia, nacida en 1956.

Mi abuelo por parte de mi padre era Mostkov Léiba, y mi abuela era Jaia. Todos los hermanos y hermanas de mi padre, junto con sus hijos y nietos, viven en Estados Unidos.

Mi abuelo por parte de mi madre era Bujarévich Najman, y mi abuela era Pesia. Además de mi madre, conocí y quise durante muchos años a su hermana menor, Malka Bujarévich, que se casó con Faivel Jarah; tuvieron hijos —mis primos Misha y Polia (Pesia). Ahora toda su familia, hijos y nietos, viven en Estados Unidos e Israel.

Mi madre, Shifra Najmánovna Bujarévich, nació en Slutsk en 1880, y murió en México en agosto de 1962.

Mi padre, Isrol Léibovich Mostkov (Mostkoff), nació en 1880, en el pueblito de Óstrov, y murió en México en 1956. Ambos están enterrados en el panteón judío de la Ciudad de México.

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MoscĂş 1926-1930-1931

Todo parecía un sueño. Despedidas, adioses, consejos de último momento. Lo principal, la orden de tomar sin falta un coche de alquiler en la estación, para lo cual se había apartado dinero suelto por separado. La dirección: Bolshaya Pirogóvskaya, 2a. Un vagón medio vacío, una litera de madera, y yo con una canasta de mimbre grande pero suave en una mano y una bolsa de provisiones en la otra. El tren se meció, arrancó, y luego todo pasó corriendo, y ahí iba yo. Era mi primer viaje largo, incluso a Moscú, y sola, y por mucho tiempo, quizás para siempre. Había viajado en tren varias veces antes, a visitar a mi tía Etl (madre de Masha y Ania Réznik) en la estación de Uréchie, a 20 o 30 km de nosotros, pero nunca más lejos. Ahora habría transbordos, dos o tres, el principal en Minsk, la ciudad más grande de Bielorrusia, de la que tanto había oído hablar. ¿Tenía miedo? No. Recuerdo cómo, en la estación de Bielorrusia en Moscú, me subí a un coche de alquiler y me abroché el cinturón de cuero. El cochero, enorme, con una faja de color brillante, tomó mi canasta y la puso a su lado, y me llevó a la dirección. No le tenía miedo a nada ni a nadie. El caballo trotaba, clip-clop, con los cascos sobre las piedras, y por fin nos detuvimos. «Llegamos, bájese».

Está cerca, la Pirogóvskaya, desde la estación de Bielorrusia. Ya está, llegué. Una casa grande, blanca, en la esquina, señorial, con una especie de torrecita. Del lado del callejón, la puerta principal con timbre. Ahí me dejó el cochero. Toco la puerta. Con timidez, luego más fuerte, y otra vez. Nadie. Dejo la canasta y doy la vuelta a la esquina. Ah —un jardín de niños. Un jardincito al frente, y niños corriendo. Una mujer que pasaba entendió que yo era del interior y me dijo —así le van a robar la canasta, esto es Moscú. Hay que tocar el timbre, no la puerta. Corro por la canasta y ya miro a través de la reja, buscando con la vista a algún adulto. Grito. Se acerca una mujer amable, de mediana edad, y le explico quién soy y a qué vengo. Se encoge de hombros, y me dice, apenada —Enta Moiséyevna ahora vive en Leningrado, su cuarto está cerrado con llave. Probablemente, por la expresión de mi cara, entendió todo —que no tenía a dónde ir. Se abrió la reja, y me dijo —no tenga miedo, no la voy a dejar en la calle, se quedará conmigo hasta que llegue su tía. Me quedé mucho tiempo, no recuerdo cuánto,

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y el recuerdo de ella me ha quedado para toda la vida. Por cierto, toda mi vida tuve suerte con la buena gente. Al día siguiente me llevó consigo al centro, y nos subimos a un autobús. Eran autobuses pequeños, con asientos de resorte. Me senté y me hundí de golpe, y solté una carcajada. Todos voltearon, y yo dije —«¡te sientas y te vas de paseo!»

Recuerdo el Moscú de 1926. La fiebre por Yesenin. Al autobús se subieron un hombre y una mujer —desnudos. Se hablaba mucho de suicidios. Ojotni Riad —hileras de puestos donde se comerciaba de todo. Compramos dos bolsas de carbón de leña, con el que nos calentábamos y cocinábamos. Fuimos al Museo de Bellas Artes. Después empecé a caminar sola hasta la plaza Zúbovskaya, por la calle Kropotkinskaya, cruzando Petrovka, hasta las puertas Miasnitskiye. Ahí, en Chistiye Prudi, vivían los Pastron. Dos habitaciones grandes, pero mucha gente viviendo en ellas. Mi tía Jaia ya se había casado, y vivía con su recién nacido, Esia, y con Guenia en un cuarto, mientras Tania, Samuil y Fania con su esposo vivían en el otro. Yo era la que sobraba ahí, aunque tampoco me corrían —había otro lugar donde de veras me hacía falta ir.

Cerca de ahí quedaba la Escuela Técnica Báuman. Ahí, me enteré, era difícil entrar. Pero de todas formas empecé por ese. Presenté mis documentos e hice bastante bien los exámenes, incluso bien en matemáticas. Pero en la lista de aceptados, que colgaron después en el patio de la escuela, mi nombre no aparecía —había diez solicitudes por cada lugar, y se aceptaba primero a los hijos de obreros y campesinos, mientras que yo era hija de un empleado.

Angustiada, volví a casa y encontré ya ahí a la tía Enta Moiséyevna. Estaba disgustada. Sin su consentimiento le habían mandado a una muchacha, sin siquiera avisarle. La cosa era que E.M. se consideraba, en nuestra familia, la aristócrata. Había vivido sola todos esos años, acostumbrada al orden estricto y a la vida solitaria. En fin, entendió que debía ayudarme a acomodarme en algún lado, y librarse de mí. Tenía amigos en el Comisariado de Educación, y le aconsejaron que yo entrara al instituto agrícola —ahí la competencia era baja, y lo mejor, daban de comer mientras trabajabas. Presenté mis documentos ahí y pasé dos o tres semanas trabajando en los invernaderos y en los semilleros. Nos daban de comer tres veces al día. En la mañana y en la noche, un vaso de té dulce; al mediodía, una comida de verduras bastante llenadora, y avena.

Me aceptaron como candidata nĂşmero siete, es decir, no aceptada de entrada, pero si siete personas se retiraban, entrarĂ­a yo. Mientras trabajaba y hacĂ­a mis

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exámenes, me fui adaptando y mejoré mi ruso (yo había crecido hablando bielorruso), y nosotros los candidatos partimos a estudiar a un instituto técnico de semillas fuera de Moscú, en la estación de Bitsa, donde nos aceptaron sin exámenes. Ahí también trabajábamos poco a poco y estudiábamos, e íbamos a Moscú de vez en cuando a ver si había algún lugar disponible. Por fin, en enero, me aceptaron en el Instituto de Horticultura y Jardinería de Moscú, llamado Timiriázev, y me convertí en una verdadera estudiante. Fui a casa de Enta Moiséyevna por mi canasta. Recuerdo los escalones por los que bajé, ella acompañándome hasta la calle. Me dijo —adiós—, y yo quise besarla, pero volteó la cara. Nunca más volví ahí.

En nuestro grupo había siete muchachas y diecinueve hombres. La mayoría de los hombres tenía más de veinte años, incluso más de treinta. Algunos venían de la Escuela de Jóvenes Campesinos, de pueblos alrededor de Orel, Riazán y otros rincones de Rusia. Había pocos de ciudad. Yo estudiaba bien, porque estaba mejor preparada que los demás. Éramos tres judíos —yo, Yefim Bréitner y Riva Magidina. Me hice amiga de Ksenia Andréyeva, y quiero contar más sobre ella. Era chuvasha. Su madre la había llevado, en los años de hambre, al Volga, y la había dejado, junto con su hermano, sentada en una banca de la estación Kazanski. Los recogieron y los llevaron a un orfanato, donde se criaron. Nunca hablaba de su madre ni de su hermano —quizás ni siquiera sabía qué había sido de ellos. Era pequeña, delgadita, pero muy inteligente, se podría decir que talentosa. Sabía de memoria a Yesenin, a Blok y a otros, y yo la envidiaba mucho. Era de buen corazón, y todavía hoy me pregunto por qué nunca volvimos a cruzarnos en la vida.

Vivíamos con mucha tensión, pero contentas. Nuestro dormitorio estaba en una casa de madera de dos pisos, en la plaza Kudrínskaya, e íbamos caminando cada mañana temprano al instituto, que quedaba junto a la fábrica textil Trejgórnaya, cuyas ventanas pasábamos de largo cada día. Trabajábamos en los invernaderos, en los semilleros, en el campo. Siempre teníamos los pies mojados, y siempre teníamos frío, porque íbamos mal vestidas. Yo soñaba con una falda negra, una blusa blanca de batista y unas botas resistentes. No pasábamos hambre de verdad. Siempre masticábamos algo, ruibarbo, col, zanahoria, y el estómago lo digería todo con gusto.

El jardín botánico, donde trabajábamos, lo conocíamos como nuestro propio huerto. Por un tiempo nos acomodamos en el dispensario de la fábrica. Nos encargamos de cuidar las flores, y a cambio cenábamos

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y desayunábamos ahí gratis. Por lo general trabajábamos la primera mitad del día, llegábamos a clase con hambre, aterídas, con los pies mojados, y cuando empezaban las lecciones y nos calentábamos, nos daba un sueño terrible. Pero llegaba la tarde, y andábamos maquinando a dónde ir. Era bueno si acabábamos de cobrar la beca (recibíamos 14 rublos, de los cuales 8 se iban en la comida). Lo primero que hacíamos era comprar, por un rublo, cien caramelos «transparentes», así los llamaban en los puestos de «Mossielprom», y los chupábamos sin parar. Un caramelo podía durar todo el día.

Íbamos al cine. Con el teatro las cosas eran más difíciles, sin boleto era complicado entrar. Recuerdo toda una historia —cómo fuimos a ver el estreno de «Liubov Iárovaya», con, creo, Vera Pashénnaya en el reparto. Sin un kopek en el bolsillo. Las muchachas fuimos a pie. Y ahí estaban las puertas Nikítskie, Ojotni Riad, y llegamos al Teatro Maly. Empieza la función, y entramos armando escándalo, diciendo que habíamos perdido los boletos. Los habíamos tenido, decíamos, pero los perdimos en el camino. Nos creyeron, y subimos a la galería. Nos sentamos, mirábamos y nos moríamos de risa. En el camino de regreso las tripas nos rugían, y decidimos subirnos al tranvía sin boleto. El vagón iba lleno, pero mientras más nos acercábamos a Kudrínskaya, menos gente quedaba, y el conductor preguntó —niñas, ¿dónde están sus boletos? No recuerdo nada más. Todas saltamos en marcha, y yo caí sobre el empedrado y me rompí, mejor dicho me disloqué, la mandíbula. Anduve mucho tiempo con la mandíbula torcida.

Me encantaba mucho la calle Voróvskogo. Ahí íbamos a la biblioteca y pasábamos horas sentadas. Con Ksenia nos acostumbramos, por un tiempo, a ir a la Biblioteca Pública. Te ponías lo mejor que tenías, ahí te arreglabas un poco, subías por la escalera, y te veías completa en el gran espejo. Te sentabas a una mesa bajo una pantalla de vidrio azul, y qué calidez, qué gusto daba leer y leer, hasta que de pronto sonaba la campana —ya era medianoche, y la sala cerraba. Cuatro o cinco horas se nos iban sin darnos cuenta. Después Ksenia y yo empezamos a trabajar de limpiadoras en la facultad obrera, dirigida, según creo, por la esposa de Voroshílov, creo que Yekaterina Ivánovna. Éramos dos para el puesto — un día yo, un día ella. Nos poníamos delantal, un pañuelo rojo en la cabeza, y barríamos y trapeábamos los pisos. Los estudiantes nos molestaban, pero nunca dejamos ver que nosotras también éramos estudiantes. Íbamos a la estación a descargar mercancía —yo cargaba un costal de papas y lo llevaba sin esfuerzo. Era duro y de hambre. Soñábamos con el amor, con el bienestar material. Una vez me puse a soñar con bombones de chocolate —

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que cuando trabajara, siempre tendrĂ­a algunos en mi armario, y los tomarĂ­a cuando quisiera.

Se distinguían algunas parejas —las más afortunadas, a quienes un poco les envidiábamos. Parecían felices, aunque no todas duraron hasta el final del instituto. En segundo año me hice amiga de Grishka Tujmánov. Íbamos juntos al cine, incluso una vez fuimos a casa de su hermano. No recuerdo nada romántico en particular —creo que nunca nos besamos siquiera— pero me gustaba hablar con él, salir a caminar. Luego Valka me lo quitó. Valka era enérgica, alegre, y muy suelta con los chicos —cambió de varios en tres o cuatro años, y en su último año se quitó la vida.

Ksenia era reservada y de apariencia sencilla. Una vez me contó —«Sashka Makárov (un guapo de 25 años, muy buen cantante) se me declaró —me pidió permiso para cortejarme, y yo le contesté— ¿qué soy, un repollo, para que me andes cortejando?».

Debo decir que yo estaba insatisfecha con mi aspecto en esos años jóvenes. Desde principios de primavera el sol me cubría de pecas, y la nariz se me pelaba constantemente, capa tras capa, y el cuello y los brazos descubiertos también sufrían por el sol. Mi cabello, tupido, demasiado tupido, se agitaba con el viento, y sentía que parecía una bruja. Tenía que hacerme un gorrito de una media de color y meter ahí mis rizos. Vestía mal, como todas, aunque podría haberle pedido a mis parientes un buen vestido, pero no quería destacar. Era seria, y al mismo tiempo, muy risueña. Podía reírme hasta el llanto, casi sin razón alguna. Una vez hasta me sacaron del salón, porque no podía dejar de reír.

Teníamos un instructor militar, de apellido Stol. Una vez, cuando estábamos formados en posición de firmes, dijo que si llegaran pruebas difíciles y necesitara un amigo leal, ¿a quién elegiría? Todos esperaban, y de pronto —¡a Mostkova! Me sonrojé, y todos me miraron.

Escribía poco a casa, y no la extrañaba mucho, o eso me parece ahora. El tiempo volaba, participábamos en las fiestas de graduación de los alumnos mayores y esperábamos nuestro turno. Una vez, en una fiesta de graduación,

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vino el profesor Edelstein y, en su discurso, contó esta parábola sobre Iván. «Vistieron a Iván con una chaqueta y le dijeron: cuando te abroches el primer botón, subirás a cierta altura; cuando te abroches el segundo, subirás más alto; y luego más alto todavía; e Iván gritó — ¡entendido, ya entendí todo!— y siguió abrochándose y subiendo cada vez más alto, y cuando llegó al cielo y se detuvo, no supo cómo bajar de nuevo a la tierra. —No sean como Iván. Vivan en la tierra, aférrense a la tierra!».

En la primavera de 1929 nos asignaron a la colectivización. A mí me mandaron al distrito de Pronsk, en la provincia de Riazán. Una comuna. Primavera temprana, la nieve todavía sin derretir. Yo enseñaba una clase de técnicas agrícolas. En una mesa larga se sentaban hombres y mujeres con abrigos de piel de oveja; recorríamos los pueblos, revisando el equipo agrícola. Las herrerías trabajaban, reparando herramientas, preparándose. Había un comedor, y todos comían gratis —avena espesa, sopa de col, y la crema agria era muy buena. Junto conmigo llegó ahí, desde la Academia Timiriázev, un hombre alto, moreno, creo que de apellido Svinenko. Una tarde me atrapó, y quiso forzarme. Pero yo lo golpeé con salvaje fuerza en la cara y abrí un portón, de modo que los perros ladraron y lo asustaron. Poco después desapareció —tenía miedo.

Recorríamos los pueblos, parece que para dar charlas, con nosotros iban músicos, dábamos conciertos. Por alguna razón, mucha gente tenía la nariz hundida —no entendía la causa, hasta que me lo explicaron— sífilis crónica y hereditaria.

Una vez iba en una carreta con un cochero y dos mujeres, hacia algún lado, cuando de pronto —«Tatiana, ¿y tú de qué nacionalidad eres?» Le digo, judía. —«No puede ser, no te pareces en nada a ellos. Eres muy buena persona». —«¿Y tú has visto a algún judío alguna vez?», le pregunté. No, dice —he oído, nomás, que son comerciantes.

Aunque nuestras prácticas fueron breves, salí de ahí más fuerte, con ganas de terminar los estudios cuanto antes, de estar con la gente, de hacer algo útil. Esa misma primavera me mandaron a un pueblo cercano a Moscú —a organizar la siembra de col temprana. Los campesinos habían llevado toda su vida su propia explotación agrícola, y eran, en su mayoría, gente acomodada, vivían en buenas casas, conocían bien la técnica agrícola, pero ahora los habían unido voluntariamente en TOZ (asociaciones para el trabajo conjunto de la tierra), y a nosotros, los agrónomos, nos mandaron a dirigirlos.

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Recuerdo haber llegado al pueblo temprano en la mañana, con la escarcha todavía en el aire —nadie en el terreno. Fui casa por casa, y nadie salía a sembrar —solo me recibían las ancianas, los jóvenes se habían escondido en algún lado. Fui a ese pueblo varios días seguidos. Recuerdo el salón de té. En las mesas los hombres bebían té de los platitos, con un terrón de azúcar en el cachete. En las mesas había una gran tetera de porcelana para cada uno. Todos sudorosos por el calor. Y nosotros también bebimos, y el té de verdad era delicioso, con un dulzor muy agradable.

Ya se nos consideraba casi agrónomos, y salíamos a trabajar en las huertas organizadas. ¡Recuerdo bien una victoria! A cada uno nos dieron hileras de patrones silvestres, un manojo de esquejes cortados de variedades cultivadas de manzano en la mano, y un atado de rafia en el cinturón. Con cuánto orgullo yo, viendo a mis compañeros de estudio a mi alrededor, hacía con un cuchillo especial de injertar un corte en T en la mejor parte del patrón, cortaba correctamente la yema y, despegando la corteza del patrón con el cuchillo, la insertaba bajo la corteza, presionando con los dedos, y luego ataba la yema en ambos lados con la rafia. La cuota era de mil injertos por turno. Se anotaban las hileras de cada uno de nosotros, y según qué tan bien prendían las yemas se calificaba nuestro desempeño. Mis hileras prendieron muy bien.

Era una komsomol activa. Leía los periódicos y las revistas, y llevaba la suscripción de todos los cursos del instituto. Mi último invierno de estudios estuvo lleno de una gran atracción por la vida cultural de Moscú. Iba a todas las funciones en el teatro de Meyerhold, al Ermitage, a exposiciones —algo me arrastraba, me arrastraba, como si me estuviera despidiendo de todos.

Un día de primavera me llaman a la sala de profesores, donde había el único teléfono de todo el instituto. Corro. Es Jaia al teléfono —«Tania, ven con nosotros, llegó tu madre con los niños. Va camino a México, con tu padre». Me asusté, pero fui de inmediato. Mamá estuvo en Moscú solo unos días, pero los recuerdo, y los recordé toda mi vida.

¡Mi madre! Tenía entonces unos 50 años, pero se veía vieja, agotada, morena de piel, y los niños estaban flacos, y Dórochka cojeaba —el día antes de partir se había caído y roto la pierna. Iban vestidos con capotes militares viejos. Mamá llevaba un abrigo hecho de un capote teñido de negro; los niños, simplemente con capotes, apenas un poco entallados y arreglados. Fue Bronia, mi prima de Leningrado, quien preparó a mamá para el viaje. Ella fue quien los vistió, para que no sintieran vergüenza delante de la gente. Lloré de lástima y de vergüenza —sí, sí, vergüenza.

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Fuimos juntas al consulado, en algún lugar del centro. La cosa era que un pasaje de barco, es decir, una visa, se había tramitado también para mí, pero dije que no iría, que necesitaba terminar el instituto. Mamá no se opuso, pero el hombre que tramitaba los documentos me miró desde arriba y sonrió con desdén —no recuerdo qué dijo exactamente, pero algo hiriente para mí —algo como «tonta»! Mamá pasó una noche conmigo en el dormitorio, y recuerdo —me remendó el abrigo, que ya estaba gastado.

Fuimos todos al mausoleo de Lenin —mamá contemplaba, fascinada, el rostro de Lenin, y al salir, dijo —«Hija mía, no quiero ir allá, pero no tengo otro camino; si pudiera trabajar aquí, aunque fuera de limpiadora, solo para ganar pan para mis hijos, no me iría, me quedaría contigo».

¿Qué podía hacer yo por ella? Todavía me quedaba un año de estudios en Moscú, y el país estaba en desempleo. Papá y Abram ya estaban allá. Mis pensamientos giraban en torno a que, al terminar el instituto, iría también a México —al fin y al cabo, gente venía de otros países hacia nosotros, y los nuestros también se iban para allá, y yo podría llegar ahí a través del Comintern, aunque fuera para un trabajo humilde. Y mamá estuvo de acuerdo conmigo, y mi pobre madre pasó toda su vida esperando que yo llegara, ni más ni menos, como embajadora soviética en México. Eso me contaron mis hermanos, cuarenta años después.

Mamá viaja en tren, y después en barco, hasta México. La despido. Solo cuando el tren arrancó, y mamá y los niños empezaron a hacerme adiós con la mano, vi lágrimas grandes en los ojos de mi madre, se me doblaron las piernas, y me senté, y el tren fue tomando velocidad y pronto se perdió de vista. Me quedé sentada un rato, me sequé con el pañuelo la cara mojada de lágrimas, y volví a mi propia vida.

Mi último verano de vacaciones lo pasé en Vítebsk, con la tía Malka. Pesele era todavía pequeña. Vivíamos en una casa de campo, en las afueras de la ciudad. Malka y Faivel me rodearon de atención y cuidado, y descansé de todo lo que había vivido.

Mi último año de estudios fue corto. Nos graduaron antes de tiempo, ya que la colectivización avanzaba y el campo necesitaba gente capacitada, y nosotros ya casi éramos agrónomos. Tratábamos de aprovechar al máximo Moscú, sabiendo que nos iríamos, y que muchos de nosotros nunca volveríamos a verla. Conseguí un boleto para una velada del komsomol en honor a Mayakovski, en la Casa del Komsomol de Krásnaya Presnia. Recuerdo un salón mal iluminado, tarimas de madera, y la figura alta, alta y alargada de Mayakovski.

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El salón hacía ruido, y él leía y leía. Nosotros, claro, entendíamos poco, y además había mucho ruido. Gritos —«¡No te entendemos!». Él se detiene y dice en voz alta —¿Qué es lo que no entienden? ¿«Una nube en pantalones»? ¡Hay que leer con atención y entender! —¿Por qué viajas al extranjero? —Se queda callado, y luego levanta la cabeza y dice en voz baja —Porque —«Y él, rebelde, busca la tormenta, como si en la tormenta hubiera paz». Me voy a casa, y por alguna razón me siento pesada de corazón.

Poco tiempo después su cuerpo, ya frío, yacía en la Casa de los Escritores, en la calle Voróvskogo, junto a donde vivíamos, y fuimos a verlo. Durante mucho tiempo guardé en mi mesita de noche los periódicos con sus últimos versos. «¡Todo terminó! La barca del amor se estrelló contra la vida diaria. Camarada gobierno —cuida a mi madre». Corrieron todo tipo de rumores, la mayoría poco favorables.

Íbamos al Politécnico a escuchar poetas. Se presentaban Zhárov, Bezyménski e Iosif Utkin, junto con Lunacharski. «Acordeón, acordeón —tierra natal querida, poesía de las aldeas soviéticas». —Zhárov. «Oh Sol, detente, haz esta gracia, ¿no ves que se ha detenido el corazón ardiente de Ilich?» —Bezyménski. Resonaba en mis oídos su «Carné del Partido» —«Un solo, pequeño carné perdido, y en el corazón del partido un hueco que sangra. ¿Me oyes, partido?». Utkin —tan tierno, leía sobre un gorro, sobre mi abrigo de foca, sobre los remiendos que se ponía en los pantalones y el chaleco.

También está ante mis ojos Lunacharski —rápido, apasionado, hablaba de los jóvenes poetas con verdadero cariño. De la poesía, de nuestra vida futura, de la dicha de ser joven. Caminaba a casa a pie (sin un solo kopek), o iba en el tranvía atestado, con la cabeza llena de versos que zumbaban. Toda la vida por delante, y había que vivirla de modo que nunca hubiera vergüenza de qué avergonzarse…

Nos asignaron a nuestros destinos. Había una campaña de reclutamiento, para mandarnos a regiones lejanas. Daban dinero y te asignaban a ciertas tiendas donde podías comprar algo decente que ponerte. Me inscribí junto con Nina Lapina, y compré un vestido de lana con un moño rojo, y Nina un vestido azul de crepé de china. Nos preparábamos para los exámenes.

En mi cabeza bullían pensamientos. ¿Y si iba al comité del distrito del Komsomol y pedía que me mandaran a hacer trabajo clandestino en México? Estaba en sesión el Congreso de la Comintern, y yo leía página tras página, y eso solo

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avivaba aún más mi deseo de hacer algo grande. Fui. Les conté todo —sobre mi padre, mi madre, sobre mí misma. Me escucharon con atención y me dijeron que recibiría una respuesta. Se acercaban los últimos preparativos para los exámenes de estado, repasábamos el material. Sonó el timbre del descanso. Bajo las escaleras y veo, en el tablón de anuncios, un papel recién impreso —un aviso. Lo leo, y la cabeza me da vueltas —«A Mostkova T.I., como elemento ajeno a la clase, expulsarla del instituto. Desalojar el dormitorio».

Las muchachas llegaron al dormitorio y me encontraron en la cama, hecha un mar de lágrimas. Todas callaban. Solo Ksenia dijo —«Dormirás conmigo, no llores, y no te rindas».

La vida seguía su curso, todas salían temprano a clase, y yo andaba corriendo por Moscú. Con hambre. Fui a MOZO, MONO, MO, MOMI. Iba día tras día, semana tras semana, mes tras mes —en todos lados prometían resolverlo, y en todos lados me rechazaban. Dejaba mis lágrimas por todas partes. Ya no volví al instituto. Regresaba tarde, cuando todas dormían, y me levantaba cuando ya todas se habían ido.

No sé quién me dio la idea de ir a pedir audiencia con Mijaíl Ivánovich Kalinin en persona. Había una oficina de recepción donde uno se inscribía y podía hablar con el propio M.I. Fue un verano caluroso. Estaba exhausta, y lloraba en todas partes. No visitaba a mis parientes, me daba vergüenza; tampoco le escribía a Malka. Ksenia fue quien me alimentaba —traía algo del comedor y me daba algo de dinero.

Finalmente me recibió un señor alto. Anotó mi nombre, edad, de dónde era. Escribía y escribía, y luego dijo —eres paisana mía, no llores, M.I. te va a ayudar. No llores. Anda, anda —y me empujó hacia una enorme oficina, donde, tras un escritorio, se inclinaba una barbita. Entré con timidez y me quedé de pie junto a la mesa, con la cabeza baja, mientras él leía todo lo que su asistente había escrito, luego me miró y dijo —«Bien hecho, que hasta a México querías ir. Aquí también hay trabajo de sobra para ti —toma, ve a trabajar a Birobidzhán. Todo saldrá bien. ¿Qué, ya se te acabaron los exámenes? Ya lo sabes todo perfectamente. ¡Toma!» —y me puso en la mano un papel donde estaba escrito: «A Rozalia Samuílovna Zemliáchka. Investíguelo y reinstálela. M.I. Kalinin».

Y salí corriendo a la avenida ardiente, corrí hasta la Plaza Roja, donde en unas callecitas angostas se ubicaba la Inspección Obrero-Campesina. La encontré. Detrás de una reja estaba sentada una mujer alta, de cabello gris, delgada, con

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una falda larga. Le pregunté dónde encontrar a Zemliáchka, y ella, en respuesta, simplemente extendió la mano y tomó el papel. No hizo falta que dijera nada más. Levantó el teléfono, y me dijo —siéntate. Me senté en el borde de la silla, sin acabar de creer que mi calvario había terminado. Recuerdo su conversación con el instituto. Les dijo —Denle su diploma, como a los demás, si tiene buenas calificaciones, de inmediato, y avísenme. Me miró a la cara y dijo —ve a tu instituto, ahí ya todo estará resuelto. Ni siquiera me despedí, corrí hacia el lugar donde había sido maldecida, donde todo me había resultado odioso.

Todo estaba en calma. Verano. Vacaciones. Todos se habían ido. Estoy de pie frente a la puerta de la sala de profesores, con miedo de abrirla. De pronto la puerta se abre de golpe, y nuestra directora, con una sonrisa feliz, me atrae hacia sí, me estrecha la mano, me felicita, y me entrega mi diploma, que certifica que en 1930 terminé el Instituto de Horticultura y Jardinería de Moscú, Timiriázev.

Sin poder creerlo, vuelo directo al OZET —me voy a Birobidzhán. Ahí, en el OZET, me siento feliz —va mucha gente, especialistas también, más aún de Moscú; cuentan que habrá una república, aunque por ahora es solo un distrito; ahí mismo tramitan los documentos, dan algo de dinero, y me invitan a una reunión bajo la dirección de Smidóvich, el suplente de Kalinin.

Me voy a Birobidzhán. Mis preparativos no tomaron mucho tiempo. Con el dinero que había recibido como adelanto por mi asignación, acabé rápido. Nos asignaron una tienda especial, donde me compré un vestido de seda color violeta con un moño de colores, y algunas cosas más. De nuestro instituto íbamos tres —Yefim Bréitner, Riva Magidina y yo. Yefim ya se había casado con una compañera nuestra, un año más joven, y los dos se fueron antes que nosotras. Yo, con Magidina —una muchacha regordeta y buena—, viajamos después, en un vagón con jóvenes durante diez días, hacía frío en el vagón, era duro sobre la litera de madera, pero era divertido.

Llegamos a Jabárovsk el 12 de febrero de 1931, muy de madrugada. Había una helada intensa. Nuestro destino era el Departamento Regional de Tierras de Jabárovsk. Todavía no había transporte, así que salimos a pie con nuestro poco equipaje. En el camino, mujeres nos detenían y con mucha atención nos ayudaban a frotarnos las mejillas, que ya se habían puesto rojas del frío —ya las teníamos un poco congeladas. Toda nuestra ropa, sobre todo los zapatos, no estaba hecha para el frío de febrero del Lejano Oriente.

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Dentro del Departamento Regional de Tierras hacía calor, y nos descongelamos, frotándonos las mejillas y los dedos congelados, mientras esperábamos a que llegara el personal y los jefes. Nuestra orden de comisión venía del Comisariado de Agricultura de la URSS. Dividida a lo largo en tres partes, certificaba que yo, Mostkova T.I., era enviada a disposición del Departamento Regional de Tierras de Jabárovsk, para trabajo permanente como agrónoma especializada en hortalizas. Una parte —el talón— me la quedé como recuerdo; otra se archivó en el departamento de personal, y la última se envió por adelantado al lugar de mi futuro trabajo.

A las tres nos asignaron al distrito de Birobidzhán, pero por ahora nos mandaron a Pokrovka, con el director del sovjós Finkelstein, para que nos recibiera. La estación de Pokrovka es la primera parada saliendo de Jabárovsk —era algo así como una práctica. Nos daban de comer bien en el comedor, nos enseñaban a montar a caballo, y nos mostraban cómo se preparaban las semillas para la siembra. Finkelstein era un hombre bueno, de baja estatura y hasta un poco tímido, discreto. Le tomamos cariño de inmediato, y su joven y hermosa esposa, Galia, nos encantó a todas. Los vecinos nos contaban —había dejado a su primera esposa y a su hijo, y se había casado con ella, casi todavía una niña, hija de su casera en el sovjós de Crimea, adonde había ido a trabajar de agrónomo.

(FotografĂ­a: con la abuela, Faivel y el abuelo Najman. VĂ­tebsk, 1931.)

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Nos hicimos cargo bajo la tutela del administrador de la sección, un hombre corpulento, de cabello cano, muy simpático, que en su tiempo había sido administrador de un terrateniente en el occidente, y que ahora había venido a ayudar a construir una nueva república judía en el Lejano Oriente. Nos vistieron con trajes acolchados de algodón —pantalones acolchados metidos dentro de botas de fieltro, y chamarras acolchadas. El material era sencillo, algodón oscuro —nos parecía que el traje nos sentaba bien, y, más importante aún, era cómodo y abrigador.

Y así, el administrador me enseñó a ensillar un caballo, a sujetar firmemente las riendas, a embridar al animal y a montar de un salto rápido. Te sientes dueña de la situación, dirigiendo con orgullo al caballo veloz hacia donde quieres ir, sin miedo ni a la velocidad ni al galope. El aire se te va con el trote. Con orgullo bajas, y le entregas las riendas al administrador, y a cambio recibes su elogio —«De ti sí que saldrá una buena agrónoma, no le tienes miedo a nada, bien hecho». Con ternura acariciábamos los primeros tractores «Internacional» que llegaron al sovjós, nos sentábamos junto al tractorista, e incluso probábamos meter velocidades, o encender el motor nosotras mismas. Para esto último hacía falta bastante fuerza física.

Los días en Pokrovka pasaron volando. Riva se fue con el primer barco de la temporada de navegación, hacia la provincia de Amur, como agrónoma de un koljós. Yo regresé en tren hacia el oeste, hasta la estación de Tijónkaya, a doce kilómetros de la cual estaba el nuevo koljós de reasentamiento judío, «Valdheim», adonde me habían asignado. Llegamos a la estación Tijónkaya ya de noche. Éramos pasajeros del tren local hasta esa estación. En el camino, que duró de tres a cuatro horas, todos nos conocimos entre nosotros. ¿Dónde pasaría la noche, adónde iría? Ni siquiera hubo tal pregunta. Se sentó junto a mí Stolov —el jefe del departamento de reasentamiento— y me dijo —yo vivo con un habitante local, un guardabosques; ahí también habrá lugar para ti, y mañana te irás a tu koljós, «Valdheim».

Recuerdo cómo bajamos en una estación pequeña y desierta, que, según parece, no en vano llamaban «Tijónkaya» [«la tranquila»]. Era una noche oscura y helada de febrero. Caminé detrás de Stolov, y llegamos a un porche alto, donde se agolpaba la gente. Las ventanas estaban muy bien iluminadas. Stolov se puso ansioso. Vivía ahí sin su familia por el momento (todavía no llegaba de Minsk), pero él ya se había acomodado ahí y todos

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le eran ya cercanos. Abrimos de un empujón la pesada puerta de madera, entramos al vestíbulo, y frente a nosotros, tendido sobre la paja, yacía el dueño de la casa, muerto el día anterior por un árbol caído en el bosque. A ambos lados estaban de pie su esposa y sus hijos pequeños. Esa noche no pude dormir.

Por la mañana salí al patio. Hacía entre 20 y 25 grados bajo cero, pero el sol brillaba con fuerza y calentaba tanto que el frío parecía más una caricia que un castigo. Bajo los pies crujía la nieve apisonada y brillante, y uno podía verse en ella como en un espejo. Me sentía tranquila. En el departamento de reasentamiento me dijeron que los caballos de Valdheim llegarían a las cuatro de la tarde, y que no debía perderlos. Me esperaría el presidente del koljós, Misha Shkólnik.

Y así fue como llegué a trabajar de agrónoma en el koljós «Valdheim», una explotación de horticultura en las afueras, con invernaderos, semilleros, y una pequeña superficie de tierra recién puesta en cultivo de hortalizas. El koljós ya llevaba dos años funcionando, y tenía a dos horticultores chinos a cargo de las hortalizas —Volodia, viejo y flaco, y Misha, joven, alto y guapo. Yo sería la agrónoma, es decir, se suponía que los dirigiría, pero en realidad sería yo quien aprendería de ellos el oficio, el arte, absorbiendo la riquísima experiencia acumulada por la gente local de esa región, los chinos, con su antigua cultura del cultivo de hortalizas.

Y trabajarĂ­a con gente, en su mayorĂ­a antiguos habitantes de pueblitos judĂ­os y de lugares lejanos, que habĂ­an venido aquĂ­ a vivir, a trabajar, a tener su propio pedazo de pan, a criar a sus hijos. Esta gente habĂ­a vivido mucho en su tierra natal, pero habĂ­a tenido que venir aquĂ­ para empezar una nueva vida.

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Pero acostumbrarse al trabajo físico pesado del campesino, y a condiciones climáticas ajenas y duras.

[Aquí se interrumpe la última de las páginas fotografiadas que se conservan del manuscrito.]